
¿Estamos criando a una generación emocionalmente más frágil o simplemente a una generación que hoy expresa problemas que antes permanecían ocultos?
Un nuevo retrato sobre la infancia en Colombia emerge tras la publicación de la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025. Los resultados arrojan cifras inéditas y abren el debate sobre si los niños de hoy realmente enfrentan un mayor deterioro emocional o si, por primera vez, la sociedad reconoce y visibiliza malestares largamente silenciados.
Diagnósticos en aumento y el riesgo de patologizar la niñez
En el país, los niños entre 7 y 11 años reportan un nivel de malestar psicológico sin precedentes recientes: 9,6% de esta población presenta indicios de probables trastornos mentales, según la Encuesta Nacional.
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El estudio revela un aumento sostenido de diagnósticos en la última década, con una tasa de trastornos duplicada desde 2015. Ante este panorama, Miguel Gutiérrez, psicólogo y psicoanalista de la Universidad del Rosario, detalló a Infobae Colombia: “Es una excelente noticia contar con una radiografía actualizada de los problemas, porque nos permite entender qué está ocurriendo y nos da datos nacionales luego de la encuesta de 2015. Pero también es fundamental subrayar que la encuesta acierta al plantear que no todo malestar es un trastorno mental. Hay que tener mucho cuidado de no convertir la infancia en una categoría psiquiátrica. Que los niños sientan tristeza, miedo o rabia no significa que estén enfermos”.

Desde una mirada complementaria, Felipe Bravo Bolaños, psicólogo con experiencia clínica en el trabajo con niños y miembro de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud y Colmedia, advierte: “Una encuesta permite identificar tendencias, pero no explica por sí sola qué está ocurriendo. Muchas veces, lo que cambia es la forma en que una época nombra el sufrimiento. Hoy usamos categorías como ansiedad o depresión para experiencias que antes se llamaban timidez o nerviosismo. No significa que el malestar sea falso, sino que depende de cómo el discurso social interpreta esas experiencias”, dijo a Infobae.
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Cambios culturales, crianza y la función de las pantallas
Las dificultades emocionales y de conducta aparecen entre los problemas más frecuentes. La hiperactividad afecta al 12,8% de los niños, convirtiéndose en el diagnóstico más común en la infancia, especialmente entre varones. Este trastorno se asocia de manera directa con experiencias de discriminación escolar (26,5%) y antecedentes familiares de enfermedad mental (17,7%), según la Encuesta Nacional.
Los trastornos emocionales alcanzan al 9,3% de los niños, y la prevalencia crece en la adolescencia, sobre todo en mujeres, cuando coinciden factores como discriminación, eventos traumáticos o interrupciones escolares. Gutiérrez advierte sobre las lecturas simplificadas: “Pensar que estamos en una generación deprimida o que, porque creció postpandemia, fue creada por pantallas, es una frase sugestiva, pero demasiado simple. Es cierto que los niños y jóvenes hoy enfrentan desde muy temprano preocupaciones económicas, violencia, presión por el rendimiento y una exposición constante a información que antes estaba reservada para adultos. Pero también encontramos generaciones resilientes, que cuentan con apoyos y redes protectoras”.
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Bravo Bolaños amplía: “Actualmente vivimos en una cultura donde el ideal es producir y consumir. La crianza ha perdido el lugar central que tenía antes. Hoy las madres y padres crían en soledad, en apartamentos aislados; la red de apoyo comunitaria casi ha desaparecido y las pantallas ocupan el lugar de la compañía o del límite. El celular es la niñera ante la ausencia de tiempo y recursos para acompañar”.
Además, sostiene que la pandemia fue un punto de inflexión subjetivo: “La pandemia fue un movimiento impresionante a nivel subjetivo. Muchas familias se desestructuraron, hay una crisis de autoridad: ahora los niños buscan respuestas en el celular, no en los adultos, y eso deja al adulto en un lugar difuso. No me atrevería a decir que esta generación está peor o mejor, pero sí que es una época distinta, con una crianza y acompañamiento muy diferentes”.
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Escuela, diagnóstico y narcisismo parental
El entorno escolar ocupa un lugar central en el panorama de la salud mental infantil. El 15,8% de los niños tiene dificultades para aprender a leer o escribir, de acuerdo con lo reportado por sus cuidadores. el 12,5% experimenta problemas para dormir bien, lo que impacta su bienestar cotidiano y su rendimiento escolar, según la Encuesta Nacional. La discriminación y el acoso escolar actúan como detonantes de problemas emocionales, y el riesgo se incrementa entre niños y adolescentes afrocolombianos, migrantes, víctimas del conflicto armado y población LGTBIQ+.
Sobre la prevención, Gutiérrez señala: “Es clave fortalecer los equipos de bienestar en los colegios y fomentar vínculos de calidad. Pero también hay que evitar la tendencia a patologizar la vida cotidiana. No se debe etiquetar automáticamente como trastorno de ansiedad el nerviosismo normal que un estudiante puede sentir ante un examen. El enfoque debe ser ayudar a gestionar emociones difíciles, no eliminarlas”.
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Bravo Bolaños añade que el diagnóstico puede volverse una trampa si se convierte en identidad: “El diagnóstico tiene una función tranquilizadora, pero también puede volverse un problema si el niño se identifica con la etiqueta. El riesgo es que el diagnóstico se convierta en una identidad, y el niño deje de preguntarse quién es, para simplemente decir ‘yo soy ansioso’ o ‘yo soy hiperactivo’. Eso limita la posibilidad de transformación y crecimiento”.
Además, Bravo alertó sobre el narcisismo parental y la presión académica: “Muchos padres buscan que sus hijos sean el mejor estudiante, el más feliz, como si debieran satisfacer expectativas propias. A veces un hijo se convierte en un trofeo, en una manera de llenar carencias del adulto. Es un error proyectar en el niño lo que uno no tuvo. Cada niño tiene necesidades únicas y no debe responder solo por el colegio o el rendimiento académico”.
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Tecnología, acompañamiento y soledad infantil
La tecnología y los dispositivos electrónicos representan otro desafío. “El uso de pantallas tiene un impacto real en el funcionamiento psicológico de niños y adolescentes. Más que prohibir, lo importante es regular y acompañar. Es indispensable la supervisión adulta para evitar riesgos como la exposición a información distorsionada o contenidos inapropiados, pero tampoco se pueden ignorar las oportunidades de aprendizaje y conexión que ofrecen las pantallas”, explica Gutiérrez.
Advierte el especialista que “si los niños y adolescentes quedan solos frente a las pantallas, aparecen muchos riesgos. La solución no pasa solo por prohibir, sino por promover la presencia y el acompañamiento adulto, tanto en la escuela como en el hogar”.
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Bravo Bolaños complementa: “Reducir el debate a si la tecnología es buena o mala es insuficiente. La pantalla entretiene, calma y ocupa al niño, pero también calma al adulto y le permite continuar con sus exigencias laborales. No es solo un problema técnico, sino social y cultural. Las prohibiciones pueden ser una respuesta fácil, pero no resuelven el fondo: ¿qué lugar ocupa el tiempo compartido y el acompañamiento adulto en la vida de un niño?”.
Experiencias adversas, juego y señales de alerta
La exposición a experiencias adversas es otro elemento estructural. El 28,7% de los niños y adolescentes ha vivido al menos un evento traumático —incluyendo conflicto, violencia o amenazas a la integridad—, lo que eleva el riesgo de complicaciones emocionales a mediano y largo plazo, revela la Encuesta Nacional.
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Entre quienes han atravesado experiencias adversas, la prevalencia de síntomas de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) llega a 1,9%. Estos porcentajes son aún mayores en los grupos históricamente vulnerables, como víctimas del conflicto armado y comunidades étnicas. Para Gutiérrez, la calidad de los vínculos familiares y las redes de apoyo resultan fundamentales para mitigar estos riesgos: “No basta con que un papá esté siempre en la casa para que eso constituya un buen vínculo con sus hijos. Lo importante es la calidad de ese vínculo”.

Bravo Bolaños insiste en que los padres deben revisar sus propias expectativas y carencias antes de proyectarlas en sus hijos: “Muchos padres dicen: ‘yo quiero que mi hijo tenga todo lo que yo no tuve’. Pero el hijo no necesita lo que al padre le faltó, sino lo que él mismo necesita. Hay que revisar primero la propia falta antes de exigírsela a otro”.
El sufrimiento emocional también se expresa en cifras alarmantes sobre conductas de riesgo. El 2,1% de los niños de 7 a 11 años reportó ideas suicidas en el último mes, mientras que en adolescentes de 12 a 17 años la cifra asciende a 4,8%, con mayor frecuencia en mujeres.
Las autolesiones afectan al 1,4% de los niños y al 2,9% de los adolescentes, con mayor incidencia entre quienes presentan trastornos emocionales, antecedentes de discriminación o eventos traumáticos recientes. “Cuando los cambios persisten durante semanas y afectan el funcionamiento cotidiano —alteran el sueño, el rendimiento escolar, o hay retraimiento social—, eso debe ser un llamado a acercarse y escuchar, más que para realizar un diagnóstico apresurado”, enfatiza Gutiérrez.
Bravo Bolaños, con experiencia clínica directa, destaca la importancia de que los cuidadores no diagnostiquen apresuradamente: “No toda tristeza o inquietud constituye en sí un trastorno. Hay que darle tiempo a esas emociones. Un niño que juega es un niño saludable. Si el sufrimiento se vuelve persistente, si limita el juego, el aprendizaje o la vinculación, entonces hay que prestar atención, pero evitando etiquetar de inmediato”.

Acceso, redes de apoyo y el rol institucional
Frente al aumento de los diagnósticos, el acceso y la continuidad en la atención psicológica muestran avances importantes. El 67,5% de los niños ha buscado ayuda profesional en el último año y el 82,8% de quienes la solicitaron recibieron atención efectiva. La continuidad en los tratamientos alcanza el 84,1%, aunque persisten barreras como gastos de bolsillo y estigmatización. Estos datos reflejan tanto un mayor reconocimiento del malestar emocional como una respuesta institucional que aún enfrenta desafíos.
El impacto del entorno familiar y comunitario es determinante. Las redes de apoyo —familia, amigos y cuidadores— se asocian a niveles más altos de bienestar y resiliencia. La empatía y la pertenencia a la comunidad aparecen como factores protectores clave, capaces de mitigar las consecuencias de experiencias adversas.
Bravo Bolaños señala que la salud mental no depende solo del sistema de salud: “También tiene que ver con la organización de la familia, la escuela, el barrio y las condiciones laborales y de vivienda. No se necesitan padres perfectos, sino adultos que sostengan la palabra, el límite y el deseo por el niño. En la escuela hay que recuperar la autoridad del maestro como referente y construir vínculos reales”.
Y concluye: “El verdadero desafío social no es construir una generación sin angustia, sino formar adultos capaces de escuchar, tolerar y acompañar esa angustia sin convertirla inmediatamente en un diagnóstico. El malestar infantil es un síntoma de las transformaciones en la manera de vivir, educar y vincularse. La respuesta debe ser comunitaria y afectiva, no solo técnica”.
La encuesta identifica además una serie de riesgos estructurales y contextuales: discriminación, pobreza multidimensional, historia familiar de trastornos mentales, complicaciones durante el embarazo y falta de acceso a servicios de salud.
Estos factores afectan principalmente a niños en situación de vulnerabilidad, como víctimas del conflicto armado, integrantes de comunidades afrocolombianas, migrantes y población LGTBIQ+. “Vivimos en una época distinta”, resume Gutiérrez. “El mundo cambia, son otras condiciones históricas, sociales, tecnológicas y eso determina. No se puede evaluar la salud mental de los niños con los mismos parámetros de generaciones anteriores”.

La prevención adquiere un papel central en este nuevo escenario. Identificar señales tempranas y reducir el estigma asociado con los problemas emocionales son dos caminos para evitar que el malestar se agrave.
“El malestar infantil no puede entenderse únicamente como un problema psicológico. Expresa profundas transformaciones en la manera de vivir, educar, trabajar y vincularse. Los niños crecen en una sociedad que valora el rendimiento por encima del tiempo compartido, el consumo por encima del encuentro y la inmediatez por encima de la espera. Cuando esas funciones empiezan a debilitarse, aparece el síntoma. La pregunta no es solo qué hacemos con el niño, sino qué dice de nuestra sociedad que más niños expresen su malestar mediante diagnósticos, síntomas o dificultades para vincularse”, concluyó Bravo Bolaños.
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