
El 21 de junio de 2026, Colombia acudirá a las urnas para elegir a su próximo presidente en una reñida segunda vuelta que enfrenta a dos visiones diametralmente opuestas del país: Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. En medio de una campaña dividida, la figura de De la Espriella —conocido popularmente como el “Tigre”— llamó la atención pública al presentarse bajo el rótulo de outsider de la política, un líder ajeno al sistema tradicional que promete quebrar las viejas costumbres de la clase dirigente.
En la ciencia política, un outsider se define como aquella figura ajena al sistema tradicional, que no pertenece a las colectividades partidistas convencionales ni ha desarrollado una carrera burocrática o legislativa en el seno del Estado. El principal valor de cambio de estos liderazgos en la arena electoral radica en su capacidad para proyectarse como “forasteros” o “renovadores”, cuyo discurso medular promete la demolición de la corrupción y el desplazamiento de las viejas costumbres de la clase política profesional; sin embargo, ¿cumple el candidato de extrema derecha con esta categoría o se trata de una sofisticada estrategia de mercadeo político?
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Para entender la naturaleza de esta asignación a Abelardo de la Espriella, Infobae Colombia consultó a Mario Urueña Sánchez, politólogo, abogado y profesor universitario; al debate se sumó Sebastián Líppez, un destacado politólogo, académico e investigador colombiano; y Felipe Melo, politólogo y asesor legislativo con experiencia en el diseño de políticas.

El veredicto de los expertos: ¿Abelardo de la Espriella es un ‘outsider’?
Una primera aproximación analítica, de corte estrictamente categorial, sugiere que el candidato cumple con los requisitos formales de la insularidad política. Al respecto, Sebastián Líppez argumentó que, bajo una lectura rigurosa de la definición de outsider, es posible validar la condición del aspirante.
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Líppez sostuvo de manera detallada: “Digamos que en el estricto sentido de la definición de un outsider podríamos decir que sí, porque Abelardo de la Espriella no ha sido parte, digamos, de las listas de los partidos, no ha sido un político profesional, no ha sido candidato previamente a otros cargos de elección popular, ni ha estado en los directorios de los partidos políticos colombianos”.
En esa línea, Líppez señaló que desde ese enfoque “es un outsider. Es una figura pública, claro que sí, claro que ha tenido relaciones con políticos, con, pues, las personas que ha defendido, con asuntos públicos y ha opinado sobre esos asuntos, pero no lo ha hecho desde el lugar de un partido político”.
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No obstante, esa misma definición introduce una distinción clave entre la participación en lo público y la pertenencia orgánica a la política partidista, lo que abre un matiz relevante en la discusión. Bajo ese criterio, el experto sostuvo que “el hecho de que haya tenido esa relación con asuntos públicos, con actores políticos, etcétera, no lo hace un personaje partidista. Y esa es la definición de un, de un outsider, ¿no?”, al reforzar la idea de que lo determinante no es la interacción con el poder, sino la ausencia de adscripción formal a las estructuras tradicionales de los partidos.

En la otra orilla del espectro analítico, la viabilidad de etiquetar al candidato como un verdadero renovador es cuestionada de forma categórica cuando se examina el entramado de dependencias e influencias reales que configuran su campaña. Mario Urueña Sánchez disiente de la premisa de la marginalidad del aspirante.
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Las alianzas que ponen en duda la narrativa antisistema de De la Espriella
“Definitivamente, la respuesta categórica y corta es no”, afirmó Urueña para Infobae Colombia, que explica que la retórica del outsider constituye una herramienta discursiva de probada eficacia electoral que suele ser rentabilizada por personalidades provenientes de otros estamentos como el empresariado, la academia o el litigio.
Sin embargo, el investigador advierte que la biografía del candidato desmiente el relato de la desconexión: “Pese a que la trayectoria puede ser esa, pues sí hay desde la propia vida de Abelardo de la Espriella, en tanto su vínculo con partidos políticos, su labor como abogado a ciertos estamentos, pues un vínculo muy fuerte con el sector político. Entonces, por un lado es eso, que a pesar de que él discursivamente se reivindica como un outsider, pues sí tiene un vínculo político muy claro y, en la medida en que la campaña ha avanzado, es claramente más evidente que el apoyo de partidos políticos tradicionales, el Partido de la U, el Partido Conservador, el Centro Democrático y Cambio Radical, pues obviamente hacen que el eslogan del outsider sea, pues, de pronto para la masa de sus electores o para afuera”.
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Para Urueña, la acumulación de respaldos provenientes de las colectividades tradicionales despoja a la candidatura de su pretendida independencia, haciendo evidente que “claramente, pues hay un vínculo y una implicación muy fuerte con casas políticas como los Char y otros”.

Bajo esta lógica, el experto concluyó que el penalista no puede ser catalogado bajo esta etiqueta debido a que “el outsider se identifica en tanto no recibe apoyos de partidos políticos tradicionales o de políticos de profesión, cosa que es totalmente contraria a lo que ha sido el desarrollo de la campaña de Abelardo de la Espriella”.
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La arquitectura política detrás de la candidatura de Abelardo de la Espriella
Y esta línea de argumentación fue profundizada de manera sistemática por Felipe Melo, que compartió para Infobae Colombia un escrito titulado Abelardo de la Espriella y el abrazo del establecimiento. En dicho documento, el experto recurrió a marcos teóricos clásicos para desarmar la narrativa del candidato, señalando que “la categoría de outsider –candidato sin trayectoria institucional que irrumpe en la arena electoral desafiando al sistema– tiene una historia larga y ambigua en América Latina”.
Citando la literatura especializada, advirtió que en la definición de Kurt Weyland (politólogo alemán) esta figura se construye de manera personalista y al margen de los partidos, aunque al mismo tiempo Steven Levistky (profesor de la Universidad de Harvard) y James Loxton (especialista en transiciones democráticas, partidos políticos y regímenes autoritarios) advirtieron que “muchos outsiders terminan siendo vehículos funcionales al status quo que dicen combatir”.
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Melo sostuvo la desconexión entre la puesta en escena del ‘Tigre’ y la base material de su coalición: “Abelardo de la Espriella aspira a ser el outsider de 2026; el problema es que la arquitectura de apoyos que lo sostiene de manera abierta u oculta desmiente sistemáticamente cada dimensión de ese relato. Trabajos especializados definen al menos tres condiciones para que un candidato sea clasificado como outsider genuino: ausencia de vínculos orgánicos con las élites partidistas establecidas, independencia financiera y de maquinaria frente a las redes del clientelismo territorial y un proyecto programático que confronta –no recicla– los intereses del poder concentrado. De la Espriella no cumple ninguna de las tres”.

Al desarmar el andamiaje del respaldo electoral, Melo argumentó para Infobae Colombia que “su presentación pública es eficaz: abogado penalista sin cargo público anterior, discurso antipolítica, retórica de ruptura. Pero la forma es el contenido solo mientras no se examina la coalición, porque si se examina, el relato se desmorona”.
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El analista puso de relieve que la frase retórica de “nosotros somos los nunca”, repetida por el candidato en cada mitin, tiene una respuesta empírica en la lista de quienes lo apoyan. El primer gran respaldo institucional provino de Cambio Radical, el cual define no como un acuerdo ideológico, sino como algo netamente “transaccional”, al ser dicho partido el brazo político del clan Char en el Caribe.
De esta manera, Melo expuso el vínculo histórico, al revelar que De la Espriella fue abogado de Alejandro Char, y que casi diez años después, el mandatario local “exhibió su voto en primera vuelta del 31 de mayo mostrando la papeleta marcada por su abogado. La cadena es perfectamente visible”.
El análisis de Melo también aborda las dinámicas de clientelismo de Estado y la presión a funcionarios públicos en Barranquilla para asistir a los eventos del candidato y registrar sus mesas de votación en planillas distribuidas en el despacho local, concluyendo que “eso no es voto de opinión, es clientelismo de Estado, el mismo que el ‘Tigre’ prometió exterminar”.
Asimismo, examinó el papel del Centro Democrático, partido al que califica como el más identificado con el régimen del poder de los últimos 20 años en Colombia, el cual respaldó a De la Espriella sin ambigüedad tras el anuncio del expresidente Álvaro Uribe pocas horas después de la primera vuelta (cuando su candidata Paloma Valencia perdió), incluso a expensas de apartar a figuras del ala radical del uribismo que previamente lo cuestionaban.
La fórmula vicepresidencial que reavivó las críticas sobre los apoyos
Ante esto, Melo afirmó: “La contradicción no importó. Importaba el objetivo: bloquear a Cepeda; en ese orden, el outsider resultó ser perfectamente funcional a las mismas élites que dice combatir”.

La contradicción entre la retórica de la ruptura y la praxis del establecimiento encuentra su punto neurálgico en la configuración de la fórmula vicepresidencial. La incorporación del exministro de Hacienda, José Manuel Restrepo, es descrita por Felipe Melo como el gesto más revelador de la operación política.
“Restrepo es exactamente lo que el discurso del outsider debería rechazar: un funcionario de carrera del establecimiento tecnocrático, hombre de confianza de los gremios económicos y la banca, arquitecto de las políticas fiscales del modelo que lleva gobernando más de 30 años. La campaña misma ha reconocido la función de Restrepo: ‘es clave para dar un parte de tranquilidad frente a un sector que tiene miedo frente a la inexperiencia y narrativa radical de Espriella’. Traducido a mi lenguaje profesional: el outsider necesita al hombre del sistema para que los poderes reales de Colombia le crean. La heterodoxia retórica de la tarima requiere la ortodoxia garantizada en el gabinete. No es renovación, es división del trabajo”, señaló el experto.
El análisis de Felipe Melo abordó el recorrido biográfico del personaje, por lo que recordó que en 2004 fundó la Fundación Iniciativas por la Paz (Fipaz) para acompañar la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Al respecto, el asesor legislativo citó el fallo de 2011 de la Corte Suprema de Justicia contra el excongresista Juan Pablo Sánchez, donde el tribunal determinó que Fipaz “no promovió la paz cuando las autodefensas masacraban, desaparecían, asesinaban y torturaban, sino cuando estas quisieron proyectarse políticamente a través de los estudiantes universitarios”.
Y añadió a los antecedentes las declaraciones del exjefe paramilitar Éver Veloza, alias HH, el cual afirmó que el abogado “trabajaba con un frente de las autodefensas”, y de Salvatore Mancuso, que señaló que era “muy amigo” del entonces fiscal Mario Iguarán, cuyas investigaciones penales terminaron archivadas en 2009; recordó Felipe Melo.
Para Melo, la sofisticación de la estrategia de De la Espriella radica en que “ha aprendido que se puede tener la maquinaria sin aparecer en la foto”, manteniendo la narrativa de independencia intacta en la superficie bajo la jefatura de campaña del exsenador liberal Mauricio Gómez Amín, mientras los votos de las estructuras tradicionales llegan en la sombra para captar a un electorado que desconfía de los partidos, pero busca castigar al petrismo.
El análisis del politólogo advierte que la coalición que respalda al candidato incluye al partido asociado a la parapolítica, al clan territorial más investigado por corrupción electoral en el Caribe, a maquinarias de compra de votos y al perfil tecnocrático de los últimos 20 años. Por ende, señaló de forma tajante: “No es un outsider, Espriella es el candidato que las estructuras de poder tradicional colombiano necesitaban para reciclar su hegemonía con apariencia de renovación”.
Al contrastar las lecturas de los analistas, quedó en evidencia que la candidatura de Abelardo de la Espriella habita en una difícil contradicción entre la teoría formal y la praxis política; mientras que desde una óptica estrictamente categorial su falta de militancia orgánica o de historial en cargos de elección popular le permite a Sebastián Líppez considerarlo formalmente un outsider, la realidad empírica de su campaña desvirtúa la esencia de este concepto.
Como bien señalan Mario Iván Urueña y Felipe Melo, el peso de maquinarias tradicionales como Cambio Radical o el Centro Democrático, sumado a alianzas con clanes territoriales y la inclusión de figuras tecnocráticas del establecimiento como José Manuel Restrepo, despojan al aspirante de cualquier margen de independencia real.
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