
El testimonio de María del Carmen Castro, conocida como Carmencita, revela la dimensión humana de la tragedia ocurrida hace cuatro décadas en el Palacio de Justicia de Bogotá a raíz de la toma del grupo armado M-19.
Su relato, recogido por Noticias Caracol, expone cómo la vida cotidiana de quienes trabajaban en el edificio se vio abruptamente interrumpida por la violencia, dejando cicatrices que persisten hasta hoy.
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En noviembre de 1985, Carmencita desempeñaba la función de servir café a los magistrados, una tarea que consideraba un honor.
A pesar del dolor que le produce recordar aquellos hechos, afirma que la herida de lo sucedido ese miércoles “no se cierra”. La trabajadora relata que, en medio del caos, algunos de sus utensilios de trabajo, como platos y pocillos, lograron sobrevivir al fuego y las balas.
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Aun así, decidió regresar al lugar para apoyar a quienes permanecían allí: “Claro, yo no me podía quedar en mi casa y dejarlos solos a los que quedaban”, dijo a Noticias Caracol.
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La mañana del 6 de noviembre, Carmencita preparó café con leche y arepas para el administrador, don Jorge, quien se convirtió en la primera víctima mortal de la toma.
“Dijo: ‘Gracias, Carmencita, hasta luego. Están ricas las arepas’. Se fue y él fue al primero que mataron al frente en la entrada principal porque salió subiendo la escala a mano izquierda, donde estaba la oficina de administración”, relató la trabajadora al medio.
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El inicio de la toma la sorprendió en el sótano, su “oficina”, junto a otras compañeras encargadas de repartir café y realizar oficios varios.

Al escuchar disparos, se refugiaron en la cafetería, apagaron la luz y permanecieron en silencio. “Solo escuchábamos bala y decían ‘Viva Colombia, viva el M-19’. Y muy rápido, unos diez minutos, gritaban: ‘Enfermero, enfermero’. Nosotros entendimos que había heridos. La balacera fue terrible, duro”, recordó Carmencita.
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Durante las horas de encierro, el grupo escuchó cómo los atacantes intentaban localizar a quienes se ocultaban: “Pasaron moviendo las perillas y preguntaban: ‘Si hay alguien acá, salga que no les vamos a hacer daño’. Nadie contestó. Nosotros, no, nada. Quietos. Seguimos ahí”. Más tarde, el humo comenzó a invadir el lugar, obligándolas a pedir auxilio. Desde algún punto del edificio, alguien les sugirió que mojaran toallas y se las colocaran en la boca para protegerse, mientras los gritos de auxilio se multiplicaban.
En un intento por escapar, las mujeres se dirigieron hacia la calle octava, pero una explosión las arrojó al suelo y las obligó a regresar a la cafetería.
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“Nos cogimos de la mano, nos fuimos hacia allá, hacia la octava, cuando se explotó, hubo una explosión grandísima que nos mandó a todos al piso. Quedamos debajo de los carros, y todos en silencio. Hasta que después nos llamábamos entre nosotros para ver si estábamos bien. Nos devolvimos y nos encerramos otra vez”, relató la mujer que fue una de las víctimas de ese episodio de violencia en el país.
El encierro se prolongó mientras el edificio era sacudido por nuevas explosiones. “Hubo un estruendo grandísimo que tumbó los techos, cayó todo el cemento”, recordó la trabajadora, confesando que en ese momento pensaron que morirían.
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La radio portátil de una de sus compañeras les permitió enterarse de la gravedad de la situación.
“Escuchamos a un periodista que comentó que era inaudito que el presidente de la República, que en ese entonces era Belisario Betancur, no pasara al teléfono con el presidente de la Corte Suprema de ese entonces, Alfonso Reyes Echandía.
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Escuchar eso en la radio también fue terrible. Pensamos que aquí nos íbamos a morir”, dijo Carmencita a Noticias Caracol.
En un segundo intento de huida, el grupo fue obligado a regresar debido a la intensidad de los disparos provenientes del exterior.
Finalmente, tras varias horas, lograron salir por una de las salidas del Palacio, donde fueron conducidos a la Casa del Florero. Mientras abandonaba el edificio, Carmencita seguía escuchando disparos, una experiencia que, según sus palabras, la marcó profundamente: “Uno cambia, se quiebra, viene el llorar, los nervios... porque ya uno ve desde afuera todo lo que estaba pasando”.

Cada año, Carmencita asiste a la conmemoración de la tragedia, como una forma de rendir homenaje a quienes perdieron la vida.
“Lo hago, estar presente, como un homenaje a ellos, a quienes ya no están”, expresó la mujer. El 6 de noviembre de 1985, magistrados, empleados administrativos, abogados y visitantes del Palacio de Justicia realizaban sus labores habituales en medio de un clima de temor por las amenazas y la reducción de la protección policial.
La toma y posterior retoma del edificio, que se extendió durante veintiocho horas, culminó con la destrucción casi total del Palacio y un saldo de cerca de cien personas fallecidas, entre civiles, miembros de la fuerza pública y guerrilleros, así como al menos once desaparecidos, según Noticias Caracol.
La combinación de la incursión armada del M-19, la respuesta estatal y los incendios devastó no solo la estructura física del Palacio, sino también la vida de quienes, como Carmencita, sobrevivieron a la barbarie
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