
Mauricio, colombiano de 43 años, eligió retornar al frente de batalla en Ucrania en vez de seguir sometido a la explotación laboral en los campos agrícolas de España.
Su historia, contada a El Español, evidencia las realidades de cientos de latinoamericanos que, tras sobrevivir a la guerra, enfrentan nuevos desafíos y condiciones denigrantes en Europa.
Luego de combatir en la 66ª Brigada Mecanizada del ejército ucraniano, Mauricio llegó a España con la esperanza de mejorar su vida como jornalero junto a su compatriota conocido como ‘Mono’.
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Sin embargo, según relató a El Español, la experiencia en España fue devastadora: “Nos volvemos para la guerra porque nuestra existencia se había convertido en un infierno”.
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Recolectaban ajos, cortaban leña y vendimiaban (recoger el fruto de las viñas) en Galicia, Tomelloso, Albacete y Ciudad Real, pero no lograron conseguir papeles, ni trabajo estable, ni un mínimo sustento para regresar a Colombia.
“Ni siquiera teníamos plata para comprarnos un pasaje de regreso”, lamentó.
La precariedad y el abuso laboral marcaron su estadía. Durante más de un año, Mauricio y otros jornaleros se vieron forzados a soportar extenuantes jornadas de hasta 14 horas diarias, vigilados por mafias que explotan a migrantes irregulares, en condiciones insalubres, pagas miserables y sin protección legal.

“Trabajaba un día y pasaba dos en la cama tratando de recuperarme”, confesó.
Sufría una rara condición de dolor neuropático crónico, que agravó aún más su situación. Las redes criminales, integradas por ecuatorianos y aceptadas por algunos agricultores locales, impiden que los trabajadores reúnan el dinero suficiente para mejorar su situación o regularizarse.
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Según Mauricio, “en casa aguantábamos calor como berracos porque no teníamos ni un ventilador”.
La estructura de explotación incluyó prácticas como obligar a los migrantes irregulares a esconderse durante inspecciones laborales, simular regularidad en las plantillas y controlar la mano de obra mediante la informalidad y la discrecionalidad de los capataces.
Mauricio sostuvo ante El Español que, pese a todo, rechazó ofertas de involucrarse con redes criminales, afirmando: “Quería hacer las cosas bien, por mí y por mi esposa y por mi hija”.
La presión económica y psicosocial fue tan fuerte que, tras semanas de hambre y sin acceso a servicios o ayudas de emergencia, Mauricio y su compañero decidieron regresar a Ucrania.
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“Es preferible arriesgar la vida nuevamente en las trincheras que llevar la indigna vida de un esclavo en la Península”, afirmó.
El abandono del Estado y la desesperanza frente a la posibilidad de regularización aceleraron la decisión. Mauricio también explicó que su familia en Colombia atravesaba dificultades, en especial su hija, quien sufría depresión por la inestabilidad familiar.
España, en lugar de representar un refugio, resultó un laberinto de burocracia, marginalidad e inseguridad para migrantes como Mauricio.
Según datos recogidos por El Español, los colombianos integran el grupo extranjero más numeroso en las filas ucranianas.
Muchas veces, al finalizar su servicio militar, caen en la irregularidad administrativa y la desilusión; pocos consiguen el ahorro esperado, pues el salario, las condiciones y los riesgos superan todo cálculo optimista.
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Las cifras indican una alta mortalidad: se habla de unos 300 colombianos fallecidos combatiendo con Ucrania, aunque estimaciones no oficiales elevan ese número a más de 1.500 combatientes.
El tránsito de los latinos entre la guerra y la supervivencia europea no termina con la llegada a Ucrania.
En el frente operan unidades compuestas por hispanos y se utiliza TikTok para reclutar colombianos, prometiendo salarios falsamente elevados y condiciones supuestamente seguras.

Pese a esto, los testimonios recogidos por el medio citado resaltan la discriminación, abusos contractuales y corrupción. Muchos veteranos enfrentan tratos injustos y situaciones límite, tanto del lado ucraniano como en otros escenarios posteriores.
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Mauricio detalló la dureza de la vida en los barracones ucranianos: habitaciones atestadas, condiciones de insalubridad y la convivencia diaria con la angustia del combate.
“Se me saltan las lágrimas aquí, ahora, mientras le escribo”, escribió desde Kiev. Aunque la nostalgia por su esposa e hija nunca lo abandona, la desilusión y el agotamiento pesan sobre su ánimo. Prefiere no contarles sus verdaderos riesgos en Ucrania, para no angustiarlas más.
“Les he dicho que estoy bien; que no va a pasar nada y que voy a un lugar seguro. Pero usted no desconoce que uno nunca sabe lo que va a pasar en esa guerra porque en las trincheras uno no puede dar por cierto nada” afirmó.
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Las experiencias en el frente incluyen también interrogatorios en fronteras, retenciones de pasaportes y la obligación de pasar meses fuera del espacio Schengen, acciones que dificultan un eventual regreso a España o la reunificación familiar.

Mauricio ilustró otras opciones de empleo en Ucrania, como las unidades de drones, aunque fue claro en que algunos de estos trabajos resultan inaceptables éticamente para él: “Uno se siente ahí como un sicario porque a veces te obligan a matar soldados desarmados o a abatir a gente herida que ya no puede pelear”.
Su historia personal está marcada por una infancia de violencia, abandono y responsabilidad prematura.
Ayudó a criar a sus hermanas, vivió la precariedad desde niño y ahora solo aspira a volver algún día a Colombia, reencontrarse con su esposa e hija y abandonar la vida de combate.
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“Solo le pido a Dios que me dé fortaleza e inteligencia para que mi historia termine en mi casa, en el único lugar de donde nunca debí salir”, expresa en su testimonio. “Ellas son la única fuente de mi felicidad y del amor que nunca tuve. Son mi espacio seguro”.
El testimonio de Mauricio se convierte así en reflejo de los límites de la migración forzada, los dramas invisibles de la mano de obra agrícola en Europa y el impacto de la guerra en quienes buscan sobrevivir a toda costa lejos de sus hogares.
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