
Aunque su renuncia parecía una decisión autónoma, la salida de Laura Sarabia del Ministerio de Relaciones Exteriores dejó entrever una serie de movimientos internos que, lejos de ser coincidencia, trazan un patrón revelador en el círculo más cercano del presidente Gustavo Petro.
No se trató solo de un relevo más en la maquinaria estatal, sino de una señal que apuntó a la reconfiguración de lealtades y equilibrios dentro del Ejecutivo.
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En medio de las tensiones internas del Gobierno, la figura del ministro del Interior, Armando Benedetti, ha sido un punto de fricción constante. A pesar de que, oficialmente, no tuvo nada que ver con la dimisión de Sarabia, sus diferencias con ella eran bien conocidas. La ahora excanciller nunca vio con buenos ojos la llegada de Benedetti al corazón operativo del Ejecutivo, y ese recelo no era exclusivo.
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Varios funcionarios clave, que compartían esa misma incomodidad con su ascenso, también terminaron fuera del Ejecutivo. Una salida tras otra, sin demasiadas explicaciones, pero con un mismo telón de fondo, la consolidación del poder en torno a figuras que incomodan, pero permanecen.

La lista no es menor ni anecdótica. Jorge Rojas, que dirigía el Departamento Administrativo de la Presidencia (Dapre); Susana Muhamad, que fue ministra de Ambiente; Alexander López, en Planeación Nacional; y Ángela María Buitrago, desde Justicia, todos ellos, críticos o escépticos frente al rol creciente de Benedetti, dieron un paso al costado, o se les ha dado. Algunos salieron en silencio; otros, tras tensiones internas que jamás trascendieron oficialmente, pero que fueron evidentes para quienes conocen los movimientos del Palacio.
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Este reacomodo silencioso, casi quirúrgico, dentro del alto Gobierno, plantea preguntas sobre el equilibrio de fuerzas en la Casa de Nariño. La narrativa institucional evita confrontaciones, pero los hechos hablan por sí solos. Más allá de las versiones oficiales, lo cierto es que la consolidación del poder alrededor de Benedetti coincidió con la salida progresiva de voces disidentes o incómodas para su presencia.
Aunque Sarabia no se refirió públicamente al tema, el silencio con el que se marchó solo alimenta la lectura de que su salida se suma a una tendencia más amplia. Una en la que los desacuerdos internos no se dirimen con debates, sino con desplazamientos estratégicos y reacomodos que marcan la ruta del poder.
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Así fue la salida de Sarabia
La salida de Laura Sarabia del Ministerio de Relaciones Exteriores no tomó del todo por sorpresa, pero sí confirmó lo que ya muchos intuían, las tensiones dentro del Gobierno de Gustavo Petro no solo persisten, sino que se profundizan. Su paso por la Cancillería fue breve —cinco meses—, pero estuvo cargado de señales. La renuncia llegó acompañada de una carta contundente, con argumentos tanto políticos como personales, que dejó en evidencia un quiebre serio con la línea que ha venido tomando el Ejecutivo.
“No se trata de diferencias menores ni de quién tiene la razón. Se trata de un rumbo que, con todo el afecto y respeto que le tengo, ya no me es posible ejecutar”, escribió Sarabia en su mensaje al presidente. Esa frase, escueta, pero cargada de intención, resumió la distancia ya irreconciliable entre ambos.
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La politóloga, que había estado cerca de Petro desde los inicios de su mandato, hizo pública su decisión a través de redes sociales. En ese mismo texto afirmó que la renuncia no fue improvisada ni emocional, sino el resultado de una reflexión “honesta”, guiada —según sus propias palabras— por la conciencia institucional: “Me retiro con la tranquilidad de haber entregado lo mejor de mí y con la certeza de que hay momentos en los que decir adiós es también una forma de cuidar”.

Durante su gestión como canciller, Sarabia acumuló episodios de tensión, marcados por la pérdida de respaldo dentro del mismo Gobierno. Uno de los más visibles fue el intento de declarar una nueva urgencia para prorrogar el contrato de pasaportes con la firma Thomas Greg & Sons. Mientras ella defendía esa salida como necesaria, el presidente la desautorizó en público, calificando a la empresa como “fraudulenta” y descartando cualquier extensión del contrato.
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No fue un hecho aislado. En otro momento, durante las conversaciones con China para que Colombia ingresara a la Ruta de la Seda, Petro le quitó al Ministerio de Relaciones Exteriores la conducción del proceso y asumió él mismo el control directo del tema. Con esos antecedentes, su salida parecía cuestión de tiempo.
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