
Álvaro Rodríguez es un actor colombiano que se ha ganado el respeto y el cariño del público gracias a su trayectoria en cine y televisión, pues ha participado en producciones reconocidas como Garzón Vive o Diomedes, el Cacique de La Junta.
Su rostro, a menudo asociado con personajes entrañables, también ha estado acompañado por una faceta menos conocida: experiencias paranormales que lo han llevado a toparse con sucesos inquietantes, voces desconocidas y puertas que parecen abrirse y cerrarse sin explicación aparente.
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Durante años, Rodríguez viajó por diversas partes de Colombia y México, presentando obras teatrales con grupos como La Candelaria, fue en esos recorridos en los que comenzó a oír historias de apariciones, fenómenos extraños y leyendas urbanas que pronto dejaron de ser simples relatos compartidos en tertulias para convertirse en vivencias propias que él mismo presenció.
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Historias de México y del campo colombiano
En el pódcast Historias Paranormales con Esteban Cruz, el actor contó que muchas de sus primeras aproximaciones a lo sobrenatural surgieron en México.
Allí, durante las giras teatrales, escuchó narraciones sobre cantantes que aparecían y desaparecían, sobre voces enigmáticas que se manifestaban en medio de la nada y sobre personas que, de un momento a otro, se esfumaban.
Su escepticismo original fue poniéndose a prueba a medida que le narraban historias cada vez más detalladas y difíciles de explicar.
Sin embargo, los relatos que más lo marcaron fueron aquellos que escuchó durante su infancia en las fincas colombianas, dado que historias como la de la Patasola o la del cura sin cabeza, recogidas en la literatura costumbrista de Tomás Carrasquilla, lo acercaron desde muy joven a la tradición popular sobre fantasmas y espectros.
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Pero, en ese entonces, todo se mantenía en el plano del miedo infantil y la imaginación hasta que vivió situaciones que ya no pudo atribuir solo a la sugestión.
Una casa antigua y la presencia inexplicable
El punto de inflexión llegó cuando el actor terminó viviendo en un cuarto en la azotea de una casa antigua de Bogotá.
Al principio, valoró la vista panorámica y la posibilidad de ensayar allí con amigos del medio artístico, pero pronto, sucesos inquietantes comenzaron a repetirse: ruidos de pasos cuando no había nadie, puertas que se abrían o cerraban de manera brusca o imperceptiblemente lenta, cisternas que se activaban solas en el baño y sonidos de cubiertos moviéndose sin explicación.
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Rodríguez relató que lo más impactante fue el día en que una voz masculina, tras un golpe en el vidrio, saludó con un “Hola, hola” perfectamente audible.
Eso lo llevó a aceptar que algo, o alguien, habitaba con él y sus compañeros; aun así, nunca se percató de una silueta clara ni de un cuerpo visible, pues todo era de índole acústica o física como puertas, objetos, pero sin una figura concreta.

Amigos testigos de lo insólito
Varias personas que visitaban el lugar también experimentaron estos fenómenos: a una compañera le dieron una palmada en la falda, otra escuchó reiterados pasos detrás de ella, y unas amigas foráneas, que se hospedaron en el apartamento, se llevaron un gran susto al oír la cisterna bajarse una y otra vez sin que nadie la accionara. El consenso era claro: “algo” residía allí.
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Ante el creciente temor y la frecuencia de estos eventos, surgió la idea de buscar una explicación más allá de lo común, por lo que los amigos de Rodríguez, algunos con experiencia en prácticas esotéricas, le propusieron organizar una sesión espiritista para intentar comunicarse con la presunta presencia que alteraba la tranquilidad de la casa.
El ritual y la tabla Ouija
La sesión fue impulsada por un conocido de Rodríguez que invitó a un médium que llegó provisto de velas y una tabla Ouija.
Según contó el actor, se reunieron no más de ocho personas, pues el médium insistió en que para este tipo de ritual lo ideal era contar con un grupo reducido y concentrado.
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El objetivo inicial no era únicamente contactar al espíritu que parecía habitar en la casa, también invocar a “gota de leche”, un amigo universitario fallecido trágicamente.
El médium entró en trance y describió, con detalle escalofriante, la muerte de dos jóvenes, lo cual coincidía con la historia oficial que algunos conocían.

Después, decidieron usar la Ouija para verificar si el espíritu de la casa quería comunicarse, por lo que al manejar el puntero, se formó la palabra “Hola”.
Cuando una de las asistentes preguntó si al espíritu le disgustaba ser invocado, la respuesta fue terminante: “Adiós” y tras ese momento, nunca más se escucharon pasos, golpes o ruidos inexplicables en el lugar.
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El fin de la experiencia y la liberación
Para Álvaro Rodríguez, aquella sesión de espiritismo fue un punto de quiebre: a partir de la invocación y el empleo de la tabla, la presencia que lo acompañó durante meses habría desaparecido por completo.
Jamás volvió a sentir la inquietante compañía detrás de las puertas, ni los ruidos surgieron a mitad de la noche, por lo que el actor interpretó esto como un acto de “liberación”: de algún modo, el espíritu, o fuerza invisible, se despidió y descansó.
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