La controversia en torno a Diana Uribe y su reciente publicación Mujeres a través de la historia ha desatado un intenso debate sobre la autoría y la divulgación histórica en Colombia.
En el epicentro del conflicto se encuentra la historiadora María Emilia Gouffray, quien participó inicialmente en la investigación del libro. Según Gouffray, su trabajo fue “alterado significativamente” y publicado sin su aprobación final, una acusación que ha dado pie a una serie de críticas y respuestas. La disputa, que también involucra a otros colaboradores cercanos a Uribe, como su hija Alejandra Espinosa, refleja las tensiones en el ámbito de la divulgación cultural y la historiografía en Colombia.
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El conflicto, sin embargo, no se limita solo a las diferencias sobre la autoría del libro, sino que también ponen en evidencia las críticas que algunos historiadores han dirigido a Uribe y su modelo de divulgación.
En redes sociales, el colectivo de historiadores colombianos Historias de Melocotón ha cuestionado la manera en la que Uribe ha construido su éxito, acusándola de supuestamente aprovecharse del trabajo de otros para difundir contenidos con respaldo comercial, a diferencia, según la denuncia, de la investigación rigurosa y muchas veces desprovista de recursos que ellos mismos realizan.
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“Mientras que para nosotros, los que sí somos historiadores, básicamente no hay trabajo en absolutamente nada, pero aun así nos esforzamos para que a ustedes les lleguen nuestras investigaciones, nuestro trabajo riguroso y que realmente sí tiene datos certeros. A usted le llegan los pódcast, los videos y los libros de Diana Uribe porque ella tiene capital para promocionárselos. Nosotros no lo tenemos. Así que no diga que los historiadores no hacemos nada”, afirman los historiadores.
“Los historiadores merecemos respeto y reconocimiento”, y lamentaron que su trabajo, “riguroso e independiente”, a menudo quede relegado en comparación con productos comerciales como los de Uribe, que cuentan con el apoyo de grandes recursos, aseguraron desde el colectivo.
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En su opinión, muchos historiadores de Colombia se ven obligados a trabajar en condiciones precarias, a veces desempeñando empleos ajenos a su campo de estudio, como en “call centers”, debido a la falta de oportunidades laborales en su disciplina.
Diana Uribe, por su parte, respondió a estas críticas de presunto plagio, con un llamado a la paz y al respeto. Durante el lanzamiento del libro, la divulgadora destacó que siempre ha sido “pacifista” y que su trabajo busca fomentar la “tolerancia y el encuentro entre las personas a través de las ideas y de la palabra”.
En un intento por desmarcarse del conflicto, Uribe enfatizó que su postura es la de evitar confrontaciones y que el proyecto del libro se ha desarrollado en un marco de “respeto y alegría”. En sus propias palabras: “Nunca he creído en confrontaciones, ni en guerras, ni en peleas. Lo mío es la no violencia, lo mío es el Ubuntu”.
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Gouffray ha denunciado que la obra fue modificada de manera que se alejó de su “intención original”, señalando que los cambios editoriales “vulneraron sus derechos morales” como autora principal de varios de los textos.

Además, la historiadora comentó que, aunque los textos de su autoría fueron utilizados como insumos en el trabajo final, la obra no reflejaba la investigación que ella había concebido, lo que la llevó a plantear posibles acciones legales, al considerar que lo sucedido sobrepasaba lo éticamente aceptable.
Por otro lado, Diana Uribe respondió a las acusaciones señalando que el libro es el resultado de un “trabajo colectivo” y que no existe coautoría, pues “no hay coautores” en la obra. Uribe explicó que María Emilia Gouffray no fue incluida como coautora porque ella misma decidió abandonar el proyecto antes de que este fuera finalizado, y que su participación fue limitada a proporcionar los textos iniciales.
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Uribe subrayó que, aunque Gouffray había solicitado que su nombre apareciera en la portada, su participación en el proyecto fue solo parcial, algo que ella considera que está claramente reflejado al incluir su nombre en los créditos finales del libro.
En palabras de Uribe, “María Emilia no es una coautora porque no hay coautores. Ella quería el reconocimiento en la portada y su nombre está ahí”.
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