
El 2 de diciembre de 1993, la caída de Pablo Escobar marcó el final de una de las etapas más violentas en la historia del narcotráfico en Colombia. Durante años, su imperio criminal controló grandes partes del país y desafió al Estado con ataques y atentados terroristas. Su captura o muerte era una prioridad para las autoridades, lo que llevó a la creación de una millonaria recompensa ofrecida tanto por el Gobierno colombiano como por sus enemigos del cartel de Cali.
En su momento, el Estado colombiano destinó 5.000 millones de pesos para quienes contribuyeran a la localización del capo. En 1993, la tasa de cambio situaba el dólar en 803 pesos, lo que equivaldría aproximadamente a 6.2 millones de dólares. Paralelamente, el cartel de Cali, rival acérrimo de Escobar, elevó la oferta con 10 millones de dólares adicionales, con el objetivo de acabar con su principal competidor en el negocio del narcotráfico.
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Sumando ambas cifras, la recompensa total en 1993 ascendió a 16.2 millones de dólares. Si se ajusta esta cantidad a la tasa de cambio actual de 4.077,56 pesos por dólar, equivaldría a 66.056.472.000 pesos colombianos. Esta cifra refleja la magnitud de la inversión en la persecución del líder del Cartel de Medellín.
Hugo Aguilar, coronel retirado que participó en la operación contra Escobar, reveló ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) que los uniformados involucrados en el operativo recibieron parte de este dinero. Según su testimonio, la inteligencia que permitió rastrear la ubicación de Escobar se logró en gran medida gracias a la colaboración de Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), un grupo compuesto por sus antiguos aliados y otros enemigos, entre ellos Carlos Castaño y alias Don Berna. Estos aportaron información clave sobre sus movimientos, lo que facilitó la planificación de los operativos que lo llevaron finalmente a ser localizado y abatido.
El operativo que culminó con la muerte de Escobar no solo fue una cacería física, sino una guerra de información y tecnología. La intercepción de llamadas y el rastreo de ubicaciones fueron clave para dar con su paradero en una casa del barrio Los Olivos en Medellín. La cooperación entre las fuerzas colombianas y estadounidenses también fue fundamental en el éxito de la misión.

Se utilizaron equipos de rastreo de última generación y estrategias de infiltración que aumentaron considerablemente los costos de la operación. Además, agentes encubiertos y colaboradores dentro del círculo cercano de Escobar ayudaron a perfilar sus patrones de movimiento, permitiendo a las fuerzas del orden reducir su margen de maniobra hasta su caída definitiva.
A pesar del alto costo financiero, la recompensa y los recursos invertidos por el Gobierno fueron vistos como un mal necesario para acabar con el narcotráfico desenfrenado que azotaba Colombia en ese entonces. La violencia desatada por el cartel de Medellín dejó miles de muertos, incluyendo jueces, periodistas, policías y civiles inocentes. La persecución de Escobar simbolizó la determinación del Estado de recuperar el control del país.

Más de 30 años después de su muerte, el impacto de Escobar sigue siendo objeto de análisis y debate. La conversión de estas cifras a valores actuales demuestra no solo la magnitud de los recursos que se emplearon para poner fin a su reinado de terror, sino también la relevancia histórica de su caída en la lucha contra el narcotráfico. Aunque la violencia asociada a esta actividad ilícita persiste en algunas regiones, la caída de Escobar marcó un punto de inflexión en la historia criminal de Colombia y el mundo. Su muerte no erradicó el narcotráfico, pero debilitó significativamente la estructura del cartel de Medellín y abrió paso a nuevas estrategias en la lucha contra el crimen organizado. En retrospectiva, su captura sigue siendo considerada uno de los mayores golpes contra el narcotráfico en la historia del país.
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