
El amor puede empezar con una mirada, un mail, paseando el perro o en la fila del supermercado. Pero los hay más sofisticados o iluminados por convicciones u objetivos. Este que enhebraremos con palabras hoy pertenece a la segunda categoría por la simple razón de que nació de un circuito de retroalimentación creativa. Y sobre todo porque estuvo fundado en la profunda admiración de una mujer por su marido, allá por Alemania, a finales del 1800.
La chica que creyó en el sueño
Viajemos al siglo XIX. Cäcilie Bertha Ringer nació el 3 de mayo de 1849 en Pforzheim, una localidad de lo que era el gran ducado de Baden, en el sudoeste de Alemania. Fue la tercera hija de nueve hermanos, provenían de una familia rica y creció en un mundo donde a las mujeres, si bien podían educarse, todavía les costaba mucho acceder al ámbito universitario. Terminó el secundario en el colegio Höhere Töchterschule adonde concurrían las hijas de las familias acomodadas.
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Cuando llegó a la familia, después de Emilie y Elise, su padre, que esperaba un varón, dijo: “Lamentablemente, ¡otra vez una niña!”. Pero Bertha, que había crecido escuchando esa frase que había dicho su padre, estaba dispuesta a ser diferente a las chicas de su época y a desafiar el preconcepto. Aprendió idiomas, geometría, ciencias naturales y era dueña de una curiosidad que viajaba lejos. Se mostró interesada en acompañar a su padre, quien se había vuelto un importante constructor dedicado al negocio inmobiliario, a las obras que visitaba. Su padre le explicaba cómo funcionaban las máquinas, incluida la locomotora, y ella escuchaba atentamente.
Las mujeres de su clase social solían conformarse con la buena dicha de la fortuna, pero a ella no le agradaba esa idea: tenía inquietudes intelectuales y estaba sumamente interesada en los avances tecnológicos de la época. Construyó, con decisión, a una mujer distinta al resto y por encima del promedio.
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Por su parte, Carl Friedrich Benz llegó al mundo el 25 de noviembre de 1844 en Mühlburg, también Baden. Era hijo de un maquinista ferroviario católico que murió cuando él era chico y de una madre protestante que trabajaba como sirvienta. Ella lo crió sola y con enorme esfuerzo. Carl estudió ingeniería mecánica y se recibió en 1864. Era un loco por las máquinas, los motores y los avances técnicos.

El 27 de junio de 1869, durante una excursión organizada por la asociación social Eintracht, Carl y Bertha se conocieron. Tenían 24 y 20 años y enseguida sus intereses en común salieron a la luz. Si bien provenían de orígenes distintos, Bertha quedó impactada por la inteligencia y la vocación de ese joven que trabajaba como ingeniero y dibujante técnico.
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Se enamoraron irremediablemente. Desde el inicio Carl le habló de su gran sueño: inventar una máquina que fuese capaz de reemplazar a los caballos. Una que pudiese desplazarse sin la habitual tracción a sangre.
En 1871 Carl fundó, en Mannheim, una empresa de fundición y trabajos mecánicos con August Ritter. Las cosas no funcionaron y quedaron cerca de la quiebra.
Bertha creía en el talento de su novio y decidió intervenir. Contra viento y marea logró que le adelantaran su dote matrimonial y puso todo su dinero a servicio de las invenciones de Carl.
Gracias a ella el negocio continuó.
Finalmente, el 20 de julio de 1872 la pareja contrajo matrimonio.
Por delante, se veía una familia donde el dinero escasearía: cada proyecto demandaba nuevas inversiones. Para Carl era importante que el mundo creyera en sus creaciones y en su gran meta: una máquina que todos pudieran usar en la vida cotidiana. Mientras soñaban y trabajaban, fueron naciendo sus hijos: Eugen (nacido en 1873), Richard (1874), Klara (1877), Thilde (1882) y Ellen (1890).
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Los primeros años fueron duros y los primeros resultados no fueron los esperados. Bertha en ese tiempo hizo algo más importante que entregar su dote: fue la que impidió que él abandonara la idea que regía sus vidas. Empujaba más que él. Carl diría años después que había encontrado a una mujer idealista, a una compañera de aventuras inigualable. No solo porque había puesto su dinero en el proyecto sino porque opinaba y participaba en cuestiones prácticas como en el armado de las bobinas de inducción utilizadas en el sistema de encendido del motor que estaban inventando.
La noche del <i>runrunrunrun</i>
El 31 de diciembre de 1879 la pareja consiguió encender el motor estacionario de gasolina, monocilíndrico y de dos tiempos. Era un avance increíble en sus experimentos.
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Carl se decidió: ahora sí podría construir un vehículo completo. Claro, que sería algo nada parecido a lo que vemos hoy. Eran los rudimentos de los autos actuales. Las cosas evolucionaron lentamente hasta que Carl Benz logró desarrollar un automóvil con motor a combustión interna integrado a una estructura. Intuían que podría ser la gran innovación en el mundo del transporte. El 29 de enero de 1886 Carl solicitó la patente para su vehículo motorizado de tres ruedas. El gobierno alemán se la concedió en noviembre de ese mismo año de manera retroactiva. El número fue 37435 y quedaría por siempre asociado al nacimiento del auto moderno.
Pero de auto actual, esa máquina de Carl no tenía nada. Era una estructura con tres ruedas con radios, un motor de combustión interna de un solo cilindro. Se parecía a un sulky con motor, con una rueda delantera y dos traseras. No tenía carrocería ni volante, solo una palanca de conducción. Al moverla, de un lado para otro, hacía girar la rueda delantera y eso cambiaba la dirección en la que se iba. Para frenar, se usaba otra palanca manual que accionaba un bloque de fricción sobre las ruedas traseras.
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Si bien estaban sumamente orgullosos de la creación del primer vehículo de la historia impulsado por combustión interna, lo cierto es que ese artefacto todavía no había demostrado ser útil para trasladar gente. No convencía a un público escéptico ni a los empresarios.
Bertha sentía tanta frustración como Carl ante la manifiesta desconfianza de todos. Estaba convencida de que tenían que salir del taller para mostrarle al mundo que el vehículo podía andar por el mundo real.
Ideó un plan que no consultó con Carl. Lo pondría a prueba ella misma con la complicidad de sus dos hijos mayores de 15 y 13 años.
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El domingo 5 de agosto de 1888 tomó la decisión que cambiaría el destino de su familia y del mundo.
Tenía 39 años cuando se subió con Eugen y Richard al invento de Carl. Viajarían los tres desde donde vivían, en Mannheim, hasta Pforzheim, la ciudad natal de Bertha y donde vivía su madre.
Sabiendo de los temores de Carl, ella no le anticipó su audaz plan. Se levantaron de noche y no hicieron el menor ruido.
Carl y sus tres hijas menores dormían. Le dejó una nota diciéndole que se iban a visitar a su madre, pero no le aclaró en qué irían.
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Con la ayuda de Eugen y Richard empujó la máquina por el camino intentando alejarse de la casa para que su marido no sintiese el ruido del motor cuando lo encendieran. Estaba convencida de que lo lograría. Eran las cinco de la mañana cuando arrancaron. Quería aprovechar la luz del día. Eran más de 104 kilómetros, una distancia enorme para la época. Deberían andar la mayor parte por caminos sin pavimentar y enfrentar todas las dificultades posibles que podrían dejarlos varados en cualquier sitio.
Contexto: hablamos de un mundo que no tenía rutas asfaltadas como las actuales sino caminos, pensados para carruajes tirados por caballos o carretas empujadas por bueyes. Si llovía los huellones eran insorteables; si estaba seco, el polvo era otro problema complejo. Tampoco existían estaciones de servicio, ni asistencia mecánica y menos teléfonos a mano desde donde pedir ayuda. Un corto trayecto con piedras, al pasar algún pueblo, era lo único que podía aliviar la excursión.
Bertha conduciría, sería la mecánica y la proveedora de combustible. Saliendo de Mannheim pasarían por Ladenburg, Heidelberg, Leimen, Wiesloch, Mingolsheim, Bruchsal, Weingarten, Solligen y Kleinsteinbach antes de llegar a Pforzheim. En total pasarían por 26 pequeños poblados.
Una solución práctica (y femenina) a cada problema
Uno de los primeros problemas apareció cuando se les acabó el combustible que había llevado de reserva. Se agotó antes de lo previsto. Había calculado mal. Bertha encontró la solución en el poblado de Wiesloch. En la farmacia del lugar compró ligroína, un producto para quitar manchas, que era un derivado del petróleo y que podía usarse como combustible para el motor. El farmacéutico le vendió tres litros. Por esta razón, esa farmacia es recordada en la historia como la primera “Estación de Servicio” del planeta.
Siguieron andando y apareció otro contratiempo. Había que reponer agua, lubricación y reparar algunos fallos mecánicos menores. Bertha lo hizo todo sola.
Cuando una obstrucción impidió el paso del combustible al motor, con un alfiler de su sombrero despejó el conducto. También recurrió a una liga de su ropa interior para aislar un cable del sistema de encendido.
Cuando el camino se volvía empinado, el motor carecía de la suficiente fuerza: los chicos debían bajarse a empujar. Resultaba agotador, pero lo cierto es que no habían salido de paseo: estaban pretendiendo demostrar que la aventura en coche era posible.

En otro tramo en el pueblo de Bruchsal tuvieron una avería que requirió buscar un herrero. Este hombre reparó la cadena de transmisión que le daba fuerza a las ruedas traseras. Aprovecharon que en el lugar había un telégrafo para avisarle a Carl que se aproximaban a destino.
Después de más de doce horas llegaron a Pforzheim. Para sorpresa de Bertha, su madre estaba de viaje. Estaba anocheciendo cuando le enviaron otro telegrama: “El viaje ha sido un éxito; hemos llegado bien a Pforzheim”.
Había sido una hazaña técnica y una victoria íntima del amor y la admiración. Ella había creído en su marido y se había ocupado de demostrarlo.
Tres días después emprendieron el regreso.
El 8 de agosto volvieron, pero escogieron un camino distinto y más corto: 90 kilómetros con menos cuestas. En el regreso la única complicación fueron los frenos. No estaban a la altura de la complejidad del viaje y se habían desgastado. Bertha buscó entonces un zapatero cercano, Karl Britsch, en el poblado de Bauschlott, para que mejorara la fricción de frenado. Él cortó cuero y se lo clavó en los bloques de madera que hacían de frenos.
Repercusiones de la hazaña
La publicidad que rodeó la insólita escapada de Bertha fue la mejor promoción. Una mujer con dos adolescentes había acometido la hazaña que se pensaba imposible. La gente comenzó a ver que el invento había funcionado. La curiosidad fue venciendo a la desconfianza. Además, les permitió a ellos descubrir qué cosas había que mejorar.
En 1894, el Benz Velo se convirtió en el primer automóvil producido en serie: se hicieron 1200 unidades durante su vida comercial. Era abierto, tenía cuatro ruedas, venía con faros, asientos y una estructura integrada. Los compradores podían pedir por encargo una capota. Era una máquina cara, no para cualquiera. Algo a lo que podía acceder un empresario industrial, un comerciante próspero o una familia rica.
La industria fue avanzando y, poco a poco, Carl fue ganando reconocimiento por su invento.
En 1906 fundaron una nueva empresa familiar con sus hijos en Ladenburg a la que llamaron Benz Söhne. Allí pasaron sus últimos años.
En 1926 se fusionaron dos empresas competidoras: Benz y Daimler.
Carl murió el 4 de abril de 1929, a los 84 años. Bertha lo sobrevivió quince años más: falleció el 5 de mayo de 1944, dos días después de cumplir 95 años y de recibir el título de senadora honoraria de la Universidad Técnica de Karlsruhe. No había estudiado, pero era como si lo hubiese hecho. Sus dos hijos varones fueron ingenieros y corredores de autos.
El amor de esta pareja no estuvo rodeado del clásico aroma a flores románticas, estuvo envuelto por el espeso aire impregnado de grasa, aceites y combustibles que se utilizan en los engranajes y motores. La admiración de Carl por su mujer quedó reflejada en una frase tan corta como contundente: “Ella fue más audaz que yo”.
El amor y compromiso de Carl y Bertha podría resumirse en diecisiete letras: aliados por un sueño.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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