El amor que nació en séptimo grado: seis hijos, una separación dolorosa y un giro inesperado con la llegada de un nuevo bebé

Marcela y Guillermo se conocieron a los 12 años en un colegio de Córdoba y vivieron un primer amor adolescente que los marcó para siempre. Tras 24 años de matrimonio y una separación en plena pandemia, un nacimiento inesperado los llevó a mirarse de nuevo y a entender que el amor puede hibernar… hasta que vuelve la primavera

Guardar
Un recuerdo de la infancia
Un recuerdo de la infancia en blanco y negro

“Éramos dos chicos en el último año de primaria cuando nos vimos por primera vez. Fue en el Instituto Hogar La Inmaculada, en Villa Allende, provincia de Córdoba. Él era el nuevo. Lo trajo de la mano el director hasta el aula porque lo quería presentar a todo el curso. Venía de repetir, por eso era un año más grande que el resto. Lo vi entrar y en ese mismo segundo mi mundo se detuvo. ¿Llamó mi atención? ¡Sí! ¿Me acerqué? Jamás. Mi timidez era más fuerte que cualquier impulso que pudiera tener. Me gustó mucho, pero todavía no lo sabía a conciencia”, escribe en el comienzo de su mail la cordobesa Marcela Gómez (56).

El culpable de que su mundo hubiera dejado de girar se llamaba Guillermo Cabrera. Era un chico de 13 años muy simpático, pero también bastante vago.

Viaje al planeta del amor

Estamos en las afueras de Córdoba capital y el fin de séptimo grado va a culminar con un viaje, planeado y deseado por todos los alumnos, al norte argentino. Irán en ómnibus a Salta, Tucumán y Jujuy. Es la despedida de una etapa de la vida: la primaria.

“El final del ciclo se acercaba. Fue justamente durante ese viaje que crucé con él mis primeras palabras. Guillermo se mostraba desatado y hablaba con todas las chicas. Era pícaro, encantador y se lucía frente a mis compañeras. Lo observaba en silencio. Entendí que a ellas les gustaba dejarse seducir por él. Fue en uno de esos largos trayectos de ruta, sentados en asientos separados, uno detrás del otro, que me dijo rápido al oído, como al pasar, que yo le gustaba. No respondí nada”, afirma.

Recuerda hoy que su yo de escasos 12 años sintió que un calor sofocante le trepaba por la cara y enseguida se vio delatada por sus cachetes al rojo vivo. Optó por mantener silencio.

En todo el resto del viaje no hubo ni una frase más del estilo.

Transcurrieron esos días, terminaron las clases y, también, pasó el verano donde cada uno anduvo por su lado. Marcela esperaba con ansiedad la vuelta a clases para volver a verlo. La ilusión se alimentaba, día a día, bajo el sol implacable de las vacaciones.

La historia de amor que
La historia de amor que nació en la escuela primaria y dio origen a una familia numerosa

Cuando en marzo regresaron al colegio Guillermo se mostró decidido. “Esa declaración breve y fugaz del colectivo volvió a repetirse en el primer día de la secundaria. Esta vez me dijo algo más pensado. Fue valiente y me pidió que fuéramos novios. Sostuvo que, como me había dicho en aquel viaje de estudios, yo le gustaba y que, por supuesto, seguía gustando de mí. Dije que sí. Ya sabía que esas mariposas que revoloteaban en mi estómago no eran pura casualidad”.

Lo que siguió fue una relación adolescente, años felices sin oscuridades. El primer amor de sus vidas atravesaba timbres, recreos y sobrevolaba los planes de fines de semana y las tareas escolares.

“Era ese latir que emociona hasta el cielo, que ruboriza, que te hace ir con el corazón embriagado y con una alegría desconocida. Todo era nuevo para mí. Amar era flotar, compartir el aire, descubrir la vida de a dos. Aprendimos a querernos y puedo decirlo, sin ninguna duda, nos enamoramos de verdad”, confiesa Marcela.

Una larga escala: 8 años sin contacto

Cursaron los tres primeros ciclos de la secundaria y cuando terminaron tercer año Guillermo se llevó todas las materias. Un desastre. Por otro lado, una pelea tonta, que ninguno de los dos puede recordar al día de hoy, los alejó justo antes de comenzar ese verano.

Marcela se pasó enero y febrero soñando con arreglarse en el primer día de clases de cuarto año.

Pero resulta que Guillermo, con tan mal desempeño como estudiante, en febrero reprobó las materias. En el colegio no aceptaban repitentes. Quedó fuera. Tendría que cambiarse de institución. Pero Marcela no tenía idea de todo esto.

Cuando llegó a su primera jornada escolar iba entusiasmada, moría por verlo. Es importante aclarar a los lectores más jóvenes que, en ese entonces, no había celulares ni redes y las vacaciones podían resultar un gran paréntesis que solo podría interrumpirse con alguna carta o postal si es que se tenía la dirección adónde enviarlas.

Marcela lo buscaba con su mirada hasta que, parada cerca de la hermana de Guillermo, la escuchó contar que su hermano se había tenido que cambiar de colegio. Se quedó tiesa: “Me agarró una tristeza infinita, se me hizo un nudo horrible en la garganta. No podía hablar. Casi me muero con la noticia porque yo lo único que quería era volver a verlo y arreglarme. Ponerme otra vez de novia con él”.

Toma envión para seguir relatando: “El destino intervino en nuestra incipiente historia. Él no pudo continuar en el mismo colegio y yo no hice ningún movimiento. No sé qué podría haber hecho. La vida nos separó. Pasaron ocho años sin vernos las caras. Ocho años sin saber nada el uno del otro. Yo tuve otro novio y él también tuvo una novia. Pero la verdad es que no fueron noviazgos importantes.”

Se reencontraron recién a los 22 y 23 años.

A ambos lados de un mostrador

“Estaba colaborando en unas elecciones para intendente un domingo cuando me pidieron que ayudara llevando a un viejito a votar. Tenía que asistirlo. El colegio donde se realizaba la votación quedaba muy cerca de la casa de Guillermo. Después de hacer el encargo, esa misma tarde, se me ocurrió que podía tocar la puerta de su casa. Junté coraje, me animé y me acerqué. Golpeé y salió su hermana. Nos conocíamos muy bien del colegio, pero hacía años que no nos veíamos. Me saludó amablemente, con una sonrisa, y charlamos un rato. Al final, me dijo que su hermano no estaba en la casa, pero que él tenía una fábrica de sándwiches de miga en el centro de Villa Allende. Me sugirió que fuera a visitarlo algún día”, explica Marcela, “Ella le contó a Guillermo, esa misma noche, que me había visto, porque al día siguiente fue él quien apareció en mi casa de sorpresa y tocó la puerta. Lo atendió mi mamá, yo estaba trabajando en el concejo deliberante. En esa época trabajaba y estudiaba abogacía, después me cambié a turismo. Guillermo le pidió el número del teléfono fijo de la casa y al día siguiente me llamó. Charlamos un poco de todo y como al pasar me dijo: cualquier día que puedas pasate por mi fábrica que está frente al anfiteatro de Villa Allende y nos vemos y charlamos un rato”. Esa fue la extraña cita.

Marcela no dejó pasar más tiempo. Esa semana se cayó al local. Conversaron de lado a lado, sobre el mostrador, mientras él preparaba los sándwiches. Era un encuentro extraño, no parecía una salida ni una invitación interesante.

“Resulta que él estaba de novio y yo también, pero por arriba del mostrador nos fuimos contando nuestras vidas. Estamos saliendo, pero nada serio, dije yo; sí yo también estoy con una chica que es maestra, pero no vamos nada bien, dijo él. Todo terminó con un ¿cuándo nos podemos ver? Me dio el teléfono de la casa de su abuelo donde se estaba quedando por esos días. Nos hablamos y concertamos una verdadera cita. El sábado siguiente fuimos a bailar a un boliche”.

Esa misma noche empezó el balotaje de sus vidas.

La segunda oportunidad se encendió sobre “las cenizas de aquel amor adolescente como una hoguera en llamas y ¡retomamos la relación!”, afirma Marcela.

Casada con el primer amor

El noviazgo duró tres años. Se casaron en la Iglesia de Villa Allende el 30 de septiembre de 1995. De esto hace ya tres décadas. Su primera hija nació en 1998 y le pusieron Guadalupe. En el 2001, llegó Facundo; en el 2002, Constanza; en el 2004, María Victoria (madre de Bautista, el primer nieto de Guillermo y Marcela); en el 2006, María Celeste y en el 2008, Ramiro, el menor que tiene hoy 17 años.

Recién casados
Recién casados

Cuando se quisieron dar cuenta ya habían formado una familia numerosa: “En poco tiempo, nuestra casa se había llenado de personas diminutas, fruto de ese amor que había sabido esperar. Tuvimos seis hijos. La bendición más deseada y esperada por ambos”.

Vivieron veinticuatro años de matrimonio. Con todos los costados, los buenos y los no tanto.

Marcela y Guillermo en un
Marcela y Guillermo en un retrato familiar

“Hubo días luminosos de felicidad plena, días grises de tiempo inestable y, también, tormentas. Las crisis sucesivas de pareja y los desentendimientos nos llevaron a separarnos en 2020, en plena pandemia mundial. Se habían juntado muchas cosas. Mi papá empezó con una rápida demencia senil en el 2019 y mi mamá, que había pasado esa situación con su propia madre, se negaba a atravesar una vez más lo mismo. Me daba cuenta de que ella no podía con la situación y empecé a ir a su casa, con mis tres hijos menores, todos los fines de semana. Me instalaba y la ayudaba con papá. Guillermo no entendía lo que yo estaba haciendo. No comprendía bien la enfermedad de mi padre, ni que yo quisiera tener tanta presencia. Se puso extremadamente celoso. Yo adoraba a mi papá e iba a estar con él para ayudar. No me importaba tener que ir con tal de estar y colaborar. Guillermo se quedaba el fin de semana con nuestros tres hijos más grandes. Pero empezaron las discusiones cotidianas, una cosa llevaba a la otra y todo se desbarajustó. Un día me cansé de los conflictos. Dije chau, esto así no da para más, no se puede sostener. Me organicé un departamento en la parte de atrás de la casa de mis padres y me instalé ahí con algunos de mis chicos. Nos separamos de hecho. Mis hijos tenían opiniones divididas al respecto. Algunos incluso estaban de parte de él porque no entendían que yo quisiera cuidar a mi papá. Decían que me tenía que dividir con mis hermanos para hacerlo. Pero bueno, se dio así y yo me puse la enfermedad de mi padre al hombro”.

Eso derrumbó su matrimonio.

Marcela y Guillermo dejaron de
Marcela y Guillermo dejaron de vivir juntos, pero nada los separa

La reconstrucción del tiempo perdido

“Sufría mucho porque no podía entender que Guillermo fuera tan terco. No podíamos ponernos de acuerdo jamás en nada. Él buscaba argumentos que no tenían peso para discutir lo que yo hacía. ¡Decía que me había ido a la casa de mi papá para ser libre! Era duro porque ya no podíamos sostener lo que habíamos tenido. El dolor fue profundo. Durísimo, pero hoy mirando hacia atrás, fue necesario”, analiza Marcela, “Al principio, la relación se puso tensa. Era una separación en la que él no estaba de acuerdo, así que me la hacía muy difícil. Pero todavía nos juntábamos todos y comíamos juntos. Un día hablando con una amiga separada, me enteré de que su ex marido, que trabajaba con Guillermo, le pasaba tres veces más dinero por un solo hijo que el que me pasaba mi ex a mí. Lo encaré y lo cuestioné. Se armó un buen lío. Comenzó a haber tensión por lo monetario y tuvo que intervenir un abogado para poder realizar un acuerdo. ¡Me hacía renegar! Tanto que un día cansada de todo le dije que me quería divorciar. Él me respondió muy suelto: Hacé lo que quieras. Era suficiente. Estaba harta de discutir. Fui a ver al abogado y le pedí que iniciara el divorcio. Guillermo se enteró cuando le llegó la notificación. ¡Ahí empezó a arrepentirse de todo lo que había dicho y hecho! Comenzó a reconsiderar las cosas. Estábamos en el 2024. Sus hermanas le aconsejaron que hiciera terapia y él les hizo caso. ¡No sabés lo bien que le hizo! Bajó muchos cambios y prometió que me iba a retribuir por todo lo malo que había pasado. Comenzó por arreglarme el pequeño departamento donde yo estaba viviendo con algunos de los chicos y se puso las pilas. Su actitud positiva fue, de a poco, cambiando todo. Empezamos a acercarnos porque comencé a ver verdaderas transformaciones en él”.

La familia en una celebración,
La familia en una celebración, siempre unida

El tiempo que siguió fue de aprendizaje, de ponerse a pensar y de extrañar: “Nuestros hijos siguieron reuniéndonos: compromisos familiares, responsabilidades compartidas, derechos y obligaciones y trabajo. Y ese algo que nos pasaba cada vez que nos reencontrábamos cuando poníamos sobre la mesa las anécdotas vividas, nuestras historias, las risas y carcajadas de los ocho que habíamos sido y que estábamos siendo en ese instante”.

La terapia cumplió su rol y Guillermo vio lo que debía ver. Pudo separar sentimientos y hechos. Eso posibilitó el reencuentro con el amor de su vida, la madre de sus seis hijos. Hay frases populares que parecen hechas para ellos: no hay dos sin tres o la tercera es la vencida.

Porque eso es lo que, precisamente, está ocurriendo.

Un nacimiento crucial para la unión familiar

“Me hizo muy feliz que cambiara tanto. Me gustó ver esa evolución en él. Me alegró que reconociera cosas que antes no podía ver y ahora sí. ¡Me pidió perdón muchas veces! Él no había podido dimensionar lo que me afectó la enfermedad de mi papá”, cuenta Marcela.

Habían sido otras fuerzas ajenas al amor las que los habían distanciado. Al final, lo que los unía era tanto más que lo que los separaba. El peso de lo vivido se hacía sentir de una manera entrañable. Es así que la pieza final de este rompecabezas de sentimientos la puso un bebé: Benjamín. Fue su presencia la que terminó por consolidar la reconciliación.

Desde el 20 de noviembre de 2025, el día en que nació, la pareja y la familia entera se aglutinó sobre él con la misma sintonía del pasado. Ya no había enfermos que atender, sino vida que cuidar.

Todavía Marcela y Guillermo no han vuelto a convivir, pero la idea está. Marcela no quiere volver a la casa donde vivieron porque la zona le resulta insegura. La pusieron en venta y están pensando a dónde se mudarán y con cuáles de sus hijos. Serán los que queden todavía en el nido familiar. Porque María Victoria ya vive con su pareja y con Bautista; Facundo en la ciudad de Rosario y Guadalupe está en pareja con un futbolista con el que se trasladará a Chile.

La pieza final de este
La pieza final de este rompecabezas de sentimientos la puso un bebé: Benjamín

¿Cómo tomaron los hijos este reencuentro de sus padres?

“¡No te creas que tan bien!”, se ríe Marcela a carcajadas, “Los que no están, no opinan demasiado. Los que están, no saben bien cómo tomarlo”, admite. Considera que esta etapa que viene por delante significa “darnos una nueva oportunidad. Nuestro nieto Bautista es el gran responsable de nuestra unión. Su llegada nos devolvió alegrías y sueños. Descubrimos que había una fuerza interior que insiste, una certeza silenciosa que abre siempre la puerta a una nueva oportunidad. Porque lo más impactante es que nos dimos cuenta de que el amor sigue ahí, latente, que no se fue nunca, que jamás nos abandonó. Por eso tenemos la convicción de un mañana juntos. Creo que este será un tiempo sereno, que estamos eligiendo a conciencia el camino para transitar hasta el final de nuestros días. A veces, la vida enseña que en el amor no siempre es primavera floreciente. A veces, es otoño donde las hojas caen sin miedos o invierno crudo”.

Marcela aprendió que el amor puede hibernar refugiado en las yemas y que volverá a brotar apenas el calor de la señal de que, una vez más, está llegando la primavera.

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

Últimas Noticias

Se gustaban desde la primaria, cuando se declararon por carta: una misa, dos reencuentros en 30 años y una tercera oportunidad

Era miércoles, estaban en misa y los varones eran una rareza en la escuela de mujeres a la que Rosalía asistía. Pablo, el hermano mayor de su amiga, miraba al frente, serio, con saco azul. Ella tenía once años y el corazón acelerado

Se gustaban desde la primaria,

ASAP Rocky habla de su relación con Rihanna: “No es fácil ser dos celebridades y estar juntos, pero lo logramos”

El músico y la cantante han superado los desafíos que conlleva la vida pública, encontrando equilibrio entre sus compromisos y el respaldo mutuo que ha fortalecido su vínculo lejos de la exposición constante

ASAP Rocky habla de su

Su primera novia lo humilló y las ocho relaciones siguientes le resultaron tóxicas: el joven de 36 años que no entiende qué es el amor

Ezequiel identifica en el desprecio que recibió de su primera relación seria lo que le provocó su cortocircuito con el amor. Todas sus historias amorosas terminaban en fracaso, hasta que en terapia comprendió que el problema era él por no saber elegir. “Confieso que no sé bien qué es eso de querer. No le tengo miedo al amor en sí, le tengo miedo a las personas”, dice

Su primera novia lo humilló

Eran concuñados, los unió un service de aire acondicionado y un abrazo lo cambió todo: “Él vino para sanar mi vida”

Cynthia y Marcelo venían de relaciones rotas y segundas oportunidades complejas. Se conocieron en casa de sus suegros, sin que nada pareciera especial. Pero Marcelo está seguro de que, en ese primer encuentro, algo ya había nacido

Eran concuñados, los unió un

Con imágenes inéditas y un mensaje conmovedor, Eduardo y Elina Costantini celebraron el primer año de su hija Kahlo Milagro

La selección de fotos y videos retrata momentos únicos vividos en familia, desde la bienvenida en el sanatorio hasta la fiesta que se vivió en la nueva casa de José Ignacio

Con imágenes inéditas y un