
Primero fue un mail. Karim necesitaba un abogado, y un amigo le dijo que Mario era muy bueno y que además estaba recién separado: un contacto laboral con opción a algo más. Ella no le prestó mucha atención a lo segundo. Con 41 años y soltera, se había acostumbrado bastante a que los demás le quisieran presentar candidatos con cualquier excusa.
Pero para ella estar sola no era un problema. Su vida estaba en orden, había tenido una larga convivencia hacía ya varios años y ahora era libre de salir con quién quisiera. Llevaba casi dos décadas como cronista de Espectáculos en el Diario Popular, había escrito dos libros, tenía un programa de radio, y una agenda demasiado exigente como para atarla a las demandas de una pareja. No, definitivamente eso no le interesaba.
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Lo que Karim sí deseaba con todo el cuerpo y desde hacía mucho tiempo era ser madre. Tenía 27 cuando soñó por primera vez con un nombre para una hija: María Sol. Y para los 30, ese nombre se transformó en un deseo concreto, más grande que ninguno. “El amor lo puedo encontrar en cualquier momento –pensaba–, pero un hijo es más prioritario, porque el tiempo se pasa”.
No era que hubiese dejado de creer en el amor; sentía que en algún lado estaba la persona para ella, pero no estaba apurada por encontrarla. En todo caso, eso estaba en segundo lugar. Sí le importaba, en cambio, encontrar un padre para ese hijo que deseaba tanto. No quería tenerlo sola. Le parecía muy admirable que otras mujeres lo hicieran, pero sentía que eso no era para ella.
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Cuando cumplió 40, su búsqueda se volvió imperativa. El reloj biológico seguía sonando, pero las oportunidades se acotaban. Decidió entonces que incluso si no encontraba el amor, podía conocer a otra persona que compartiera sus ganas y el proyecto, “un amigo o alguien con quien tener una relación de padre y madre y compartir la crianza”.
Por eso, cuando el ida y vuelta de mails con Mario excedió la consulta jurídica y decidieron verse, Karim fue absolutamente clara. “Mirá –le dijo en esa primera cita–, yo me planteo hace un tiempo que si encuentro a una persona con la que tenga afinidad, más allá de ser pareja, lo que quiero es tener un hijo. Porque pareja no quiero, yo estoy buscando otra cosa”. También le dijo de entrada que si las cosas entre ellos iban bien, ella quería hacer un tratamiento de fertilidad. Mario podía haber salido corriendo en ese mismo instante, pero respondió con toda naturalidad: “Yo también”.
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Saber que los dos querían lo mismo y podían hablarlo con tanta franqueza, los unió de una forma que no esperaban. Ya se gustaban, ya sabían que estaban de acuerdo en sus proyectos, pero lo que se dio enseguida fue lo único que no esperaban: el amor. “Entonces, nos pusimos de novios y empezamos a buscar desde el principio”, dice Karim a Infobae y cuenta que, también enseguida, se sintieron de esa forma que ninguno buscaba, como una pareja.
A los pocos meses de conocerse, se fueron a vivir juntos. “A determinada edad, cuando las cosas fluyen y te encontrás con alguien con quien querés estar el resto de tu vida, no tiene sentido darle vueltas”, pensaron los dos. Como decía el Harry Burns de Billy Crystal en Cuando Harry conoció a Sally: “Cuando te das cuenta de que querés pasar el resto de tu vida con alguien, querés que el resto de tu vida empiece lo más pronto posible”.
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Y ella había tenido otras parejas, pero nunca se había planteado que fueran para siempre. Con Mario sí. Karim –que es Karim González, periodista y conductora radial de amplia trayectoria en el mundo del cine, el teatro y el rock– siempre había sido muy independiente y muy libre, y él también. “Por mi trabajo y haciendo Espectáculos, siempre estuve de acá para allá, y en otras relaciones siempre había alguna objeción. Pero con Mario era al contrario, él vino a sumar a mi vida y también a mi carrera. Le encantaba lo que yo hacía y me potenciaba”, cuenta.
Enamorados, intentaron primero que el hijo que deseaban llegara de manera natural, pero los dos eran conscientes de que lo que seguía eran los tratamientos de fertilidad asistida. Así pasaron, durante dos años, por siete tratamientos, y atravesaron varias frustraciones. No fue fácil, dice Karim. “Pero yo había encontrado la persona en la que podía confiar por completo y estaba segura de que en algún momento se iba a dar, que, de la manera que fuera, íbamos a ser padres”, asegura.
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Empezaron con tratamientos de baja complejidad, y aunque se apoyaban mutuamente, también pasaron por experiencias dolorosas: “A veces caés en manos de chantas que te sacan la plata y que te incentivan a hacer tratamientos cuando saben que los embriones no están aptos y el embarazo no va a prosperar”. Fue algo que Karim entendió después, cuando en una mesa de los premios Martín Fierro conoció a un especialista que se ofreció a seguir su caso. Una persona honesta que le dijo de entrada lo que podía pasar. Y claro, lo de decir las verdades de entrada era algo con lo que ella se identificaba y mucho.
Karim quedó embarazada a los 44 años, después de hacer un tratamiento de alta complejidad, y casi como para celebrarlo, ella y Mario se casaron en el registro civil de la calle Uruguay. Fue un mediodía de diciembre, en 2014; ella estaba de tres meses y con síntomas, se le partía la cabeza. El festejo fue íntimo y sencillo: una parrillada con la familia y los amigos en un restaurante cercano. La alegría, inmensa.
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María Sol nació el 9 de julio de 2015, dos años después de la honestidad brutal de la primera cita. Se sumaba a Tila, la perrita salchicha que ya tenía Karim, y después llegarían también dos callejeros adoptados, Roque y Lili: de pronto esos dos solitarios por elección se habían convertido en una familia numerosa.
Pero entre el deseo y la realidad siempre hay ajustes. La llegada de la beba fue un cimbronazo. Los dos querían ser padres, pero nunca habían pensado cómo iba a ser la dinámica cuando eso pasara. “Como ya éramos grandes, no tuvimos ayuda de mi mamá o de mi suegra. No sabíamos nada y nos tuvimos que arreglar solos. Fue difícil la adaptación, a mí me costó incorporarla a mi rutina. Por las dudas de que algo saliera mal, nunca proyectamos más allá del embarazo, ¡no teníamos ni el cuarto!”, cuenta Karim.
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Pero aprendieron a repartir roles y se adaptaron para que ninguno de los dos perdiera esa independencia que valoraban tanto. Cuando María Sol tenía un mes y medio, ella retomó su otra pasión. Volvió a una función privada de cine, pero ahora con su hija y su marido. Desde entonces, se mueven como un clan. Disfrutan de las cosas simples: cocinar, hacer asados en el balcón, compartir tiempo en familia, ir al teatro. No se limitan, se siguen sintiendo libres, dicen, y esa es la clave –”si es que hay alguna aparte de querernos”–.
“Dios me recompensó de tanto buscar”, me dice Karim sobre el final de nuestra charla y me cuenta que María Sol acaba de empezar primer grado y que verla feliz, entrando al colegio, fue su última gran alegría. Y es que ahora está ahí, entre ellos, creciendo sana y cariñosa como la soñaron: dejó de ser deseo. Se transformó en una realidad mucho más grande y mejor de lo que imaginaban.
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