
Hace un año, varios días antes del día de Acción de Gracias, mi madre fue trasladada al hospital para morir. Estaba débil y empeoraba a medida que pasaban las horas. Tres médicos nos dijeron que una afección sanguínea llamada sepsis pronto detendría su corazón.
Tuve el presentimiento de que estaban equivocados.
La instalación cerca de su casa en Salt Lake City tenía poco personal porque era el fin de semana de Acción de Gracias. No pude convencer a un médico para que viniera a verla, y sentía que las posibilidades para ayudarla se estaban acabando rápidamente.
Así que entré en acción: llamé a un flebotomista móvil para que hiciera un análisis de sangre independiente. Fue la mejor llamada que he hecho. Descubrimos que mi madre no se estaba muriendo de sepsis, sino que tenía el potasio muy bajo.
Lo que necesitaba mi madre eran bananas.
El día después del día de Acción de Gracias se conoce tradicionalmente como el Viernes Negro o Black Friday. Pero, ahora, mi familia, lo llama de otra manera: Viernes Brillante. Fue el día que salvamos a mi mamá.
Ahora, con 77 años, ella está muy debilitada y requiere un centro de atención permanente. Pero su mente todavía está activa y su sentido del humor es tan peculiar como siempre.
En mis tres visitas semanales, nos instalamos en una rutina cómoda: después de llevarle un batido de mantequilla de maní (con extra de plátano), me instalo junto a su cama para leer los titulares del día. También hablamos de política mientras la perfumo con sus fragancias favoritas, como Alien o Joy. O le hago la manicura o le paso una loción de lavanda sobre su frágil piel.
En los días soleados, la llevo al exterior para que pueda contemplar las montañas y las codornices que están en los arbustos que rodean el patio.
Cuando estuvo cerca de morir el año pasado, pensé en el último viaje que había hecho con ella siete meses antes. Durante más de una década, mi madre me invitó a unirme a ella durante su viaje anual al Congreso Internacional de OVNIS de Arizona cada febrero. Siempre me reía y rechazaba la propuesta.
Luego, el año pasado, cuando vi que mi madre había dado un bajón considerable (necesitaba un bastón para moverse), me di cuenta de que nuestros años juntas podrían estar contados.
No siempre estuvimos cerca. Cuando mis padres se divorciaron y yo tenía 11 años, mi hermano y yo, los dos mayores, fuimos a vivir con mi padre. Mi madre mantuvo a mi otro hermano y mi otra hermana, que eran los más pequeños.
Las viejas heridas se habían curado con el tiempo, y pensé que asistir al congreso de OVNIS podría ser divertido.
Y lo fue. Durante tres días asistimos a seminarios sobre naves espaciales, círculos de cultivos y abducciones extraterrestres y compramos productos de temática extraterrestre, incluyendo pequeños collares alienígenas verdes, camisetas que decían "No creo en los humanos" y libros que hablaban de expeiencias paranormales.
Disfrutamos de la experiencia de estar madre e hija juntas por primera vez en años.
Nuestra escapada adquirió un nuevo significado a finales de septiembre del año pasado cuando la rodilla izquierda de mi madre se colapsó mientras preparaba un garage sale (vender artículos antiguos en el garaje de tu casa). Terminó en un centro de rehabilitación, y después en el hospital. Los médicos nos dijeron que la sepsis se había propagado hasta sus riñones y que necesitaría diálisis de forma inmediata.
El tratamiento mejoró la función de los riñones, pero su perspectiva aún era mala. Tres médicos dijeron que era hora de llevarla a un hospicio y decirnos adiós.
En su habitación de cuidados paliativos en un centro de atención cerca del hospital, mis hermanos, mi hermana y yo hacíamos turnos en un cómodo sillón junto a su cama. Mientras ella entraba y salía del sueño, hablaba sobre sus deseos finales.
"Nada lujoso. Seamos sencillos", me dijo. Quería girasoles en su funeral y muchas fotos familiares. "Champán también estaría bien, y música alegre", agregó.
Apoyé la cabeza en su pecho para sentir su calor.
"Mamá, te amo. Esto es difícil, pero trataré de ser valiente", le respondí.
"Yo también te amo", respondió ella tomando mi mano. "Piensa en los tiempos felices, ¿recuerdas tu cama rosa? Aún puedo verte durmiendo allí".
Fui a casa la noche de Acción de Gracias, pero no podía dormir. Salí con mi pijama y miré a las estrellas, agarrando el collar que llevaba puesto desde el diagnóstico de mi madre. Ella siempre amó los búhos y coleccionaba muchos objetos de recuerdo. Compré este para mi mamá en una tienda de brujería inglesa en 2015 y lo llevé conmigo a Stonehenge, donde mi familia hizo una excursión al atardecer. Cuando el sol apareció en medio del Gran Trillito, levanté el collar sabiendo que a mi madre le encantaría haber realizado un pequeño ritual. En ese momento, me sentí conectada con ella y sonreí, preguntándome si el collar ahora tendría algún tipo de poder.
Cuando el año pasado, me paré en el frío patio trasero de mi casa y busqué en las estrellas las formaciones de Pegaso y Piscis, tal y como me lo había enseñado mi madre, sentí que los expertos médicos estaban equivocados. Estaba convencida de que mi madre no se estaba muriendo. Dejé varios mensajes al doctor de guardia en el centro de atención para que fuera a verla, pero él no respondió.
Después de ordenar el análisis de sangre por mi cuenta, el flebotomista llamó más tarde esa misma noche. "Enviaré los resultados por fax por la mañana, pero debo informarle que el potasio de su madre es el más bajo que he visto nunca. Es crítico. Podría tener una insuficiencia cardíaca", advirtió.
La enfermera de mi madre dijo que no podía darle potasio sin la aprobación de un médico. Así que mi hermano, que estaba en ese turno, se apresuró a salir a la tienda de comestibles en busca de pastillas de potasio y las disolvió en agua antes de dárselas a mi madre.
A la mañana siguiente, yo estaba allí cuando llegaron los resultados que mostraban que si mi madre alguna vez había padecido sepsis, misteriosamente se había desvanecido. Inmediatamente llamé a una ambulancia para llevarla a un hospital.
En la sala de emergencias, un médico afirmó que mi madre nunca debería haber estado en un hospicio. Después de casi un mes en el hospital, le enviaron a un nuevo centro de atención, que fue peor que el primero. Finalmente, en el tercero, sí que le fue bien.
El personal donde está ahora es atento y cariñoso, y nadie dice nada si mi madre vocifera: "El almuerzo de hoy parece comida para gatos".
No lleva una vida perfecta (nunca más volverá a caminar), pero mi madre está feliz y agradecida de estar viva. No puedo dejar de sonreír cuando recuerdo la tarde en la que un sacerdote llegó a su habitación por error para realizar la extremaunción.
"¡Oh diablos, no! ¡No voy a ninguna parte!", exclamaba mi madre.
Nos reímos tanto que casi se cae de la cama. En el último Viernes Brillante brindamos con ella con su champán favorito. Mi madre quería dos vasos. Y quizás también un plátano.
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