
Una búsqueda en Google con la pregunta "¿Por qué es tan difícil hacer ejercicio?" arroja aproximadamente 324 millones de clics. Cuando uno se enfrenta a la abrumadora tarea de hacer actividad física, la lista de excusas es larga: demasiado ocupado, demasiado cansado y, en la mayoría de los casos, uno no quiere.
Pero un nuevo estudio de la Universidad de la Columbia Británica sugiere que el obstáculo real que impide que las personas se actividad no es su falta de motivación, tiempo o energía.
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Es su cerebro.
Hace dos años, Matthieu Boisgontier, un investigador postdoctoral en KU Leuven en Bélgica, apuntó a una tendencia inquietante. Aunque se invirtieron grandes cantidades de dinero y esfuerzo en campañas e investigaciones para animar a las personas a adoptar estilos de vida activos, nada mejoró. Los niveles globales de actividad física fueron, y aún son, preocupantes. Más de una cuarta parte de la población adulta del mundo -alrededor de 1.400 millones de personas de 18 años o más- estuvo "insuficientemente activa" en 2016, según informó la Organización Mundial de la Salud (OMS) recientemente.
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"Me sorprendió", comentó Boisgointier, que ahora es investigador de la Universidad de la Columbia Británica. "Se ha invertido tanto dinero en eso que ¿quién no sabe que es más saludable estar físicamente activo? ¿Cómo puede ser que no funcione esa información que nos muestra que tenemos que estar activos, que es bueno para nosotros y que es gratis?", agregó.
Trabajando en equipo con su viejo amigo Boris Cheval, investigador postdoctoral en psicología de la salud y el ejercicio en la Universidad de Ginebra, ambos se propusieron determinar por qué las personas pueden tener el deseo de hacer ejercicio regularmente, pero les cuesta seguir adelante con su propósito. Es la "paradoja del ejercicio", según cuenta Cheval a The Washington Post.
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El problema es que los cerebros de las personas están condicionados a elegir la ruta más fácil, la que necesita la menor cantidad de energía, de acuerdo a Boisgontier, que estudia neurociencia.
No importa lo que pienses, los investigadores dicen que tu cerebro quiere que seas sedentario para conservar energía. Cuando comienzas a contemplar la actividad física, obligas al cerebro a trabajar más duro para contrarrestar el impulso. Incluso cuando te diriges al gimnasio para hacer ejercicio, por ejemplo, tu cerebro puede decirte que uses el elevador en lugar de las escaleras.
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Los hallazgos fueron publicados en la edición de octubre de Neuropsychologia, una revista realizada y revisada por expertos en la materia.
Este es el primer estudio de este tipo que utiliza la técnica de imágenes en el cerebro para intentar comprender dicha paradoja.
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Boisgontier subrayó que el cerebro tiene una "atracción automática hacia los comportamientos sedentarios" y agregó que probablemente proviene de una adaptación evolutiva que favorece la conservación de la energía.
Algunas personas pueden llamarlo pereza. Pero "si se mira desde una perspectiva evolutiva, no es pereza". "Está minimizando los costos de energía. Esta minimización fue útil durante la evolución porque nos proporcionó una ventaja para la supervivencia".
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Pero millones de años después, a medida que la sociedad y la tecnología han avanzado, la necesidad de minimizar el consumo de energía no solo ha disminuido sino que ahora plantea un problema.
"Todavía está ahí en tu cerebro y tienes que luchar contra él", apuntó el científico.
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Para documentar la lucha interna, un grupo de investigadores de diferentes universidades dirigidas por Boisgontier y Cheval observaron la función cerebral de los 29 participantes del estudio usando un electroencefalograma (EEG) que registraba la actividad eléctrica en el cerebro. Los participantes eran adultos jóvenes que ya eran físicamente activos o tenían un fuerte deseo de serlo.
Los participantes, todos ansiosos por hacer ejercicio, mostraron reacciones más rápidas al acercarse a la actividad física y evitar la conducta sedentaria. Esto mostró su intención de ser físicamente activos. Pero a medida que veían imágenes de ejercicios, por ejemplo, una figura montando en bicicleta, los datos del EEG mostraron que el cerebro estaba trabajando más duro. Fue como si se activara un "freno automático".
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Una persona puede tener la "mejor intención" de estar activo, "pero si su sistema está minimizando su costo energético, su intención no se implementará".
Jude Buckley, una psicóloga de la Universidad de Auckland que no participó en el estudio, describió la investigación como "bien hecha" y "maravillosamente sofisticada".
Pero Buckley dijo que no cree que la atracción del cerebro para ahorrar energía provenga de la evolución biológica. Más bien, dijo, puede ser un producto de la evolución de la sociedad.
En los primeros tiempos, "los altos niveles de actividad física eran una parte imprescindible e inherente de nuestra vida cotidiana", indicó Buckley.
A medida que la sociedad y la tecnología evolucionan rápidamente, sin embargo, la actividad física se ha convertido en una habilidad de supervivencia menos vital y más en un esfuerzo innecesario. Las tareas que antes requerían un gran esfuerzo físico ya no funcionan. "Ahora, tenemos la pulsación instantánea de un botón", dijo.
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