Oír voces no siempre es algo malo.

Steve empezó a oír voces desde muy pequeño, a los dos o tres años. Solía ocurrir a primera hora de la mañana, mientras estaba en la cama: desde el otro extremo de la habitación, una voz le decía en un perfecto inglés, "No te preocupes, Stephen. Hoy te tenemos preparado un día maravilloso".

El día antes, Steve no estaba de buen humor porque ese año la primavera no estaba siendo especialmente cálida ni soleada en el norte de Inglaterra, donde vivía. Pero entonces llegó aquella voz para reconfortarlo. "Recuerdo haber pensado que aquello era muy extraño", me explica Steve, que hoy cuenta con 56 años. "Pero no me asusté ni nada. Para mí era tan real como mi voz lo es para ti ahora".

Aquella fue la primera de las muchas voces que Steve oiría a lo largo de su vida. Pero a diferencia de las personas que sufren psicosis o esquizofrenia —a quienes las voces les impiden llevar una vida normal—, a Steve nunca le molestó. De hecho, jamás le han diagnosticado una enfermedad mental ni se ha sometido a ningún tratamiento psiquiátrico. Steve es lo que los especialistas conocen como un "escuchador de voces sano"; la comunidad científica espera poder estudiar a más personas como Steve para llegar a entender por qué ellas son capaces de vivir sus vidas con normalidad, sin atención médica, mientras que otras ven cómo su mundo se derrumba a causa de esas voces.

Para Emmanuelle Peters, psicóloga clínica e investigadora del King's College de Londres, las experiencias psicóticas de todo tipo han sido objeto de su interés desde que empezó en la profesión, hace ya más de 25 años. Pese a que calificamos de "psicóticas" a las personas que ven u oyen cosas que no existen, afirma Peters, este tipo de alucinaciones es mucho más común de lo que creemos entre la población general.

Las personas en tratamiento son más propensas a hacer interpretaciones paranoicas o personales de sus alucinaciones visuales o auditivas

Peters afirma que las personas sanas también pueden experimentar alucinaciones visuales y auditivas, tan nítidas como las que sufren quienes sí necesitan algún tipo de tratamiento clínico. "Las personas a las que estudiamos habían sufrido alucinaciones con bastante frecuencia", señala. "No se trataba de episodios puntuales en momentos, por ejemplo, de aflicción por la pérdida de un ser querido, sino de casos en que los sujetos tuvieron alucinaciones durante un periodo medio de 31 años y estas nunca perturbaron su día a día".

La diferencia podría explicarse, en parte, por el modo en que el sujeto interpreta las alucinaciones y el significado que les da. Partiendo de esa base, Peters cree que el estudio de estas interpretaciones positivas podría contribuir a desarrollar técnicas terapéuticas innovadoras que podrían aplicarse en personas para las que las voces suponen un problema.

En un estudio publicado el pasado diciembre en The Lancet Psychiatry, Peters y su equipo entrevistaron a un grupo de personas que habían vivido experiencias psicóticas y que nunca habían necesitado someterse a tratamiento, a otro grupo de sujetos que sí habían recibido tratamiento clínico y a un grupo de control.

Los investigadores hallaron que los sujetos en tratamiento eran más propensos a hacer interpretaciones paranoicas o personales de sus alucinaciones visuales o auditivas y pensaban que sus experiencias psicóticas eran más peligrosas, menos controlables y más negativas, en general.

Muchas de las personas que no necesitan tratamiento han crecido en familias en las que oír voces es una experiencia aceptable o que incluso se considera un don

Investigaciones anteriores ofrecían resultados similares, aunque Peters señala que resultó complicado diferenciar con exactitud entre la apreciación del sujeto y la gravedad de la experiencia psicótica, puesto que un sujeto podía considerar que las voces que oía eran más amenazantes porque eran más volátiles. En su nuevo estudio, Peters y su grupo sometieron a los participantes a una "tarea anómala", consistente en plantearles una situación inusual. En una de esas tareas, por ejemplo, debían jugar a un juego de cartas en el que un ordenador o una persona cómplice del estudio parecía ser capaz de leer el pensamiento de los participantes.

El grupo de personas que habían recibido tratamiento clínico consideró esta experiencia más amenazante que el grupo no tratado. Según Peters, estos resultados avalan su teoría de que la interpretación de las experiencias psicóticas difiere entre las personas que necesitan ayuda clínica y las que no.

"Gracias al trabajo de Emmanuelle Peters, hemos podido determinar que el factor más importante para determinar si una persona sufre al oír voces no es la intensidad con la que esa persona las oiga", explica la psicóloga clínica Lucia Valmaggia, "sino las atribuciones que esa persona dé a dichas voces, de dónde crea que proceden, si considera que tienen poder sobre ella y si la influencia que tienen es positiva o negativa".

Los terapeutas no deberían inducir a sus pacientes a creer que las voces proceden de su cabeza o son producto de una enfermedad mental

En el King's College, Valmaggia se sirve de la tecnología de la realidad virtual para tratar de averiguar qué diferencias existen en la apreciación de cada participante, por qué algunos sufren paranoia al oír voces y otros, no.

"Obviamente, hay varios elementos biológicos propios de los trastornos psicóticos que no deben ignorarse", añade Peters. No se trata, por tanto, únicamente de cómo el paciente perciba la alucinación. "Si te pasas el día entero oyendo voces maliciosas diciéndote cosas feas, puede que exista una causa biológica que aumente las probabilidades de que el problema desemboque en un trastorno psicótico. En todo caso, creo que a menudo se subestima el elemento cultural y social".

La pregunta, por tanto, es: ¿cómo se llega a esa valoración positiva? Peters sostiene que muchas de las personas que no necesitan tratamiento han crecido en familias en las que oír voces es una experiencia aceptable o que incluso se considera un don. También abundan los que dan al fenómeno explicaciones sobrenaturales o espirituales y creen que la persona que oye voces es una especie de médium capaz de comunicarse con los espíritus.

Legitimar este argumento podría suponer un cambio en la forma de abordar las alucinaciones mediante terapia: en lugar de ignorarlo, los profesionales podrían intentar ayudar a los pacientes a cambiar su forma de ver las alucinaciones para convertirlas en algo positivo, incluso justificándolo con argumentos ficticios.

A muchas personas las alucinaciones les provocan una sensación de impotencia, miedo o de amenaza constante

"La terapia cognitiva conductual tradicional busca que el paciente acabe teniendo una percepción más realista de sus alucinaciones", explica Peters. "Sin embargo, descubrimos que el grupo sano, el de personas sin problemas clínicos, no consideraban que las voces que oían estuvieran solo en su mente, sino que estaban convencidos de que se trataba de espíritus, de fuerzas o entidades externas".

Peters considera que los terapeutas no deberían inducir a sus pacientes a creer que las voces proceden de su cabeza o son producto de una enfermedad mental. Si la percepción de los pacientes les ayuda a sobrellevarlas, los terapeutas deberían incentivarla.

Steve utiliza apodos para las voces que oye con más frecuencia. "La niña pija", o Celia, es una voz femenina de veintitantos años. "A su lado, la Reina de Inglaterra suena vulgar", asegura. "Tiene un inglés perfecto, de manual". También está el "abuelo pijo", una voz masculina de unos 70 años que, según Steve, suena como a un profesor universitario, y "el joven pijo", que Steve cree que es la primera voz que oyó de pequeño, en su habitación.

Según Steve, las otras voces que oye proceden de su interior, y no le resulta difícil distinguirlas de sus pensamientos

"Esas tres aparecen una y otra vez", explica. "Muchas veces dicen cosas muy coherentes con el momento. A veces con retintín, otras un poco enfadadas".

Steve asegura que el origen de voces como la de la "niña pija" lo percibe como algo externo a él. "Es como si tú lo oyeras con tus oídos", añade. "O las oyes con los oídos o bien parecen salir del interior de tu cabeza. En mi caso, muchas veces las percibo más o menos cerca de mi hombro derecho, como si me las susurraran al oído. Que yo recuerde, solo las oí una vez por el oído izquierdo".

Según Steve, las otras voces que oye proceden de su interior, y no le resulta difícil distinguirlas de sus pensamientos, ya que estos últimos son más aleatorios, como si encendiera una radio durante unos segundos y oyera fragmentos de conversaciones. Steve recuerda que una vez, mientras estaba meditando, oyó una voz decir: "Dile que he estado en Mimi".

"¿Qué narices significa eso?", se pregunta entre risas.

Al percibirlas de forma positiva, Steve tiene una relación agradable con las voces. Sin embargo, hay personas que no tienen la misma suerte. Lo corrobora Tom Ward, psicólogo clínico, que afirma que a muchas personas las alucinaciones les provocan una sensación de impotencia, miedo o de amenaza constante. Ward pertenece a un grupo de investigación del King's College que utiliza la realidad virtual para cambiar la relación de los pacientes con las voces que oyen.

Lo mejor para el paciente no pasa por conseguir que deje de oír voces por completo, sino por ayudarle a cambiar su opinión sobre ellas

La iniciativa se denomina AVATAR y consiste en dotar a las voces que atormentan a los pacientes de un cuerpo físico. Entonces, Ward asume el papel de esas voces y habla con los pacientes para intentar cambiar la dinámica de la relación. El objetivo es que el paciente tenga más sensación de control o deje de percibir las voces como una amenaza, como en el caso de Steve.

Pese a ello, Ward afirma que hay voces indiscutiblemente malignas, voces que hablan de violencia o acoso, o que tienen un carácter agrio e irascible.

Ward pide a sus pacientes que le aporten toda la información posible sobre las voces que oyen y que imaginen qué aspecto creen que tienen sus dueños (muchos pacientes ya tienen una composición mental del físico detrás de esas voces). Posteriormente, dan vida a las voces mediante el ordenador, procurando que coincidan "el tono, la gravedad, la respiración y el género de las voces" con la percepción del paciente.

Una vez recreada la voz, Ward la utiliza para conversar con el paciente. Inicialmente, imita las cosas negativas que suelen atormentarle, pero poco a poco va dando al paciente más control sobre la conversación y se muestra cada vez más sumisa hasta que el paciente da signos de asertividad y mayor fuerza.

En un estudio reciente, publicado en The Lancet Psychiatry, Ward y su equipo descubrieron que los pacientes que se habían sometido al tratamiento con AVATAR habían visto reducida la gravedad de sus alucinaciones al cabo de 12 semanas, un resultado considerablemente mejor que el obtenido en un grupo de pacientes a los que únicamente se les ofreció terapia de orientación.

“Steve oyó una voz decir ‘¡Ey, capullo!’. Se echó a reír y le respondió: ‘¡Lo mismo te digo!'”

Según señala el estudio, muchos pacientes aseguraron que las voces habían cambiado y dejado de representar una amenaza, mientras que en otros casos las voces prácticamente desaparecieron o sucedían a intervalos mucho más espaciados. También hubo casos en que las alucinaciones no desaparecieron, aunque gracias a la terapia se hicieron mucho más llevaderas.

Al igual que Peters, Ward cree que lo mejor para el paciente no pasa por conseguir que deje de oír voces por completo, sino por ayudarle a cambiar su opinión sobre ellas. "Investigaciones como la de Emmanuelle o la que yo mismo llevé a cabo señalan que este tipo de experiencias son parte de la naturaleza y la conciencia humana. Lo importante es llegar a entender por qué hay gente para quien estas experiencias acaban siendo incluso algo enriquecedor".

El caso de Steve no deja de ser inusual, ya que él no atribuye a las voces una naturaleza espiritual. De hecho, Steve asegura que no necesita ninguna explicación para el fenómeno.

"La incertidumbre no me incomoda", explica, "y creo que el problema es precisamente que a mucha gente sí. Yo lo veo como un problema interesante y fascinante, cuando me paro a pensar en él".

Steve no ha vuelto a oír voces desde hace tres años. El día de Año Nuevo de 2015 sufrió un a prostatitis y, por alguna razón, no ha vuelto a sufrir alucinaciones desde entonces

Steve reconoce que también ayuda mucho que las voces que él oye no sean demasiado negativas o violentas. Le pregunto si alguna vez ha oído una voz cruel, a lo que responde que una vez, mientras se preparaba para irse a la cama, oyó una voz decir "¡Ey, pajillero!". Steve se echó a reír y le respondió: "¡Lo mismo te digo!".

Steve no ha vuelto a oír voces desde hace tres años. Curiosamente, esa ausencia de voces le resulta perturbadora.

"No encuentro la explicación a lo que me ha pasado", reconoce. "¿Que si las echo de menos? Pues un poco, quizá. Recuerdo que pensé: Si no vuelven en un año, voy a empezar a preocuparme. Lo cierto es que no me preocupa, pero sería una lástima que no volvieran, porque era muy entretenido".

Publicado originalmente en VICE.com