La horrible plaga que provoca que las estrellas de mar se coman entre sí

"Enrollaban sus brazos y jalaban y jalaban hasta que uno de ellos se desprendía. Luego los brazos se alejaban porque no sabían que estaban muertos".

Alison Gong es bióloga marina, por lo que sabe perfectamente que una estrella de mar no tiene sangre, cerebro ni sistema nervioso central. Aún así, no puede evitar ver a las estrellas marinas de su laboratorio como mascotas. "Debido a mi extraña personalidad", me dijo, "establezco un apego emocional aunque obviamente no sea recíproco".

Este apego se ha profundizado durante los 20 años que ha trabajado en el Laboratorio Long Marine de la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos, donde muestra las estrellas a los estudiantes de su clases de biología marina. (Una de sus primeras lecciones es: el término en inglés starfish [pez estrella] es una denominación errónea, ya que las estrellas no son peces.) Hasta hace poco, Gong tenía 15 estrellas a su cuidado: ocho Patiria miniata, cinco estrellas de mar ocre, una Dermasterias imbricata y una Orthasterias koehleri. Ella desarrolló una rutina diaria. Casi cada mañana entraba al laboratorio a las 8:30 y saludaba a su fauna silvestre con un emotivo: "¡Qué onda, chicas!" Se aseguraba de que "todas estuvieran bien": si una estrella estaba sobre la mesa, por ejemplo, la empujaba suavemente de vuelta al agua con un pequeño regaño: "¡Chicas! Ya saben que deben estar aquí". Registraba la temperatura del agua, que proviene de Terrace Point, el arrecife sobre el que se sitúa el Laboratorio Long Marine. Desde las ventanas del laboratorio es común ver aletas de delfines, leones marinos nadando de espaldas y ballenas que salen a tomar aire. Finalmente, Gong alimentaba a las estrellas con calamares congelados o con eperlanos de lago que cuidadosamente rebanaba en pequeños trozos digeribles. Ninguna de las estrellas, que típicamente viven 35 años en su hábitat natural y hasta tres veces más en cautiverio, había muerto. Al menos no de causas naturales. Hace algunos años, Gong accidentalmente dejó caer un tanque encima de una de ellas, aplastándola. "Pensé que se recuperaría, pero no lo hizo. Me sentí muy mal por ello".

Por lo tanto, Gong no estaba preparada para lo que descubrió luego. Tan pronto como saludó a su prole, se dio cuenta de que "alguien había muerto". Las Patiria miniata, que son carroñeras agresivas, se habían juntado en una sola bola, una señal ominosa. Gong las separó una por una hasta que encontró lo que consumían: el cadáver de una estrella de mar ocre, compañera suya durante los últimos cinco años.

Dos días después se dio cuenta de que otras estrellas no se veían bien. "Su comportamiento era algo raro", dijo. Algunos de sus brazos estaban retorcidos alrededor de sus estómagos, como si intentaran abrazarse a sí mismas. Las estrellas saludables, en especial las ocre, tienen una textura áspera y consistencia firme. Pero éstas se veían "como pastosas", como globos desinflados. "Llegó hasta el punto en que me daba miedo abrir la puerta", dijo. Al día siguiente, un perturbado asistente de laboratorio reportó que una de las estrellas había perdido un brazo. Cuando Gong regresó el día después, la mesa del laboratorio se veía "como un campo de batalla de asteroides". Las estrellas estaban blanditas y con heridas blancas en todos lados. A veces se les salían las entrañas por las fístulas. Más brazos se habían desprendido. Los brazos, ya sin cuerpo, seguían arrastrándose por todo el tanque.

Es común que muchas especies de estrellas marinas se despojen de sus brazos en momentos de estrés. Por ejemplo, cuando un niño curioso saca a una estrella de una poza de marea por alguna de sus extremidades, puede ser que la estrella se deshaga de ese brazo en un esfuerzo para escapar y lo regenere después. Sin embargo, Gong rápidamente entendió que esto era diferente. Sus estrellas no sólo se estaban despojando de sus brazos. Se los estaban quitando. Se los quitaban como lo haría un hombre sin acceso a una herramienta afilada: usando un brazo para sacarse el otro. "Enrollaban sus brazos", dijo Gong, "y jalaban y jalaban hasta que uno de ellos se desprendía. Luego los brazos se alejaban porque no sabían que estaban muertos. Era horrible. No sólo estaban muriendo. Se estaban despedazando a sí mismas".

Al principio parecía que la enfermedad sólo afectaba a las estrellas ocre, pero pronto la Orthasterias koehleri empezó a mostrar los mismos síntomas. Una mañana, Gong llegó y la encontró deshaciéndose de uno de sus cinco brazos. Salió del laboratorio para alimentar a otros animales y cuando regresó, 40 minutos después, se había quitado otros dos. La Dermasterias imbricata y la última de las estrellas ocre se liquidaron a sí mismas unos días después. No obstante, las Patiria miniata no parecían afectadas —al menos no de forma negativa—. Para ellas, la masiva muerte de sus compañeras era una bonanza: se alimentaron de los cadáveres. Hoy en día son las únicas estrellas que quedan en el laboratorio. "Es como de pesadilla", dijo Gong. "Nunca había visto algo así. Había visto animales morir, pero esto es algo excepcional. Algo muere y sigues con tu vida, pero aquí no había forma de seguir con mi vida".

Ansiosa por saber qué ocurría, llamó al acuario de la Universidad de California en Santa Cruz, el Seymour Marine Discovery Center, que también toma agua del Terrace Point. Los investigadores le dijeron que habían notado misteriosas señales de la enfermedad en su propia colección, la cual incluía a un par de estrellas girasol, una de las especies de estrellas de mar más grandes del mundo. Una estrella girasol puede tener hasta 24 extremidades, cada una de hasta un metro de largo. En poco tiempo, las dos estrellas girasol también estaban perdiendo brazos. "Son tan grandes que cuando empiezan a deshacerse de sus brazos, sabes que hay algo malo", dijo Gong. "Algo muy malo. Parece como si hubieran sido descuartizadas". Los del acuario sacaron a las estrellas girasol del ojo público para que los niños que visitaban el museo no gritaran.

Allison Gong con dos Patiria miniata saludables. La estrella de la derecha tiene una lesión en uno de sus brazos y cada nueva punta sanó separadamente, lo que resultó en una extremidad bifurcada.

En el edificio vecino, Peter Raimondi, jefe del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la UCSC, había empezado a sospechar que el factor que estaba matando a todas las estrellas de mar no se limitaba solamente a Terrace Point.

Raimondi estaba experimentando un inesperado y no tan deseado cambio de carrera: había adoptado el rol de detective de estrellas de mar. A pesar de ser un biólogo marino que divide su tiempo entre analizar datos y dirigir viajes de investigación por la costa del Pacífico, Raimondi está más que calificado para el puesto. Existe una cualidad de investigador privado en su redondo e inquisitivo rostro, ojos activos y desesperada e impaciente voz. Traía chanclas y shorts cuando lo conocí en marzo, pero con sombrero y traje se parecería aún más a Jake Gittes.

La conversión de Raimondi no es tan inusual como parecería. Cada vez los científicos se vuelven más inquisitivos cuando el mundo que estudian parece una escena del crimen. Estamos atestiguando la mayor pérdida de vida en la historia del planeta, a la que los científicos llaman la Sexta Extinción. A diferencia de las cinco extinciones anteriores, ésta no es consecuencia de enormes procesos naturales, sino del comportamiento humano. La actual tasa de extinción es aproximadamente mil veces más rápida que el promedio histórico. Las razones son numerosas, pero entre ellas destacan el calentamiento de la atmósfera y la mezcla de ecosistemas causada por la actividad humana, la cual permite la infiltración de especies invasivas, el esparcimiento de enfermedades y la desaparición de hábitats naturales. La mayoría de las especies que perdemos desaparecen sin que siquiera lo notemos. Por cada Martha —el último ejemplar de paloma migratoria que murió en una jaula del zoológico de Cincinnati en 1914— hay cientos de otras especies que desaparecen anónimamente, lejos de la vista humana, y cuya extinción sólo notamos hasta que es demasiado tarde; especies como la paloma de Liverpool, el zampullín del Aloatra, el oso pardo mexicano, el lobo mexicano y muchos otros que ni siquiera identificamos hasta que sabemos que ya no existen. Pero quienes dedican sus vidas a examinar el mundo natural sí se dan cuenta de esta pérdida. Ellos son los primeros en llegar a la escena y son los más equipados para entender las amenazas que enfrentan los animales que estudian. En los casos de muchas especies, son los únicos a quienes les importa.

Raimondi, por ejemplo, quizá sepa mucho más que cualquier persona viva sobre las condiciones de las estrellas marinas en la costa del Pacífico, ya que en la última década ha sido investigador principal de Multi-Agency Rocky Intertidal Network (MARINe), una asociación de agencias, universidades y grupos privados que se esfuerzan para monitorear la vida marina en las costas. Cada año, un grupo de investigadores visita cerca de 200 sitios entre la Bahía Graves, Alaska, y Punta Abreojos, en Baja California Sur, México. Realizan censos y registran observaciones sobre más de cien especies, incluidas al menos 15 de estrellas de mar. La base de datos está en internet y está abierta al público. La idea es documentar el tamaño de las poblaciones y las condiciones ambientales de toda la costa para que, en caso de que algo inusual ocurra, pueda ser medido fácilmente. Tal sistema de monitoreo tan exhaustivo y sistemático no existía en EU hasta antes de MARINE y hasta el día de hoy sólo hay uno similar en la Gran Barrera de Coral de Australia. En el resto del mundo realmente no sabemos, con certeza, dónde vive qué especie marina. Los océanos siguen siendo terreno virgen. Entendemos que estamos cambiando su composición de forma dramática, pero no sabemos exactamente cómo.

Raimondi empezó a recibir reportes de altos niveles de síndrome debilitante de estrellas de mar. Debilitamiento es un término genérico que describe los síntomas de deterioro físico, que en el caso de las estrellas de mar puede incluir manchas, inflamación y que se arranquen las extremidades. Todo tipo de amenazas, tanto ambientales como patógenas, pueden llevar al debilitamiento. Es común que un buzo o una persona especializada vea a una estrella de mar con estos síntomas. Esto es el equivalente equinodermo de una gripe fea. Cerca del uno por ciento de las estrellas mostrará síntomas de debilitamiento en algún momento, pero cuando un enorme porcentaje de animales muere, significa que hay algo muy malo. Ésta es la diferencia entre un caso fuerte de gripa y una epidemia de influenza.

Esto es lo que Raimondi empezó a ver. Al principio, un especialista en calidad del agua marina de la Universidad de Washington reportó que cada estrella girasol observada en la costa de la isla Vashon mostraba signos de debilitamiento. A finales de abril, un técnico de investigación de la Universidad Estatal de Oregón vio síntomas de debilitamiento en las estrellas ocre del sitio natural Tokatee Klootchman, dentro del Carl G. Washburne Memorial State Park. A finales de junio, los investigadores observaron estrellas ocre con debilitamiento en Sokol Point, en la Península Olympic de Washington. En agosto, el mismo Raimondi encontró estrellas ocre con debilitamiento mientras estaba en un viaje de investigación en la isla Kayak, una remota isla en el Golfo de Alaska, a 95 kilómetros del poblado más cercano. Entonces se dio cuenta de que algo extraño estaba ocurriendo.

A lo largo del otoño los casos incrementaron en número y virulencia. La veterinaria del Acuario de Seattle, horrorizada al ver a las estrellas enfermas, las puso en cuarentena y las llenó de antibióticos; cuando esto falló, empezó a aplicar eutanasia a cada estrella que mostraba signos de la enfermedad. El rango geográfico de los eventos era alarmante. En el Museo Anchorage, en Alaska, murieron varias Evasterias troschelii y en Point Loma, San Diego, Henricia leviuscula. La población de estrellas marinas en Terrace Point, el patio trasero del Laboratorio Long Marine, murió casi por completo. Pero la epidemia no estaba limitada a la zona de mareas: varios buzos vieron estrellas debilitadas en arrecifes submareales y hubo barcos de pesca que encontraron estrellas debilitadas en montones que sacaron desde profundidades de hasta 90 metros. "Un uno o dos por ciento no es tan importante", dijo Raimondi. "Pero cuando empiezas a ver veinte o treinta por ciento, o incluso más —en algunos casos eran todas—, entonces sabes que algo muy diferente está ocurriendo".

Nadie sabía exactamente cómo llamarlo. ¿Acaso era una muerte masiva? ¿Una plaga? ¿Una crisis demográfica? ¿Una extinción? Los científicos empezaron a referirse a esto como "el debilitamiento".

Peter Raimondi, profesor de ecología en la Universidad de California en Santa Cruz
Peter Raimondi, profesor de ecología en la Universidad de California en Santa Cruz

Tal vez Gong nunca había visto algo así, pero Raimondi sí. En 1982, cuando era estudiante de licenciatura en la Universidad de California en Santa Bárbara, Raimondi observó de primera mano los efectos del episodio más fuerte del fenómeno meteorológico El Niño del siglo 20. Las temperaturas del Océano Pacífico se dispararon hasta en doce grados centígrados. Las estrellas de mar, entre otras criaturas marinas afectadas, morían a montones debido al síndrome de debilitamiento. Esto volvió a ocurrir después del fenómeno de El Niño de 1997-98, cuando un estudio estableció las tasas de debilitamiento de las estrellas de mar hasta en 56 por ciento en ciertas locaciones. El agua tibia parecía ser la variable común; varios eventos de debilitamiento ocurrieron en el sur de California durante años más cálidos de lo normal. También se cree que el alza en la temperatura contribuyó a otras recientes muertes masivas: el repentino colapso de la pesquería de langosta del Long Island Sound en 1999, el blanqueo masivo de arrecifes en el Caribe en 2010, la muerte de cientos de pelícanos en las playas del norte de Perú en 2012, la reciente hambruna masiva de leones marinos en el Sur de California y el descubrimiento de hasta cien mil cadáveres de mérgulos sombríos (aves endémicas de Norteamérica) en invierno en la costa noroeste del Pacífico. Sin embargo, para el verano de 2014, Raimondi podía asegurarse de que el debilitamiento era el evento de mortalidad marina más grande que había visto.

Aunque esta vez el agua tibia no parecía ser la responsable. Es cierto que, después de 12 años de temperaturas relativamente bajas, el agua del Pacífico se ha vuelto significativamente más cálida en los últimos meses. No obstante, el debilitamiento empezó casi un año antes de esta cálida fase, cuando surgieron las primeras observaciones en el noroeste del Pacífico, que llega hasta Alaska, donde el agua es particularmente fría. "Si lo vemos en Alaska", dijo Raimondi, "entonces vemos que es algo diferente a lo que hemos visto en el pasado".

Estamos atestiguando la mayor pérdida de vida en la historia del planeta, a la que los científicos llaman la Sexta Extinción. A diferencia de las cinco anteriores, ésta no es consecuencia de procesos naturales, sino del comportamiento humano.

Esto también estaba pasando más rápido de lo que se había visto. "Eso es lo que me sorprendió más", dijo. "Fue muy repentino y amplio; ocurría en muchas especies diferentes". Nunca antes había visto brazos sin cuerpo caminando por allí. O estrellas girasol "explotando". Tampoco había visto una estrella fantasma. El debilitamiento suele ser un proceso gradual, ya que la estrella se deteriora a lo largo de días o semanas. Pero también puede atacar con una ferocidad tan repentina que algunas estrellas se pudren. Su tejido blando se disuelve y se descompone, ya que es devorado por bacterias blancas peludas; aunque las espículas blancas y duras de la estrella —sus espinas, las cuales están hechas de calcio— permanecen. Esto deja una impresión fantasmagórica de la estrella; es, literalmente, una silueta de tiza.

"Daba miedo", dijo Raimondi, usando un término que no se escucha mucho en los biólogos. El debilitamiento tiene tal efecto. Hace que los científicos, quienes suelen elegir sus palabras con extrema precaución, hablen como adolescentes. En las conversaciones se siguieron usando términos como "shock", "horror" y "pesadilla".

Los investigadores averiguan la causa de tal evento casi de la misma forma en que el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EU rastrea el caso cero de una endemia, o en la que un detective criminal rastrea a un asesino serial. No es suficiente saber quién murió. Tienes que saber la secuencia en la que murió. Debes trazar la violencia hasta su origen. Sólo que Raimondi no podía detectar patrón alguno. Las estrellas morían a diferentes ritmos. Algunas se volvieron estrellas fantasma en horas, algunas morían en una semana y otras más lograban recuperarse. Era totalmente impredecible. Si la epidemia estaba causada por el agua tibia, ¿entonces por qué había empeorado durante el invierno? No parecía haber sido causada por contaminación, la cual suele ser localizada, ya que estaba ocurriendo en todos lados. Y si era causada por un patógeno, ¿por qué no parecía esparcirse desde algún punto de origen, en lugar de aparecer en todos lados? En algunas de las secciones más devastadas de la costa se encontraron varias estrellas saludables. En zonas no afectadas, se encontraron otras debilitadas. Ocurría en aguas cálidas y frías. No tenía sentido. Raimondi incluso puso en duda la existencia del debilitamiento. Quizá era algo totalmente diferente, algo sin precedentes.

Una estrella de mar gigante saludable
Una estrella de mar gigante saludable

Camarógrafos de CBS, NBC y CNN empezaron a seguir a Raimondi durante sus expediciones. En la bahía aparecían botes llenos de periodistas. Los tabloides británicos publicaban artículos con titulares como "Millones de estrellas de mar aparecen muertas en la costa oeste" y "Misteriosa plaga causa que las estrellas de mar se arranquen sus propios brazos y los científicos no saben por qué". Un ecologista llamó al debilitamiento "la enfermedad más extensa y devastadora de invertebrados marinos que se ha conocido".

La atención de la prensa, a pesar de ser distractora, tenía sus beneficios. Cientos de ciudadanos alarmados empezaron a inspeccionar tramos sin investigar de la costa del Pacífico y subían sus observaciones a un nuevo mapa de debilitamiento de estrellas de mar que creó Raimondi. La participación incrementó en grupos como el programa de ciencia ciudadana de la Academia de Ciencias de California y el Reef Check, el cual entrena a buzos amateur para que lleven a cabo estudios sobre algunas especies. Los datos se iban acumulando —incluso se detectó debilitamiento en la costa del Atlántico Norte— y el mapa de debilitamiento de Raimondi se volvió cada vez más detallado, aunque aún seguía sin haber patrón alguno.

Algunos investigadores amateur le escribían para ofrecerle sus teorías. Muchos culpaban al calentamiento global o a la acidificación, la cual ocurre cuando los océanos absorben altos niveles de dióxido de carbono. Un grupo particularmente determinado y conspirador culpó a la crisis nuclear de Fukushima, una hipótesis que los científicos descartaron. Otros culpaban a las líneas eléctricas a lo largo de la costa por bombardear radiación electromagnética a los arrecifes. Un hombre alegó que los árboles de Navidad habían causado el debilitamiento. Éste creía que los abetos, que crecían en Alaska, llevaban alguna especie de bacteria letal para las estrellas de mar. Cuando eran enviados en barco hacia el sur de California, dijo, depositaban sus venenosas bacterias en el agua.

Donna Pomeroy, una bióloga de la vida silvestre que durante los últimos 20 años ha vivido frente del arrecife Pillar Point en el condado de San Mateo, California, es una de las voluntarias de ciencia ciudadana que empezó a monitorear la población de estrellas de mar endémicas, al participar en estudios mensuales del arrecife con un grupo de la Academia de Ciencias de California. De inmediato vio que las estrellas que normalmente se adherían a las rocas se estaban despellejando. "Era asqueroso", dijo. "Se veían como si estuvieran hechas de cera y las hubieran dejado cerca de una lámpara de calor. Los brazos literalmente se les caían. Es mi patio. Lo protejo mucho. Es deprimente".

En ese mismo tiempo empezó a notar una alarmante abundancia de un molusco color Pepto Bismol llamado nudibranquio rosa (Hopkins rosácea). "Solían pasar años sin que viéramos uno solo de ésos. Ver uno era emocionante. Pero ahora el arrecife estaba lleno de ellos. Algo extraño estaba pasando".

"Era como caminar en un bosque de secuoyas y encontrar bastones de caramelo saliendo de las ramas", dijo Mary Ellen Hannibal, una escritora ambientalista que participa en estudios regulares de la Academia de California y que está escribiendo un libro sobre ciencia ciudadana.

"Los nudibranquios son hermosos", dijo Pomeroy, "pero es escalofriante ver que estos cambios ocurran tan rápido, tan dramáticamente. Hay un panorama más general y no sabemos cuál es".

El debilitamiento hace que los científicos, quienes suelen elegir sus palabras con extrema precaución, hablen como adolescentes. En sus conversaciones usan los términos “shock”, “horror” y “pesadilla”.

Catherine Lynche, una estudiante de tercer año de la Escuela Santa Catalina en Monterey, California, tenía un particular apego a las estrellas de mar; solía "gritar emocionada" cuando las encontraba en los viajes a las pozas de marea por parte del Programa de Investigación de Ecología Marina de su escuela. Estaba muy perturbada cuando encontró estrellas arrugadas, sin brazos y en proceso de descomposición. "Incluso mi maestra desconocía la causa", dijo Lynche. "Era perturbador".

Su compañera Katie Ridgway estaba sorprendida cuando no pudo encontrar una sola estrella de mar en un viaje hacia el arrecife local Asilomar. Un año antes había estrellas por todos lados. "Era como: 'Wow, ¿por qué está pasando? ¿Acaso alguien causó esto?'" En unas vacaciones regresó a Seattle, donde creció, y encontró que el arrecife que visitaba de niña en Puget Sound ya tampoco tenía estrellas. "Me hizo preguntarme si en diez años, cuando me gradúe de la universidad y regrese a Seattle, ¿seguirá siendo una preocupación? Si es así y el agua sube y otro virus afecta a otro organismo, ¿qué pasará para cuando tenga hijos?"

"Nadie lo vio venir", dijo Lyche. "Si no podemos predecir algo tan importante como esto, ¿qué otra más seremos incapaces de prever?"

Hay diez millones de virus en una gota de agua de mar. Por tanto parecería improbable que los científicos sean capaces de determinar el patógeno responsable del debilitamiento. Sin embargo, en noviembre del año pasado hubo un gran descubrimiento. Ian Hewson, un microbiólogo de la Universidad de Cornell que estudia virus acuáticos, detectó altos niveles de un virus previamente no identificado en muestras de tejido tomadas de estrellas enfermas. Su equipo llamó al culpable SSaDV, un acrónimo en inglés de "densovirus asociado a estrellas de mar" ("densovirus" significa un pequeño virus que suele infectar a insectos y crustáceos). Cuando los científicos inyectaron SSaDV en estrellas saludables, los animales desarrollaron síntomas de debilitamiento. Los noticiarios pregonaron que los científicos habían resuelto el misterio de la plaga de estrellas de la costa oeste, pero Raimondi, coautor del artículo que anunció el descubrimiento, se las ve duras para explicar que no es así.

Esto es porque el virus también ha sido detectado, aunque en menor cantidad, en gusanos marinos, estrellas y erizos de mar saludables; se ha visto en 24 especies. Se ha encontrado en el lodo del suelo marino. Incluso ha sido encontrado en especímenes de museo que datan de 1942, lo que significa que las estrellas han llevado este virus durante al menos siete décadas, y quizá muchas más. Un bibliotecario de Stanford encontró un informe de 1898 sobre la Bahía Narragansett realizado por un biólogo llamado Hermon C. Bumpus, quien observó: "He notado en varios lotes de estrellas de mar… lo que parece ser una enfermedad que primero ataca a la piel y se come todo el cuerpo".

¿Por qué este virus en particular, que parece haber existido durante décadas si no siglos, y en todos lados, de repente se volvió tan fatal para las estrellas de mar? ¿Acaso el virus era oportunista y atacaba sólo cuando el sistema inmune de los animales estaba debilitado, tal como una persona sin chamarra es más susceptible a contraer un resfriado? Si fuera así ¿qué condiciones debilitaron a tantas estrellas? El misterio no ha sido resuelto. Solamente se ha profundizado.

Los arrecifes de lutolita en la playa estatal Natural Bridges, de Santa Cruz, California, Estados Unidos
Los arrecifes de lutolita en la playa estatal Natural Bridges, de Santa Cruz, California, Estados Unidos

A finales de febrero dirigí mi propia investigación amateur de la zona intermareal con Melissa Redfield, miembro del equipo de investigación de Raimondi. Durante la marea baja, Redfield y yo caminamos diez minutos hasta la playa Natural Bridges, en Santa Cruz, California. Los arrecifes están compuestos de lutolita, una roca sedimentaria de color café, resbalosa debido a las algas, y lo suficientemente suave para que los erizos de mar puedan hacer sus casitas ahí dentro. Una madre y sus dos hijos buscaban vida marina entre las salientes y los pozos. Gritaban cada vez que veían un cangrejo ermitaño, un erizo de mar morado o una anémona de mar con tentáculos verde neón. Una familia de turistas japoneses hacía lo mismo. Una solitaria mujer se arrodilló frente al océano y puso una canción triste en su grabadora.

Por más que busqué, no pude ver ninguna estrella, aunque Redfield las detectó casi de inmediato. Me llamó hacia una locación cerca del borde costero; me acosté sobre la lutolita y estiré el cuello para ver más allá de las rocas mientras Redfield alumbraba con una linterna. Con todo, aún me tomó un minuto para ver a la estrella; así de camuflada estaba. Siguió encontrando más estrellas, la mayoría de las cuales eran de color violeta y algunas rosa-morado. Éstas se escondían en hoyos y una se escondió bajo un erizo de mar. Después de media hora encontró una docena de estrellas ocre. La mayoría era del tamaño de una moneda de cinco pesos o incluso más pequeña; la más grande era del tamaño de una mano adulta. Todas parecían saludables, excepto una de las más grandes. Le faltaba un brazo y tenía una lesión blanca en la base de uno de los brazos.

Éste ha sido un patrón familiar en la costa del Pacífico durante todo el invierno. Ya que el debilitamiento ha persistido, las estrellas han desaparecido casi por completo en muchas locaciones. En otras, las estrellas sobrevivieron a la epidemia y parecieron recuperarse, como si hubieran desarrollado inmunidad, pero murieron meses después. Raimondi estima que hasta el momento han muerto entre uno y diez millones de estrellas. Tan sólo en la zona intramareal la tasa de mortalidad es de 75 por ciento. Sin embargo, se han visto estrellas más pequeñas en sitios en los que las más grandes han desaparecido. "Es un incendio forestal", dijo Rich Mooi, curador de zoología invertebrada y geología de la Academia de las Ciencias de California. "El bosque se quema y entonces llegan las plántulas". No obstante, la mayoría de estas pequeñas estrellas no son recién nacidas. Las estrellas marinas crecen muy lento; en el momento que son lo suficientemente grandes para ser vistas, probablemente ya tienen varios años de edad. Esto significa que las estrellas que observamos en Natural Bridges no eran bebés, sino sobrevivientes.

Esto suscita otra pregunta: ¿en realidad las estrellas más pequeñas son inmunes al debilitamiento, o simplemente son demasiado pequeñas para contraer la enfermedad? Podría ser que el virus sea benigno en pequeñas cantidades y que sólo se vuelva fatal hasta que se multiplica lo suficiente. Si ése fuera el caso, las estrellas aparentemente saludables podrían llegar hasta cierto tamaño para después morir. O tal vez contraigan la enfermedad en la adultez. No sabemos más de su destino de lo que ellas saben. "Nunca había visto algo así en toda mi vida", dijo Redfield. "Es difícil para mí pensar en el panorama general. No quiero pensar en ello".

Raimondi hoy en día se encuentra en la posición de un detective con un conocimiento íntimo del sospechoso: tendencias, excentricidades y modus operandi del asesino, sabe todo sobre él menos su verdadera identidad. Raimondi cree que el densovirus probablemente es el asesino, pero éste no tiene poder por sí mismo: necesita cómplices. Esto podría incluir aguas cálidas, hipoxia, contaminación y acidificación del océano, aunque tal vez no necesariamente todo al mismo tiempo. Por otra parte, la hipótesis del densovirus también podría ser incorrecta. Raimondi se pregunta si podría haber una correlación sin causalidad. En tal caso, el densovirus sería una infección secundaria, un predador oportunista que toma ventaja de un sistema inmune debilitado por otra fuerza más poderosa y desconocida.

Tampoco se conoce el efecto que tendrá el debilitamiento en los frágiles ecosistemas de las mareas de la costa del Pacífico de EU. Las estrellas de mar comen mejillones y erizos de mar; ¿podrían los bancos de mejillones, sin la presencia de su depredador, extender su territorio y expandirse hacia profundidades inferiores? ¿Podrían aumentar repentinamente las poblaciones de erizos de mar? Si fuera así, esto tendrá sus propias consecuencias. Los erizos devoran quelpo (un tipo de alga), el cual provee nutrientes y protección a una amplia gama de vida marina. Cuando los erizos se multiplican mucho en una sola área, los bosques de quelpo se convierten en desiertos. Esto lleva a un fenómeno llamado "páramos de erizos": páramos marinos surreales desprovistos de vida, excepto por una alfombra de erizos de púas moradas.

La población de erizos sí parece estar creciendo, aunque no está claro si la ausencia de estrellas de mar es la responsable. Aún así, está también la preocupación de que los erizos no estén tan sanos como parecen: Raimondi ha recibido varios reportes de un debilitamiento masivo entre las poblaciones de erizos de mar. Él no sabe si el responsable es el mismo densovirus, pero parece que sí. "Es muy parecido a los primeros días de las estrellas de mar".

A pesar de todo, Raimondi —imperturbable y sobrio— dijo que no estaba particularmente preocupado. "Mucha gente me pregunta: '¿Se extinguirán? ¿Habrá una catástrofe? ¿Colapsará el ecosistema?' La respuesta es no. He visto esto antes y el sistema se recuperó".

Algunos científicos más jóvenes y voluntarios que conocí estaban traumados por haber visto en su propia vida eventos de extinción y calamidades que no tenían precedente alguno en la historia de la civilización humana.

Algunos científicos más jóvenes y voluntarios eran menos optimistas. Se habían traumado al observar en su propia vida eventos de extinción y calamidades ambientales que no tenían precedente alguno en la historia de la civilización humana. Para ellos, la idea de que las estrellas de mar puedan ser evidencia de una transformación más profunda y decisiva en la ecología marina no es nada rebuscada.

"Pete [Raimondi] lo ve como un gran experimento", dijo Jan Freiward, un ecólogo marino y director de Reef Check California —una organización que busca la conservación de los recursos marinos—. "Intenta desapegarse, pero simplemente no sabemos qué tan grandes serán los efectos. Me preocupa. Lo más triste es cuando ves estrellas comiéndose a una debilitada. Piensas: '¡No, no lo hagan!'"

"Te hace sentir triste", dijo David Horwich, un voluntario de Reef Check, que fue uno de los primeros buzos en detectar el debilitamiento. "¿Es un evento de una sola vez o es un presagio de algo peor? Te preguntas si ha habido un cambio similar que dañe el ecosistema de manera irreversible".

"Se siente apocalíptico", dijo Mary Ellen Hannibal. "Lo que pase con las estrellas de mar se siente como un evento inmersivo invisible al ojo que está deshaciéndose de especies de las profundidades".

Lo único que Raimondi puede hacer ahora es monitorear de cerca a las estrellas jóvenes para ver si se recuperan o si mueren como el resto. Esta tarea dependerá en la vasta red de ciudadanos voluntarios que se han movilizado como respuesta a la crisis. "Sólo podemos ir a cierto número de sitios", dijo. "Pero muchas personas van a las pozas de marea. Eso es una enorme cantidad de datos. Estamos recibiendo una tonelada de reportes de gente que busca cosas en la playa sobre lugares en los que nunca hemos estado". El problema es que las estrellas más jóvenes, que pueden ser más pequeñas que la uña del dedo meñique, son muy difíciles de ver. Es por eso que muchos de los observadores más exitosos no son científicos marinos, sino niños pequeños.

"Los padres no tienen las rodillas del todo bien", dijo Raimondi. "No van a agacharse sobre el arrecife. Pero los niños son muy curiosos, tienen una gran vista y están muy cerca del suelo". Algunos de los avistamientos más importantes han venido de niños de tres años, a quienes sus padres arrastran mientras ellos intentan aferrarse a los arrecifes. Los preescolares son excelentes detectives. Son ávidos e incansables. Son bastante persistentes. Es casi como si estuvieran preocupados de que éstas fueran las últimas estrellas que verán en toda su vida.

Publicado originalmente en VICE.com