
Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, calcula que en un año la cantidad de compatriotas que habrán abandonado su país alcanzará los ocho millones. La cifra -que hoy se sitúa en los 4,296,777, de acuerdo a datos oficiales de Naciones Unidas– superaría holgadamente a la de los refugiados sirios desparramados por el mundo.
Ninguna guerra civil se desencadenó fronteras adentro. Sin embargo, la represión, la hambruna, el narcotráfico y la persecución a la que son sometidos a diario, representó suficiente argumento para encarar la diáspora más significativa y desgarradora de las últimas décadas.
Colombia, Perú, Estados Unidos, Ecuador y Chile son los territorios más receptivos a la huida de los venezolanos. Están gestionados por gobiernos con una economía y un sistema político estables y predecibles. En el ranking de hospitalidad luego se sitúan Brasil y Argentina. En el primero, a pesar de la cercanía, se interpone la barrera del lenguaje. En el segundo, más al sur, quizás la lejanía y el constante zigzagueo ideológico.
Ninguno escapa a Nicaragua. Tampoco a Cuba ni Bolivia. Y muy pocos a México y Uruguay. Los tres primeros son abiertamente socios del chavismo. Se nutrieron durante años de sus ya anoréxicas arcas y recursos, pero continúan leales a Nicolás Maduro y abrazado a sus negociados. Los otros dos países se muestran condescendientes con el régimen en los foros y desalmados frente al drama humanitario. Prefieren mantenerse inmóviles ante las evidencias.
En ese contexto la advertencia de Guaidó podría transformar el éxodo en la mayor tragedia migratoria de la historia. Ocho millones de desplazados en América para 2020 si su predicción se cumpliera. Son pocos los que tienen los recursos para cruzar el Océano Atlántico. De consumarse el pronóstico del líder de Voluntad Popular la sangría habrá de representar el 25 por ciento del total de la población, calculada hoy en casi 32 millones de personas.
Mientras esto ocurre, el hombre que habla con aves censuró toda expectativa para una salida electoral. Clausuró el diálogo en Barbados de manera unilateral y amenaza en cambio con dinamitar el único organismo republicano con representación democrática que se mantiene en pie: la Asamblea Nacional. Tierra arrasada. ¿Cómo reaccionarán los exégetas regionales del Socialismo del Siglo XXI si finalmente adelantara las elecciones parlamentarias para vaciar la marginada representatividad opositora? La imaginación, seguramente, los ilumine una vez más.
Dos socios en problemas
Pero otras alarmas suenan en el Palacio de Miraflores. Son las que provienen de Beijing y Moscú y que terminarán afectando a sus usurpadores. Las lejanas potencias respaldaron al dictador caraqueño mientras vampirizaron los recursos naturales subterráneos. No obstante, por estas horas se están asegurando algún tipo de continuidad en los beneficios por si los vientos llegaran a cambiar abruptamente.
A los socios imperiales de Maduro les preocupan, sobre todo, los frentes domésticos. Vladimir Putin y Xi Jinping están atentos a los estallidos internos. El ex agente de la KGB en Alemania Oriental debe lidiar no sólo con la multiplicación de las protestas, sino también con el nuevo Chernobyl que lo acorrala.
El subestimado accidente ocurrió en una base marítima al norte de la capital rusa, en un minúsculo pueblo –Nyonoksa– de la ciudad de Arkhangelsk. En un principio -como en la tragedia de 1986- el Kremlin intentó esconder el hecho. Encapsular el incidente para no padecer una humillación mundial ante el frustrado ensayo del poderoso misil 9M730 Burevestnik. No pudo.
Los niveles de radiación crecieron más allá de las fronteras nórdicas encendiendo sirenas en todo Europa. ¿Qué garantías ambientales puede ofrecer Rusia -en la actualidad y en el futuro- en momentos que intenta despejar las barreras que se oponen al gasoducto Nord Stream 2 de Gazprom en el norte del continente? Noruega ya detectó contaminación en su territorio e hizo saber su preocupación.
A dicho accidente Putin debe sumar la proliferación de protestas en todo el extenso país. Los rusos están descontentos. No ven una reacción del gobierno acorde con las necesidades económicas que atraviesan. Encima, el régimen los reprime cada vez que intentan levantar la voz. Peor: cada vez más y más ciudadanos se animan a gritar su indignación.
China, en tanto, intenta encapsular sus propios problemas. A los vaivenes de Huawei y su 5G, la renovada tensión con Taiwan, la disputa comercial con los Estados Unidos y la desaceleración de la economía, debe sumarle desde hace semanas el conflicto en Hong Kong.
En la isla financiera con costumbres británicas temen que el régimen los arrastre a sus costumbres. El poder central pretende que los honkoneses sean extraditados al continente para ser sometidos a sus leyes cuando cometan determinado delito. Así nació el disgusto que la administración comunista no supo ni pudo desactivar. Por el contrario, lo alimentó con mayor represión.
Las manifestaciones democráticas se aceleran al tiempo que Jinping redobla la apuesta enviando tropas para disuadir el enojo. Esta vez tiene un límite: pasaron 30 años desde la revuelta en Tiananmen. Allí la conducción de la potencia había resuelto aplastar a los universitarios que se habían alzado contra la ley marcial. La desproporcionada reacción oficial provocó miles de muertos y heridos.
Un ataque directo contra las libertades que la ciudadanía ejerce en Hong Kong repercutiría automáticamente en el sistema financiero y en consecuencia sobre el valor de las acciones de las propias compañías chinas. Y las del resto del mundo, desde luego. Difícil calcular el daño que podría ejercer sobre la economía.
Por el momento, la escalada en las tensiones continúa. ¿Beijing mostrará voluntad de diálogo con los activistas prodemocracia o Jinping se transformará en el nuevo Deng Xiaoping para no parecer un jefe de estado débil ante el desafío? Una movida equivocada podría derrumbar años de trabajo y crecimiento.
Además: las autoridades parecen haber comprendido que de persistir en el apoyo al déspota caribeño sus ingresos mermarán. Es por eso que PetroChina decidió cancelar la compra de petróleo a Venezuela. Fue por las sanciones que podrían lloverle de parte del Tesoro norteamericano.
Turquía, adiós
Las amonestaciones impuestas por los Estados Unidos a los aliados de Maduro parecerían que lentamente generan efecto. Al menos eso ocurrió en las últimas horas con Turquía, un destino recurrente de Tareck El Aissami y su alter ego y hombre de múltiples negocios Samark López Bello. Ellos son dos de los prófugos más buscados por narcotráfico y lavado de activos según el Departamento de Migración norteamericano. El oro habría encontrado fanáticos de ambas partes del Atlántico.
Pero este jueves Ziraat Bank, la mayor entidad financiera de capitales estatales turcos interrumpió de forma abrupta los servicios que prestaba a la dictadura chavista. Fue 10 días después de que la Casa Blanca advirtiera sobre las consecuencias de operar con el estado venezolano y trabar un sorpresivo embargo sobre sus propiedades.
Ankara escuchó a tiempo. Decidió cortar la cadena de pagos del régimen latinoamericano para evitar problemas más graves en el futuro. Prefiere mantener sus negocios y dejar de pagar contratistas, mover dinero de dudoso origen y ser útil a Caracas en la importación de todo tipo de productos. Las operaciones que ya ejecutó nadie se las tocará. El golpe resultará devastador para los números del régimen. Y el dominó posiblemente haya comenzado.
Twitter: @TotiPI
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