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Migrantes marroquíes cuentan por qué cruzaron a Ceuta

Reportajes Especiales - Business

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Cuando el rey Mohamed VI de Marruecos se dirigió a su pueblo el miércoles para conmemorar su vigésimo séptimo año en el trono, habló con esperanza sobre el futuro de su nación norteafricana.

Marruecos, dijo, era un país seguro y estable, con una economía en crecimiento que estaba dando grandes pasos en el turismo, la inversión y la manufactura.

"Este es un momento fundamental en el desarrollo de nuestra nación", dijo el monarca de 62 años. "Un momento en el que la confianza y el optimismo deben prevalecer sobre la desesperación y la frustración".

Sin embargo, durante los dos días siguientes, decenas de miles de sus ciudadanos intentaron escapar del país. Impulsados por una sombría percepción de sus posibilidades en Marruecos, desafiaron los enfrentamientos con la policía y nadaron peligrosamente en el mar para llegar al territorio español de Ceuta, con la esperanza de una vida mejor.

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"Intenté trabajar y tener un empleo y ganarme la vida, pero aquí no hay nada para mí", dijo Mohammed Kinani, un trabajador de construcción de 21 años, que había sido obligado a regresar a Marruecos. "Si no me voy de este país, no habrá nada que me salve".

Kinani fue parte de un éxodo repentino que comenzó el jueves cuando entre 50.000 y 60.000 migrantes empezaron a abrirse paso a la fuerza hacia Ceuta, un pequeño territorio español en la costa norteafricana. Para el sábado, muchos de los migrantes se habían ido, por falta de agua y comida, y las fuerzas de seguridad españolas expulsaron a otros, pero no antes de que la crisis le hubiera dado a los políticos de extrema derecha de toda Europa nueva munición para atacar las posturas sobre la migración de sus oponentes.

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Las autoridades españolas dijeron el domingo que habían registrado 72 muertes durante la crisis. El gobierno marroquí reportó 11 muertes. Ambas partes dijeron que la mayoría de los decesos fueron por ahogamiento.

Antes de las sorprendentes escenas de caos en la frontera, el gobierno marroquí tenía mucho que celebrar: inversiones en logística e industria, preparativos para ser coanfitrión de la Copa Mundial masculina en 2030 y relaciones sólidas con el presidente Donald Trump, quien ha colmado de elogios al país de 38 millones de habitantes y a su monarca.

Pero la crisis migratoria en Ceuta expuso un profundo desaliento entre sus jóvenes, quienes, al enfrentarse a oportunidades escasas de empleo, sequías recurrentes y arrestos frecuentes de críticos del gobierno, decidieron votar con los pies e irse.

"¿Crees que si tuviera trabajo me habría ido?", espetó Ahlam al-Adnan, de 22 años, cuando se le preguntó dónde había trabajado antes de partir hacia Ceuta. Estaba sentada bajo el sol cerca de la frontera el domingo, y lucía exhausta.

Había nadado hasta el territorio con sus cuatro hermanos, incluido su hermano de 8 años, dijo. En Ceuta, se escondieron en un bosque, pero les dio hambre, así que ella fue a buscar comida; la detuvieron y la enviaron de vuelta a Marruecos.

Durante el fin de semana, miles de los migrantes que regresaron, la mayoría de ellos hombres jóvenes marroquíes, deambularon por las calles de la ciudad marroquí de Fnideq, descansaron en las aceras y durmieron en lotes baldíos. La mayoría vestía pantalones cortos, camisetas y sandalias, y llevaban pocas pertenencias, si es que tenían alguna.

Grupos de policías con uniformes negros recorrieron la ciudad y expulsaron a los migrantes de las zonas públicas y metieron a empujones en camionetas a los que se resistían. A las afueras de la ciudad, decenas de autobuses estaban estacionados cerca de una gasolinera y se llenaban de migrantes capturados que serían transportados de regreso a sus regiones de origen.

Familiares ansiosos de migrantes que habían partido hacia Ceuta y nunca regresaron se sentaron a lo largo de la carretera con la esperanza de recibir noticias.

Cuando pasaban grupos de migrantes que acababan de regresar, los familiares les mostraban fotos de sus seres queridos desaparecidos, por si alguien los había visto.

Abdelkhalek Moumouh y su esposa, Kawtar Alalej, preguntaron por su hijo mayor, Saad, de 18 años.

El chico había terminado recientemente el bachillerato, pero no había sido aceptado en programas universitarios de ingeniería, aviación y arquitectura, dijo su padre. Quería estudiar en Europa, pero la familia no podía pagarlo.

Cuando la familia vio en las redes sociales la noticia de que los migrantes estaban entrando a Ceuta, los padres llevaron a su hijo en auto a la frontera, dijeron, con la esperanza de que esta fuera su oportunidad. No habían tenido noticias suyas desde entonces.

"Otras personas se fueron a Europa y se beneficiaron de ello", dijo Moumouh, de 50 años. "Nosotros ya desperdiciamos nuestras vidas en Marruecos. No queremos que él lo haga".

La determinación de los migrantes de irse dejó claro que Marruecos, a menudo considerado un caso de éxito del Norte de África, ha fracasado en darle esperanza a muchos de sus jóvenes.

El país es políticamente estable, atractivo para inversores extranjeros y turistas, y un socio valioso para Estados Unidos.

Esa relación se ha profundizado desde el primer mandato de Trump, cuando Marruecos se unió a un pequeño grupo de Estados árabes que establecieron relaciones diplomáticas con Israel. En paralelo, el gobierno de Trump respaldó el reclamo de soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, un territorio en disputa.

El mes pasado, el rey Mohamed le informó a Trump que iba a nombrar una vía rápida de 1056 kilómetros que atraviesa el territorio como la "Autopista Donald J. Trump".

En los últimos años, el gobierno marroquí ha exhibido grandes inversiones destinadas a fortalecer la economía, las cuales incluyen un puerto en el Mediterráneo y un tren de alta velocidad. Está gastando de manera profusa en estadios para la Copa Mundial de 2030, de la cual será coanfitrión junto a España y Portugal.

Pero las políticas del gobierno se enfocan en las grandes empresas y la gran infraestructura, mientras crean muy pocos empleos duraderos, dijo Najib Akesbi, economista del Instituto de Agronomía en la capital, Rabat.

"Toda la lógica del modelo económico es el escaparate", dijo. "La gente visita Marruecos y lo encuentra hermoso".

Muchas de las inversiones, dijo, resultan ser "elefantes blancos" que crean trabajos de construcción que desaparecen una vez que los proyectos están terminados, y no empleos duraderos.

"No les preocupan las necesidades de la población, y de los jóvenes en particular", dijo.

El año pasado, el Banco Mundial dijo que en la última década, la población en edad de trabajar de Marruecos había crecido un 11,4 por ciento, mientras que el empleo había aumentado solo un 1,5 por ciento.

La creación de empleo siguió siendo "un desafío fundamental", dijo el banco.

El desempleo general en Marruecos ronda el 11 por ciento, según las estadísticas del gobierno, pero entre las personas de 15 a 24 años, es casi tres veces mayor.

Ceuta, que es fácilmente visible desde las colinas y la costa de Fnideq, es un atractivo perpetuo para los migrantes. El ingreso per cápita en Marruecos es de 4600 dólares, según el Banco Mundial. En España, de la cual Ceuta es parte, es de 38.600 dólares.

El gobierno marroquí ha mostrado poca paciencia con los ciudadanos que manifiestan su descontento.

El otoño pasado, estallaron manifestaciones lideradas por jóvenes en más de media decena de ciudades marroquíes. Organizadas a través de las redes sociales, las protestas expresaron la frustración por el aumento del costo de vida, el desempleo juvenil y las prioridades económicas del gobierno, incluidos los preparativos para la Copa Mundial.

Las autoridades respondieron con arrestos y el procesamiento de activistas.

Una ola anterior de manifestaciones contra las dificultades económicas en las zonas rurales también terminó con arrestos masivos y sentencias de prisión para los líderes de las protestas.

En una calle secundaria de Fnideq, Mohammed Said, de 36 años, dijo que había llegado a la costa con quienes se dirigían a Ceuta. Había dejado la escuela después del séptimo grado y trabajaba en construcción, pero no había encontrado un empleo estable.

Para cuando llegó a la frontera, dijo, el caos reinaba: había autos incendiados y migrantes se enfrentaban a las fuerzas de seguridad. Así que se había quedado atrás.

Había intentado nadar hasta el territorio dos veces el año pasado, dijo, pero las autoridades marroquíes lo detuvieron. Esta vez, había venido preparado, con una lata de atún, unas galletas saladas, un cargador de teléfono, un peine, dos camisetas adicionales y una funda de plástico para su teléfono celular, todo en una bolsa de plástico.

"Lo intentaré de nuevo", dijo. "Está en manos de Dios".

Ben Hubbard es el jefe del buró de Estambul, y cubre Turquía y la región vecina.

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