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Cómo 50.000 personas irrumpieron en un exclave español en África

Reportajes Especiales - News

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El jueves, decenas de miles de marroquíes irrumpieron en Ceuta, un territorio español vecino de Marruecos. Para el viernes por la noche, la mayoría de ellos se había ido, hambrientos y decepcionados.

Al igual que muchos otros en Marruecos, Mohammed Ahmidho vio en sus redes sociales a primera hora del jueves que la frontera fuertemente vigilada que su país compartía con el territorio español de Ceuta estaba abierta.

Poco después, se unió a una multitud de decenas de miles, muchos de los cuales estaban asombrados de ver a la policía marroquí instarlos, según recordó, a "venir a España". Algunos treparon la valla, como él lo hizo, o se zambulleron a través de agujeros en la malla metálica, o cruzaron nadando la frontera marítima. Algunos llevaban trajes de neopreno, a veces pataleando con aletas, o flotaban hacia la costa española en salvavidas naranjas, con donas inflables rosas alrededor de la cintura. Al menos 60 personas murieron en el caos.

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"Vino mucha gente", dijo Ahmidho, de 37 años. "Mucha".

Él estaba entre las aproximadamente 50.000 personas que cruzaron la frontera hacia una ciudad española de solo 84.000 habitantes el jueves y la madrugada del viernes, según el Ministerio del Interior de España. Esa fue una oleada más intensa que en cualquier periodo equivalente durante el punto álgido de la crisis migratoria europea en 2015.

Para el viernes por la mañana, la ciudad se veía como la emergencia que Europa ha intentado evitar desde esa era de migración masiva hace 11 años, la última vez que tantos no europeos irrumpieron en territorio bajo control europeo, trastocaron la política del continente e impulsaron el ascenso de su derecha antimigrante.

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Mientras los residentes de la ciudad se resguardaban y cerraban sus tiendas, grupos de hombres, en su mayoría jóvenes sin un lugar adonde ir, llenaron plazas y avenidas, patios de condominios, miradores en las colinas y pasos subterráneos de los puentes. Algunos se dieron un chapuzón en aguas patrulladas por un barco naval español o caminaron por el agua a través de una franja de desechos flotantes --bolsas de plástico y botellas de agua-- atrapados en la corriente. Otros marcharon a lo largo de una playa llena de las cosas que sus compañeros recién llegados habían llevado consigo: zapatos sueltos, un traje de neopreno abandonado, fundas de teléfonos celulares, una tarjeta de identificación de Casablanca.

Soldados españoles, muchos de los cuales habían sido movilizados el jueves para lidiar con la crisis, estaban de pie sobre tanques cercanos. Observaban a los migrantes beber agua de las duchas de la playa, cada una con forma de tabla de surf vertical y con el eslogan: "Ceuta, donde sientes las emociones".

Cerca de allí, jóvenes adolescentes reían bajo el zumbido de los helicópteros patrulla mientras probaban los aparatos de ejercicio en un parque de la playa. Ahmidho llevaba un traje de baño rosa y estaba con el torso desnudo, con su camiseta negra colgada al hombro. Dijo que las plantas de sus pies estaban cortadas por trepar sobre las rocas cerca de la frontera.

Su viaje había sido una decepción, dijo. Como muchos otros, había venido a buscar trabajo, solo para encontrar soldados y policías presionándolo para que se fuera. "No hay agua, no hay comida, no hay lugar para dormir", comentó. "No hay nada".

A medida que los migrantes tomaban las calles, los residentes en su mayoría se mantuvieron escondidos en sus casas, y mantuvieron sus tiendas y negocios cerrados.

Al salir brevemente, Francisco Pérez, de 68 años, apresuró a sus nietos hacia los asientos del auto mientras los migrantes caminaban a su alrededor. Dijo que su nieta le había preguntado por qué no podían ir a la playa, y por qué había "tantos marroquíes". Los lugareños, dijo, estaban "asustados" y furiosos con el gobierno español, el cual, según él, los había abandonado.

Pedro Sánchez, el presidente del gobierno español, intentó evitar ese tipo de reacciones apresurándose a llegar a Ceuta el viernes por la mañana para mostrar su apoyo a los ciudadanos y también para condenar la afluencia como una "violación de la integridad territorial de España".

Para los críticos de derecha de Sánchez --tanto en casa como en toda Europa y en el resto del mundo, incluso en la Casa Blanca--, la oleada de migrantes fue una condena de sus políticas a favor de la migración. Su gobierno permitió que más de un millón de personas que viven de forma ilegal en España solicitaran la residencia legal este año, una medida que sus opositores dijeron que había ayudado a atraer a los migrantes esta semana.

Para los opositores de la migración, las imágenes de las personas irrumpiendo en el diminuto territorio español representaban una prueba de sus argumentos. Ceuta, de repente, se convirtió en un emblema internacional de los peligros de la migración ilegal sin control.

En respuesta, Sánchez culpó a los traficantes de personas por engañar a las personas sobre lo fácil que sería solicitar asilo en España, y señaló que, a pesar de sus políticas favorables a los migrantes, España ha atraído a menos migrantes ilegales en los últimos años que algunos vecinos europeos.

Todavía no está claro por qué vino tanta gente a Ceuta. Muchos de los marroquíes que deambulaban por Ceuta el viernes se preguntaban si las puertas no se habrían abierto debido a un plan desconocido de Marruecos, que ha sido acusado en el pasado de utilizar los flujos de migrantes para ejercer presión política.

"No sé por qué nos dejaron pasar", dijo Ajoub el-Arrot, de 24 años, quien dijo que se enteró de la frontera abierta en las redes sociales. "Tal vez tenían alguna razón política. Abrieron la frontera y dejaron pasar a todos".

Añadió: "Cuando hay problemas políticos, Marruecos abre las puertas y nos dice que nos vayamos".

Douae Tabit, de 19 años, quien también dijo que se enteró del cruce sin control a través de las redes sociales, afirmó que se hizo "viral" y corrió de boca en boca, atrayendo a personas de todo Marruecos. Con fluidez en inglés, francés y español, dijo que trabajaba como enfermera y fotógrafa, y decidió espontáneamente aprovechar la oportunidad.

Trepó una valla y nadó hasta la costa española, dijo, pero esperaba algo más acogedor: nadie tenía comida, agua ni un lugar para dormir. Aun así, dijo: "No voy a volver".

Muchos parecían no saber exactamente qué estaban haciendo allí.

Hombres jóvenes, sin camisa o con camisetas de fútbol, marchaban descalzos o, a veces, con una sola sandalia, como en un desfile sin rumbo. Un adolescente golpeaba con suavidad la reja de un mercado de alimentos cerrado, mientras otros merodeaban anhelantes alrededor de los supermercados cerrados de la ciudad.

A medida que la mañana del viernes daba paso a la tarde y el sol inclemente disipaba las nubes, los hombres buscaban sombra donde podían. Un grupo se reunió debajo de una inmensa estatua de Hércules cerca de la terminal del puerto. Otros se apoyaban en los surtidores de las gasolineras o se recostaban bajo las carpas de los puestos abandonados que habían sido instalados para una feria gastronómica local. Aún más personas buscaban comida en los basureros o rogaban a los transeúntes que les dieran agua. Una mujer se desmayó cerca de una tienda Zara.

Sulayman Ahmed, de 15 años, un residente de Ceuta de ascendencia marroquí, dijo que no podía creer que Marruecos haya dejado pasar a tanta gente.

"Tienen que destinar más recursos para evitar que la gente venga", dijo, y se quejó de que las apariciones de los políticos en la frontera, incluida la de Sánchez, equivalían a "teatro".

A medida que avanzaba el día, quedó claro que muchos de los migrantes se estaban yendo. Junto al malecón, merodeaban alrededor de los soldados españoles que habían conectado un teléfono celular a equipos de sonido que reproducían mensajes en árabe diciéndoles que se fueran a casa. Otros soldados y agentes de policía españoles amenazaban a los migrantes, agitando sus bastones para empujarlos de regreso a la frontera. En la ciudad, una pandilla itinerante de jóvenes españoles perseguía e intimidaba a los marroquíes rezagados.

Incluso mientras algunos rezagados recién llegaban a cuentagotas, estaba en marcha un retorno masivo.

Para las 6 p. m., 48.300 personas habían regresado a través de la frontera, según el Ministerio del Interior de España. Cruzaron hacia una pequeña playa entre las vallas fronterizas de los países, con sus arenas cubiertas de ropa y bolsas de plástico, mientras los soldados españoles gritaban a los migrantes que siguieran saliendo de Ceuta. Luego pasaron por unas puertas de hierro coronadas con alambre de púas y reflectores, de regreso a Marruecos.

Ahmidho avanzaba en la larga fila, profundamente decepcionado con su aventura al otro lado de la frontera.

"No tenían nada para nosotros", dijo. "Estaban gritando: 'Váyanse de España'".

Jason Horowitz es el jefe de la oficina de Madrid del Times, que cubre España, Portugal y la forma de vida de la gente en toda Europa.

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