
Decidir si se tiene un hijo es una de las resoluciones más trascendentales que alguien puede tomar. En muchos sentidos, es un acto de fe: nadie puede saber de antemano exactamente cómo será la paternidad o cómo te hará sentir.
Los futuros padres suelen preocuparse por problemas como la incertidumbre económica, las crisis globales o la dificultad de compaginar las responsabilidades de la crianza con la carrera profesional. Y para quienes padecen una enfermedad mental, hay consideraciones adicionales que pueden hacer que la decisión resulte especialmente complicada.
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En abril, The New York Times preguntó a sus lectores cómo había influido la salud mental en sus sentimientos a la hora de optar por la paternidad o maternidad, y recibimos casi 700 respuestas. Muchos lectores dijeron que les preocupaba la posibilidad de heredar una enfermedad mental a su hijo o de mantener su propio bienestar bajo el estrés que supone formar una familia.
"Me siento totalmente incapaz de criar y mantener a un hijo, ya que a menudo ni siquiera puedo cuidar de mí misma", escribió una lectora.
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Muchos tenían claro que no querían correr esos riesgos. Otros estaban indecisos, sin saber qué hacer. Y algunos explicaron por qué, al final, la paternidad o maternidad les parecía la decisión correcta.
Algunos investigadores están empezando a estudiar cómo valoran la paternidad los adultos con problemas de salud complejos. Sus trabajos sugieren que las preocupaciones por la salud física y mental son cruciales a la hora de definir los planes de fertilidad: en un estudio de 2025, quienes calificaron su salud mental como mala eran más propensos a indicar que tenían menos probabilidades de ser padres algún día.
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Hablamos con cuatro parejas y con una mujer que está pensando en ser madre soltera sobre cómo es tener una enfermedad mental mientras te enfrentas a una de las decisiones más importantes de la vida: si ser padre o madre.
Todavía intentando decidir
Courtney Kramer y Charlie Enders, de St. Paul, Minnesota, están sopesando su deseo de tener hijos frente a los retos que les plantean la ansiedad y la depresión.
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A Courtney Kramer, de 34 años, y a su esposo, Charlie Enders, también de 34, les encanta pasar tiempo con su sobrina y sus sobrinos. Cuando los niños son especialmente tiernos, dijo Kramer, experimenta una "sensación cálida y reconfortante".
Esto ocurre cuando tienen un rato tranquilo, mientras leen libros juntos o se acurrucan para ver sus películas favoritas, como la saga de Godzilla de la década de 1950 y 1960.
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En esos momentos, Kramer se imagina teniendo hijos propios. Pero luego piensa en su ansiedad y su depresión, y la idea de tener hijos le parece menos atractiva.
Es una decisión igual de difícil para Enders, quien lleva en tratamiento por depresión desde los 18 años.
Aunque a los dos les va bien con la medicación, dijo, siguen teniendo días difíciles.
"Es difícil cuidarte a ti mismo", dijo Enders. "Añadir a otra persona que depende totalmente de ti puede dar miedo".
A Kramer, los episodios depresivos le pueden llegar de improviso. Y cuando eso pasa, hasta hacer lo mínimo le parece una tarea titánica. Si de repente se encuentra "sentada en el sofá en estado catatónico", añade, ¿cómo iba a cuidar de un niño?
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Los estudios sugieren que tanto la ansiedad como la depresión son hereditarias. Otros miembros de la familia de Kramer también toman antidepresivos, y a la pareja le preocupa que un futuro hijo pueda desarrollar sus trastornos.
Así que, por ahora, siguen sin decidirse.
Enders dijo que dejaría que su esposa tomara la iniciativa. Si ella decide que quiere intentarlo, se lanzarán por ello. Él cree que sería un buen padre. Pero si ella decide no hacerlo, él también lo aceptará.
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"Soy feliz solo con ella y conmigo", dijo.
Una transición difícil hacia la paternidad
Aimee Bui y Tommy Bui, de Los Ángeles, decidieron tener hijos. La ansiedad y la depresión de ella se agravaron durante el primer año.
Para Aimee Bui, de 39 años, la decisión de tener hijos no fue fácil. A ella, que fue diagnosticada con ansiedad y depresión en la infancia, le daba miedo que sus futuros hijos pasaran por su mismo sufrimiento, y que se fuera a culpar a sí misma.
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Pero su esposo, Tommy Bui, de 40 años, era más optimista. Con el apoyo adecuado, estaba seguro de que podrían arreglárselas.
Así que decidieron intentarlo y enseguida ella quedó embarazada.
La pareja estaba en la consulta del ginecólogo el año pasado para una revisión rutinaria al principio del embarazo cuando el médico se detuvo, miró la pantalla y se quedó en silencio.
No iban a tener un solo bebé, les explicó el médico. Iban a tener dos. Fue una noticia impactante, pero también emocionante.
"Tomamos todas las precauciones que pudimos e intentamos adelantarnos a las dificultades del embarazo", dijo Tommy Bui. "Contratamos asesoramiento perinatal y nos preparamos para los altibajos emocionales".
Durante el embarazo, Bui siguió tomando sus antidepresivos, pero en el segundo trimestre empezó a sentirse cada vez más deprimida. Para el tercer trimestre, ya padecía una ciática debilitante, hipertensión y preeclampsia.
Luego, en las semanas tras la llegada de los gemelos, Aimee Bui se vio invadida por el miedo. Apenas dormía. A veces le costaba respirar.
"Era como una sensación de fatalidad. Como si fuera el fin del mundo", dijo, y añadió que se sentía como un "pánico crónico".
Sus padres se ofrecieron a ayudar a pagar una niñera y ella se unió a un grupo de apoyo para madres primerizas. Su psiquiatra también le aumentó la dosis de antidepresivos.
Hoy, los gemelos tienen 11 meses, y Aimee Bui dijo que estaba empezando a sentirse como antes. Su marido dijo que él también había notado el cambio.
Ha sido una "montaña rusa emocional", dijo Tommy Bui. "Pero nos las estamos arreglando y estamos juntos, y eso es lo más importante".
La sensación de que se acaba el tiempo
Liz Robinson, de Seattle, siempre ha querido tener hijos, pero le resulta difícil optar por ese camino al mismo tiempo que cuida de su salud mental.
A Liz Robinson, de 42 años, le gusta bromear diciendo que su vida sigue un reloj diferente llamado "tiempo Liz".
Robinson, quien padece un trastorno por déficit de atención con hiperactividad y tiene antecedentes de depresión y ansiedad graves, suele llegar tarde a las citas y reuniones. Y hay hitos en la vida que pensaba que viviría antes, pero que aún no ha vivido.
Uno de ellos es tener hijos.
"Lo que más deseaba en el mundo era ser madre", dijo. "Ni siquiera podía imaginarme un futuro sin hijos".
Pero la pareja adecuada nunca apareció. Con el paso del tiempo, a los 39 años decidió congelar sus óvulos. Ahora, a los 42, sigue soltera y siente que se le acaba el tiempo.
Se ha planteado la posibilidad de quedarse embarazada con la ayuda de un donante de esperma, pero no está segura de si debería optar por criar a un hijo ella sola. Para Robinson, la decisión de dar el paso no es nada fácil.
"Hay una brecha entre mi corazón y mi cerebro", dijo.
Se pregunta cómo cambiará su salud mental durante el embarazo. Y si se siente más ansiosa o deprimida, ¿podría eso afectar al desarrollo del bebé?
Le preocupa si es seguro tomar su medicación durante el embarazo y si desarrollará depresión posparto.
También le da vueltas a la posibilidad de heredar sus problemas de salud mental.
"¿Quiero imponerle esto a otra persona?", dijo. "Yo no pedí todas estas cosas que he heredado".
Y se pregunta si podrá lidiar con el amor intenso y la vulnerabilidad que conlleva la maternidad.
"Soy una persona tan sensible y emocional que ni siquiera puedo imaginarme tener eso", dijo.
Un camino inesperado hacia la maternidad
Los problemas de salud mental ayudaron a Jess y Courtney Faust, de Macungie, Pensilvania, a decidir cuál de las dos sería la madre biológica de su hijo.
La enfermedad mental ha sido una constante en la vida de Jess Faust, de 35 años, desde que empezó a sufrir ataques de pánico a los 6 años.
Su mente era un caos. De pequeña, se arrancaba la piel de las plantas de los pies, se tiraba del pelo y se pellizcaba el estómago para distraerse del dolor psicológico.
A los 21 años, tras ingresar voluntariamente en una clínica psiquiátrica, su psiquiatra le diagnosticó un trastorno bipolar y un trastorno de ansiedad generalizada, algo que ya le habían diagnosticado en su juventud. Sin embargo, nada de esto le impidió querer tener un hijo.
"Daba por hecho que me casaría con un hombre", dijo. "Daba por hecho que tendría un hijo biológico. Y daba totalmente por hecho que, como consecuencia, ese niño desarrollaría algún tipo de enfermedad mental".
Entonces conoció a Courtney.
Jess tenía 24 años cuando empezaron a salir. "Era la mejor persona que había conocido nunca", dijo. "No tuve que pensarlo dos veces".
Se casaron y empezaron a hablar de la posibilidad de tener hijos. Aunque Courtney, de 37 años, también ha sufrido ansiedad, sus síntomas eran menos graves.
Al final, teniendo en cuenta los problemas de salud mental de Jess y algunos de sus problemas de salud física --tiene lupus y la mutación del gen BRCA2, que aumenta el riesgo de cáncer de mama en las mujeres--, decidieron que tenía más sentido que Courtney fuera la madre biológica de su hijo y llevara el embarazo.
A veces Jess sentía celos "al ver a Courtney vivir esta preciosa experiencia vital", dijo.
Pero esos sentimientos no duraron mucho. Una vez que nació su hija, Jess dijo: "No sentí más que orgullo, euforia y liberación al saber que mi hija ya era oficialmente mía y que no tenía mis genes".
Decidir que la paternidad no era lo adecuado
Para Jim y Patricia Gatewood, de Walnut Creek, California, la salud mental era la principal preocupación.
Jim Gatewood y su esposa, Patricia, se casaron ya en la mediana edad: él tenía 41 años y ella 39.
A veces, Patricia Gatewood se sentía presionada por las expectativas de los demás. Amigos y compañeros de trabajo les preguntaban si ella y su marido querían tener hijos. La madre de Jim Gatewood, sin que nadie se lo pidiera, tejió una mantita de bebé.
Pensaron en intentar tener un hijo. Pero su mayor preocupación, dijo Patricia Gatewood, era el historial de su esposo con el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), un diagnóstico que también tenían su madre y otro familiar.
Aunque su familia había encontrado alivio con la medicación, Jim Gatewood, que ahora tiene 53 años, luchaba contra su trastorno. Parecía que no podía escapar de sus pensamientos obsesivos. A menudo se ponía en el peor de los casos. Cuando le dolía el estómago, un problema frecuente, se preguntaba si sería cáncer de páncreas.
"He pensado muchísimo en mi propia muerte", dijo.
Incluso con terapia, un grupo de apoyo y medicación, puede resultar difícil dejar de darle vueltas a las cosas.
Hace un mes tuvo una recaída. Jim Gatewood, enfermero especializado, estaba compaginando los exámenes finales --se está formando para ser enfermero psiquiátrico especializado-- con dar clase a estudiantes de posgrado.
Patricia Gatewood, que ahora tiene 52 años, se dio cuenta enseguida de que algo iba mal.
"Estaba físicamente aquí, pero mentalmente en otro lugar al que yo no podía llegar", dijo ella.
Al final, tener un hijo no les parecía lo adecuado para la pareja. En su lugar, ambos decidieron dedicarse a sus carreras. Patricia Gatewood se volvió enfermera como su esposo.
No se arrepienten de nada.
Es difícil vivir con un TOC, dijo Jim Gatewood, y él no quería heredarle a un hijo un trastorno tan doloroso.
Y aunque los hijos pueden ser una bendición, dijo, ya sienten que viven una vida plena y rica.
Christina Caron es reportera del Times y cubre salud mental.
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