10 razones por las que nos encanta 'El diablo viste a la moda'

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Recordamos los momentos más memorables que convierten la película original en una de las favoritas de los fans.

Hace 20 años, Andy Sachs, una periodista entusiasta recién salida de la Universidad Northwestern, entró en la oficina del diablo más fashionista de la historia del cine, la editora de la revista Runway, Miranda Priestly. Desde su estreno en 2006, El diablo viste a la moda ha sido, sin ironía, una de mis películas favoritas. No soy la única; la comedia se ha convertido en un icono, como las muchas marcas de lujo que aparecen en ella. Con motivo de El diablo viste a la moda 2, que se estrenará el viernes, recordamos los momentos más memorables de la película original que la convierten en una de las favoritas de los fans. Abróchate el cinturón.

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Esas miradas fulminantes

Por supuesto, Meryl Streep es una actriz magistral. Y cada una de sus diferentes combinaciones de cejas arqueadas, miradas de acero y muecas de desdén que muestra en el filme es una obra maestra de un minuto de duración. Tomemos como ejemplo la lenta inspección de arriba a abajo que Miranda le hace a una Andy (Anne Hathaway) pasada de moda en su primer día como asistente, o la mirada gélida de asombro cuando Andy sube por error las escaleras de su lujosa casa. Sin embargo, el momento más escalofriante podría ser cuando el diseñador James Holt le enseña a Miranda un vestido con un lazo de gran tamaño tan repelente que todo su semblante se descompone y su boca se frunce como si hubiera olfateado el olor de alguna mohosa tienda de rebajas. Incluso cuando decide abstenerse de juzgar, sigue siendo evidente.

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Esa sonrisa inusual

Del otro lado están las escasas muestras de que Miranda la está pasando bien, que demuestran que hay algo de humanidad bajo ese exterior ártico. Se pueden ver cuando Andy se abre paso en el puesto de asistente y Miranda mira con curiosidad por encima del borde de sus gafas. Pero no es hasta que Andy ha abandonado Runway y se ven en la calle cuando el afecto oculto de Miranda por Andy se hace evidente: una sonrisa completa se dibuja en su rostro antes de ser interrumpida por un ceño fruncido y un tajante "¡arranca!" a su chófer.

Ese suéter

Si hay una escena que resume la película, es la conversación sobre el suéter azul cerúleo. Cuando Andy se ríe por lo bajo ante un cuarto lleno de empleados de Runway que están eligiendo entre dos cinturones muy parecidos, Miranda la deja sin palabras con un monólogo sobre la ubicuidad y la utilidad de la moda. Streep interpreta la escena con una mezcla tan deleitable de sequedad, pesadez y superioridad casual que el momento se convierte en mucho más que eso, para incluir la seriedad con la que Miranda se toma su posición y lo bien informada que está realmente (aunque, sí, la "historia" en sí es una invención de los cineastas). Es un momento que también demuestra que Andy tampoco es perfecta. Aceptó el trabajo ya despreciándolo, sin molestarse siquiera en buscar el nombre de la editora jefa. Así que, sí, Miranda es grosera, pero Andy ha debido callarse y tomado nota.

Esa traición

¿Qué sería de Runway sin los conocimientos de moda, los comentarios sarcásticos y los enormes anillos de Nigel, el personaje de Stanley Tucci? Quizá el único empleado de Runway al que Miranda respeta de verdad, Nigel parece eludir su desprecio durante toda la película. Pero justo cuando está a punto de escapar de Runway para ocupar un codiciado puesto con un diseñador de moda --un trabajo que por fin le proporcionará la autonomía que nunca pudo tener con Miranda--, ella convence al diseñador para que, en su lugar, elija a su rival, con lo que sacrifica el ascenso de Nigel en un movimiento político que preserva el puesto de ella. No solo es el sabotaje lo que hace a Miranda tan despreciable, sino también la forma sigilosa en que se aprovecha de la lealtad de Nigel.

Esa transformación

¿A quién no le gusta un montaje de moda? Normalmente estas escenas suceden fuera de un vestidor o armario, pero esta secuencia es disfrutable tanto por la amplia gama de vestimenta como por la forma en que la progresión se produce mientras Andy se desplaza por Manhattan. Es una transformación rápida que parece ocurrir como por arte de magia, su atuendo cambia al salir del metro o al pasar un coche. Además, imita la escena inicial, en la que las fashionistas que parecen modelos --y que contrastan marcadamente con la desaliñada Andy-- se visten con esmero para ir a trabajar.

Esas botas

Andy se toma con calma la mayoría de los insultos que recibe en Runway, sobre todo los de la primera asistente de Miranda, la infinitamente presumida Emily (Emily Blunt). Pero cuando Andy, recién transformada, entra con un movimiento de cabello despreocupado, Emily, boquiabierta, le hace una pregunta sobre su atuendo, y Andy la interrumpe con aire de suficiencia: sí, está usando las botas Chanel. Un cordial dedo medio implícito.

Esa humillación corporal

La película inventó ecuaciones que escandalizarían a los matemáticos: 0 es igual a 2, 2 es igual a 4 y 6 es igual a 14. Hablo de tallas de vestido, claro, como explica Nigel. El diablo viste a la moda está llena de comentarios gordofóbicos, pero no es la propia película la que propugna estas opiniones problemáticas. Más bien se burla de las ridículas normas de la industria de la moda a través de un diálogo continuo sobre el peso, como cuando Emily, que se está muriendo de hambre con una inane dieta de cubitos de queso, proclama lo que los comedores desordenados de entre nosotros han pensado pero nunca se han atrevido a decir en voz alta: "Estoy a una diarrea de mi peso ideal".

Ese novio horrible

Años después del estreno de la película, internet llegó a la conclusión de que el verdadero villano de la película era el novio de Andy, Nate (Adrian Grenier). En todas las veces que he visto esta película, nunca me ha quedado ninguna duda. Puede resultar difícil de captar al principio, dado el encanto de chico de al lado de Grenier, pero Nate apoya a Andy hasta que esta decide dedicarse plenamente al trabajo. También es una de las voces misóginas de la película, junto con el otro pretendiente de Andy, el escritor Christian Thompson. Ambos parecen querer decidir qué es lo mejor para su carrera. Además, para ser un chef, Nate ni siquiera sabe hacer un sándwich de queso decente. Eso debería ser prueba suficiente de su inutilidad como pareja de Andy.

El timbre del teléfono

Ese tono de llamada en particular era tan omnipresente a principios de la década de 2000, y tan importante en el retrato que hace la película del absorbente trabajo de Andy, que aún hoy, cuando oigo ese timbre agudo de cinco notas, tengo una ligera respuesta de ansiedad pavloviana. La relación de Andy con los teléfonos refleja su arco al trabajar para Miranda. En su primer día, se despierta cuando Emily la llama para exigirle que vaya a comprar café. Sus primeros errores incluyen pedir a una persona que llama que deletree Dolce & Gabbana. Pronto el teléfono pasa a representar su creciente distanciamiento de la gente que la rodea, pues suena cuando sale con sus amigos o discute con Nate. Cuando Andy finalmente se deshace del teléfono en una fuente de París, es un momento simbólico de triunfo.

El verdadero corazón de la película

Casi al final, después de la gran traición de Miranda a Nigel, Andy se pregunta si va por buen camino. Pero Miranda desestima su preocupación, y le dice que todo el mundo quiere esta vida. Es el quid de toda la película: el costo de una carrera próspera llena de poder y glamur. Pero esa renuncia no es exclusiva del mundo imaginario de Runway: El diablo viste a la moda es una fábula sobre la ambición y los riesgos y decisiones que toma la gente para salir adelante.

Maya Phillips es crítica de arte y cultura del Times.

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