
Dos semanas después del comienzo de la guerra contra Irán que él mismo decidió iniciar, el presidente Donald Trump se enfrenta a una dura disyuntiva: permanecer en la batalla para alcanzar los objetivos abrumadoramente ambiciosos que se ha fijado, o intentar retirarse de un conflicto que se expande e intensifica y que está generando dañinas ondas de choque militares, diplomáticas y económicas.
Ha descubierto rápidamente que ambas opciones son profundamente problemáticas, pues están plagadas de consecuencias a las que él y su equipo restaron importancia cuando metió a Estados Unidos, junto con Israel, en la mayor guerra de Medio Oriente en casi un cuarto de siglo.
Puede seguir luchando contra un enemigo debilitado que, sin embargo, ha demostrado ser experto en imponer un costo económico cada vez mayor a Estados Unidos y sus aliados, enredando los mercados energéticos mundiales y atacando a una decena de países de toda la región.
Seguir luchando pondría en peligro más vidas estadounidenses, aceleraría los costos económicos y podría deteriorar aún más las alianzas. En la base política de Trump hay angustia por la brusca desviación de su promesa de evitar enredar a la nación en más guerras.
O puede empezar a dar marcha atrás, aunque la mayoría de sus objetivos --entre ellos asegurar que Irán no vuelva a poseer la capacidad de producir un arma nuclear-- aún no se hayan cumplido. Los mayores logros militares de la acción conjunta estadounidense-israelí hasta ahora, según los funcionarios, han sido acabar con gran parte del arsenal de misiles y las defensas aéreas de Irán y paralizar su armada. El ayatolá Alí Jameneí, líder brutal del país durante casi 40 años, ha muerto.
Pero sigue en el poder una teocracia envalentonada, aparentemente comandada por el hijo herido del ayatolá, quien ya ha jurado seguir desplegando las capacidades asimétricas de Irán, desde los ciberataques hasta la colocación de minas marinas y la realización de ataques con misiles contra objetivos de la región. La poderosa fuerza paramilitar del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y las milicias que mataron a miles de iraníes que protestaban en las calles en enero siguen en sus puestos.
Además, si Trump se marcha ahora, la reserva de combustible nuclear casi apto para bombas que está en el centro de los temores de que Irán pueda fabricar 10 o más armas nucleares permanecería dentro del territorio iraní, al alcance de un gobierno iraní herido que puede estar más motivado que nunca para convertir ese combustible en armas. "Habrá que ir a buscarlo", dijo el secretario de Estado Marco Rubio justo al comenzar la guerra, en alusión a una operación terrestre para recuperar el material de los profundos almacenes subterráneos en el corazón de Irán, una operación inmensamente arriesgada que Trump ha dicho que está considerando pero que no está dispuesto a ordenar.
A medida que la guerra entra en su tercera semana, las consecuencias se van ampliando. Trece estadounidenses han muerto en combate. Más de 2100 personas han perdido la vida desde el inicio de la guerra, la mayoría en Irán. Hasta el miércoles habían muerto allí más de 1348 civiles, según el representante de Irán ante las Naciones Unidas.
Estados Unidos está desplegando 2500 infantes de marina en Medio Oriente, que se suman a los 50.000 que ya están allí, después de que las fuerzas estadounidenses atacaran la isla de Kharg, el enorme puerto de embarque de la gran mayoría de las exportaciones de petróleo de Irán.
A pesar de la afirmación del secretario de Defensa, Pete Hegseth, de que el éxito de Irán en amenazar el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz no era motivo de preocupación, esa vía navegable vital sigue prácticamente cerrada, lo que obstruye una gran parte del comercio mundial, especialmente de petróleo. El sábado, Trump pidió en las redes sociales a China, Francia, Japón, Corea del Sur y el Reino Unido que enviaran fuerzas navales para proteger el estrecho, su primer reconocimiento público de que mantener abierta la vital vía marítima podría requerir ayuda y más recursos de los que Estados Unidos tiene ahora en la región.
El sábado, se vieron columnas de humo saliendo de un importante puerto de comercio de petróleo en Emiratos Árabes Unidos después de un ataque con drones. Para aliviar la subida de los precios, Estados Unidos llegó a suspender las sanciones contra algunas ventas de petróleo ruso. La embajada estadounidense en Irak ha sido atacada dos veces en los últimos días.
Trump ha debatido públicamente sus opciones de quedarse o marcharse de la guerra, sugiriendo en ocasiones que está prácticamente ganada. En otros momentos, parece reconocer que aún quedan duros combates por delante. El presidente, quien dijo que ordenó el ataque porque tenía el "buen presentimiento" de que Irán se estaba preparando para atacar preventivamente a las fuerzas estadounidenses en la región, dijo el otro día que también confiaría en sus instintos para decidir cuándo retirarse. Dijo a Fox News que lo sentiría "en los huesos".
La segunda semana de la guerra supuso el reconocimiento por parte del gobierno de Trump de que la voluntad y la capacidad de Irán para alterar la economía mundial obstruyendo el estrecho de Ormuz eran mayores de lo que los funcionarios habían previsto, al igual que la capacidad de Teherán para extender la guerra por toda la región, según entrevistas con funcionarios de Estados Unidos e Israel, muchos de los cuales hablaron bajo condición de anonimato para tratar asuntos de seguridad nacional.
Aunque Trump sugirió repetidamente que la guerra estaba casi ganada, Estados Unidos e Israel siguieron intensificando el ritmo de sus operaciones y Estados Unidos continuó desplazando más recursos militares a la región. Había indicios de que la asociación entre Estados Unidos e Israel estaba sufriendo tensiones. Y a algunos republicanos les preocupaba que la base política de Trump --que desconfía profundamente de las intervenciones extranjeras-- pudiera fracturarse si el compromiso estadounidense crecía y las bajas aumentaban.
Los ayudantes de Trump sostienen que 14 días de una operación militar compleja es demasiado pronto para juzgar los resultados, e insisten en que Trump está preparado para resistir.
"Tomó la decisión de asumir el riesgo a corto plazo para los precios del petróleo a cambio del beneficio a largo plazo de acabar con la amenaza que Irán representa para Estados Unidos", dijo el sábado Karoline Leavitt, secretaria de prensa del presidente. "Es lo bastante sabio como para saber que este tipo de operaciones se juzgan por sus resultados. Y si Estados Unidos puede decir que la capacidad militar iraní ha sido aniquilada, el presidente sabe que ese será uno de los mayores logros de cualquier presidente en los tiempos modernos".
Concluyó: "El presidente está decidido a garantizar que se alcancen plenamente los objetivos de la Operación Furia Épica".
Incluso si Trump tiene razón, los efectos se dejarán sentir durante años, o décadas. Hoshyar Zebari, exministro de Asuntos Exteriores y viceprimer ministro de Irak, dijo que, aunque creía que el asesinato del ayatolá Alí Jameneí era el "fin de una era" para la región, no estaba convencido de que significara el fin de la República Islámica teocrática de Irán.
"Están resistiendo, son resistentes", dijo. "Se trata de una guerra entre tecnología e ideología. Los iraníes están acorralados y su situación es difícil, pero para ellos, esto es 'ser o no ser'".
¿Reabrir el estrecho?
En una reunión en el Despacho Oval la semana pasada, un frustrado Trump presionó al general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, sobre por qué Estados Unidos no podía reabrir inmediatamente el estrecho de Ormuz.
La respuesta fue directa: un solo soldado o miliciano iraní que cruzara el estrecho en una lancha rápida podría disparar un misil móvil contra un superpetrolero que se moviera lentamente, o colocar una mina lapa en su casco.
Con el petróleo rondando los 100 dólares por barril, y las primas de los seguros por transitar por el golfo Pérsico subiendo, la imagen de más petroleros en llamas haría que los iraníes parecieran más poderosos de lo que realmente son. Habiendo visto ya a Irán atacar a la navegación por el estrecho, los propietarios de petroleros se niegan a correr el riesgo, incluso después de que Trump declarara en la cadena Fox que deberían "mostrar agallas".
Según la métrica del Pentágono --"dominio aéreo total", en palabras de Hegseth, más el hundimiento de gran parte de la armada iraní y la destrucción de cientos de misiles y lanzadores--, el ejército estadounidense va por delante de lo previsto.
"Irán no tiene defensas aéreas, Irán no tiene fuerza aérea, Irán no tiene marina", dijo Hegseth a los periodistas durante una sesión informativa del Pentágono. Irán está disparando ahora un 90 por ciento menos de misiles que al comienzo de la guerra, informó el Pentágono, y un 95 por ciento menos de drones de ataque unidireccional.
"Nunca antes un ejército moderno y capaz, como el que tenía Irán, había sido tan rápidamente destruido y dejado inoperante para el combate", dijo Hegseth a los periodistas el viernes.
Pero el problema es que la destrucción de sus fuerzas convencionales no ha eliminado la capacidad de Irán para sembrar el caos, ni siquiera en su estado debilitado. Y, cinco años después de tratar con Trump, los iraníes parecen comprender que la subida de los precios del petróleo y la caída de los mercados bursátiles pueden ser poderosos puntos de presión sobre él.
El estrecho fue la primera prueba de la capacidad de Irán para aprovechar una ventaja asimétrica. A pesar de los ataques intensificados de los últimos días contra lo poco que queda de la armada iraní, el tráfico a través del estrecho casi se ha detenido. Un análisis de The New York Times concluyó que, hasta el jueves, al menos 16 petroleros, cargueros y otros buques comerciales habían sido atacados en el golfo Pérsico, tres de ellos en la parte más estrecha del estrecho.
La solución que más se está debatiendo es que la Marina estadounidense escolte a los buques comerciales a través del estrecho de Ormuz, una operación costosa y arriesgada y para la que los funcionarios del gobierno admitieron que probablemente faltarían semanas. Estados Unidos necesitaría reunir aún más barcos y equipos defensivos, y llevar a cabo nuevos asaltos contra el armamento iraní que amenaza el estrecho.
El llamado que hizo Trump en las redes sociales el sábado para que cinco naciones "envíen barcos a la zona para que el estrecho de Ormuz deje de ser una amenaza de una nación que ha sido totalmente decapitada" llamó la atención porque era la primera vez que había sonado deseoso de construir una amplia coalición para contrarrestar a Irán.
Pero estaba pidiendo apoyo a unos aliados a quienes, en gran medida, no se consultó sobre la decisión de lanzarse a la guerra. (Hace apenas una semana había dicho al primer ministro británico, Keir Starmer, que no se molestara en enviar dos portaaviones a la región porque "ya no los necesitamos", y añadió que "¡no necesitamos gente que se una a las guerras cuando ya ganamos!").
El almirante Brad Cooper, jefe del Mando Central de Estados Unidos, que está llevando a cabo el esfuerzo bélico, voló a Washington para una reunión de dos horas el jueves por la noche en el Pentágono con Hegseth y el general Caine para discutir la estrategia y las fuerzas adicionales.
Al día siguiente, funcionarios estadounidenses dijeron que unos 2500 marines a bordo de hasta tres buques de guerra estaban interrumpiendo una gira por el Indo-Pacífico para desplazarse a Medio Oriente. Los responsables militares declinaron decir qué misiones se asignarían a los marines, pero están equipados para ayudar a asegurar el estrecho o unirse potencialmente a una operación para tomar la isla de Kharg, en caso de que Trump les ordenara entrar en acción.
El domingo, un alto cargo militar estadounidense dijo que se realizaría un esfuerzo internacional para garantizar el flujo de petróleo y mercancías a través del estrecho.
Pero mientras los líderes estadounidenses traían refuerzos, también lo hacían los iraníes, de un tipo diferente. Irán creó una talentosa unidad cibernética después de que Estados Unidos e Israel organizaran un sofisticado ciberataque contra las centrifugadoras nucleares del país hace más de 16 años. Ahora los piratas informáticos iraníes estaban siendo llamados al servicio, dirigidos contra objetivos tanto en Israel como en Estados Unidos.
Uno de los casos más notorios entre los afectados fue Stryker Corporation, fabricante de equipos médicos avanzados de Míchigan. Sus sistemas quedaron fuera de servicio la semana pasada, y una organización de piratas informáticos llamada Handala se adjudicó la autoría, diciendo que era en represalia por el ataque contra una escuela primaria fuera de una base militar en el sur de Irán en el que, según funcionarios iraníes, murieron al menos 175 personas, en su mayoría niños. (El Times ha informado que una conclusión preliminar del ejército estadounidense indica que un misil Tomahawk, lanzado por las fuerzas estadounidenses, fue el responsable del ataque a la escuela).
Y luego hubo una serie de atentados terroristas dentro de Estados Unidos atribuidos a individuos que podrían haberse inspirado en los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán y Líbano, aunque las pruebas hasta ahora son turbias. El jueves, un hombre que gritaba "Allahu akbar" abrió fuego en la Universidad Old Dominion de Virginia antes de ser asesinado, y en Míchigan, un ciudadano estadounidense naturalizado nacido en Líbano embistió con su vehículo una sinagoga reformista que alberga un colegio antes de suicidarse.
Nuevas tensiones con Israel
En los días previos a la guerra, a finales de febrero, altos funcionarios israelíes dijeron al primer ministro Benjamín Netanyahu que si el ataque inicial contra Irán lograba matar a gran parte del estamento de seguridad iraní, incluido el líder supremo, era muy probable que las protestas contra el gobierno volvieran a estallar rápidamente.
Netanyahu pareció vender esa idea a Trump, quien la incorporó a su propio mensaje al pueblo iraní la mañana del ataque inicial. "Cuando hayamos acabado, tomen su gobierno", dijo Trump. "Será suyo".
En aquel momento, a muchos les pareció descabellado. En las dos semanas transcurridas desde entonces, solo se han visto concentraciones progubernamentales en las principales plazas de Teherán, alimentadas por la ira ante la guerra y los aparentes errores del ejército estadounidense, incluido el mortal ataque a la escuela. Ahora el propio Trump parece tener sus dudas sobre la posible eficacia de los manifestantes.
En una entrevista de radio con Brian Kilmeade, de Fox News, Trump admitió que las milicias Basij, vinculadas al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, probablemente matarían a quien se sublevara.
"Dicen: 'Si alguien protesta, lo mataremos en la calle'. Así que realmente creo que es un gran obstáculo para la gente que no tiene armas", concluyó Trump. "Creo que es un obstáculo muy grande".
Esta fue solo una de las áreas en las que se hicieron evidentes las diferentes agendas y valoraciones entre Estados Unidos e Israel. Tanto Trump como Cooper, del Mando Central, advirtieron a los israelíes que no atacaran los grandes depósitos de petróleo a las afueras de Teherán, por temor a que un ataque de ese tipo hiciera que los iraníes atacaran más objetivos energéticos en toda la región como represalia, según múltiples personas informadas de la situación.
Netanyahu hizo caso omiso del consejo, e Israel atacó los depósitos el sábado 7 de marzo, provocando enormes incendios y desencadenando una subida inicial de los precios del petróleo. Dentro de la Casa Blanca, los funcionarios se convencieron de que el dirigente israelí deseaba escenas dramáticas de Teherán cubierto por el humo negro de la destrucción.
La opinión israelí, según dijo un funcionario de la Casa Blanca, era que los tanques en llamas crearían un caos interno en la cúpula iraní. Pero lo que acabó produciendo fueron más ataques con drones iraníes contra instalaciones de refinado y almacenamiento de petróleo en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Esos ataques provocaron la interrupción de la carga de petróleo el sábado en Fujairah, una de las mayores terminales de exportación de los Emiratos Árabes Unidos.
Ha habido una tensión similar en torno al segundo frente de Israel en Líbano, con renovados ataques contra Hizbulá, el grupo afín a Irán. En opinión del gobierno de Trump, esos ataques solo aumentan el riesgo de que el conflicto se extienda, a la vez que restan recursos y atención al objetivo principal. En opinión de Netanyahu, Irán e Hizbulá son inseparables, y el momento de atacar a la organización terrorista es cuando los dirigentes iraníes están demasiado consumidos por sus propias batallas para ayudar.
Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) dijeron en un comunicado el domingo que Israel y Estados Unidos mantenían una "estrecha y continua cooperación estratégica y de seguridad, basada en el diálogo profesional y en el más alto nivel de transparencia".
"La afirmación de que las FDI abrieron deliberadamente un frente adicional con Líbano es incorrecta y engañosa", decía el comunicado, y añadía que "Hizbulá tomó la decisión deliberada de unirse a la guerra que libra Irán contra Israel y lanzó una oleada de ataques, actuando bajo la dirección del régimen iraní".
En todo este tiempo, Trump y Netanyahu han hablado casi todos los días, dijo el primer ministro en una conferencia de prensa la semana pasada. Funcionarios de la Casa Blanca confirman las frecuentes conversaciones y dicen que Trump también habla regularmente con dirigentes árabes, en particular con Mohammed bin Salman, el príncipe heredero saudí.
Según varios funcionarios, el consejo que Trump está recibiendo del príncipe es que siga golpeando duramente a los iraníes, y repite esencialmente la recomendación que el rey Abdullah de Arabia Saudita, fallecido en 2015, dio repetidamente a Washington: "Corta la cabeza de la serpiente".
Las próximas decisiones de Trump: la isla de Kharg y el depósito nuclear
Trump dijo al comienzo del conflicto que esperaba que durara entre cuatro y seis semanas de combates, y los funcionarios de la Casa Blanca dicen que esa sigue siendo su expectativa. Eso significa que es probable que la guerra siga en marcha cuando Trump realice su esperado viaje a China a finales de marzo, que se suponía iba a enfocarse en cuestiones comerciales y de seguridad.
Ahora hay pocas dudas de que la guerra dominará la cumbre de Pekín. El año pasado, el presidente de China, Xi Jinping, utilizó su control sobre los minerales de tierras raras e imanes críticos para obligar a Trump a dar marcha atrás con los aranceles; ahora debe enfrentarse a la posibilidad de que este año Trump pueda controlar los envíos de petróleo a las refinerías chinas desde Venezuela y, dependiendo de cómo acabe la guerra, desde Irán.
En 2025, China compró alrededor de 1,4 millones de barriles diarios de petróleo iraní, más del 13 por ciento del petróleo que trajo por mar. (Para Irán, China es por mucho su mayor cliente).
Incluso mientras se prepara para la cumbre, Trump tendrá que lidiar con dos de las decisiones más importantes de la guerra: si atacar, con soldados en el terreno, la isla de Kharg y las instalaciones de almacenamiento nuclear donde se cree que permanecen unos 440 kilos de uranio casi apto para bombas.
Cada uno de ellos plantea retos muy diferentes. La isla es un objetivo expuesto, accesible a la Marina estadounidense en el extremo norte del golfo Pérsico. Pero tomarla significa proteger a una fuerza de ocupación de los restos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que podrían lanzar ataques desde la costa o desde pequeñas embarcaciones, o volar los oleoductos que abastecen de petróleo iraní a las instalaciones portuarias de la isla. Eso podría requerir una presencia militar continua exactamente del tipo contra el que ha advertido la base política de Trump y que el propio Trump dijo que nunca repetiría.
Pero si lo consigue, Trump tendrá el control total del puerto del que proceden la mayoría de las exportaciones de petróleo iraní y, por tanto, un dominio absoluto sobre la economía del país.
La incautación del combustible nuclear, por otra parte, sería una incursión única, pero aún más arriesgada.
Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, la mayor parte del uranio enriquecido al 60 por ciento, justo por debajo de lo necesario para fabricar armas nucleares, está almacenado en túneles profundos en Ispahán. Está en forma de gas, en bidones que cabrían en el maletero de un auto.
Pero es difícil acceder a los túneles, sobre todo después de que Estados Unidos bombardeara las instalaciones el pasado junio, derrumbando muchas de las entradas. Las agencias de inteligencia estadounidenses y europeas, que han estado vigilando la planta de Ispahán por satélite, dicen que, aunque se han reabierto algunos accesos, no ven indicios de que se haya extraído el combustible. Pero eso no facilita su acceso.
Las fuerzas de Operaciones Especiales tendrían que entrar sigilosamente, y esperar conseguir un acceso rápido, o entrar con una enorme fuerza de protección y pasar días o semanas extrayendo cuidadosamente los bidones. Hay poco margen de error: si se perforaran los bidones y entrara humedad en ellos, el resultado sería altamente tóxico y radiactivo. Si se mantuvieran demasiado juntos, se correría el riesgo de desencadenar una reacción nuclear crítica.
La cuestión es aún más urgente, según los funcionarios estadounidenses, porque el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está más desesperado que nunca, y puede considerar que mantener el combustible nuclear en Irán es el tipo de influencia que podría hacer que Estados Unidos retrocediera.
"No hemos tomado ninguna decisión al respecto", dijo Trump sobre la confiscación del material. "No estamos ni cerca de ello", dijo, lo que sugiere que la guerra podría tener un largo camino por delante.
Erika Solomoncolaboró con reportería desde Erbil, Irak, y Mark Mazzetti y Maggie Haberman desde Washington.
David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.
Eric Schmitt es corresponsal de seguridad nacional para el Times. Ha informado sobre asuntos militares y de antiterrorismo de Estados Unidos durante más de tres décadas.
Tyler Pager es corresponsal del Times en la Casa Blanca, donde cubre al presidente Donald Trump y su gobierno.
Ronen Bergman es reportero de The New York Times Magazine y vive en Tel Aviv.
Julian E. Barnes cubre las noticias relacionadas con las agencias de inteligencia estadounidenses y los asuntos de seguridad internacional para el Times. Lleva más de dos décadas reportando sobre temas de seguridad.
Erika Solomoncolaboró con reportería desde Erbil, Irak, y Mark Mazzetti y Maggie Haberman desde Washington.
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