'Hola, ¿cómo estás? Oye, ya voy a pedirte el divorcio'.

Reportajes Especiales - Lifestyle

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EL MATRIMONIO ES DIFÍCIL. PERO PUEDE SER AÚN MÁS COMPLICADO CUANDO NO CREES MERECER QUE TE AMEN.

No sabía que divorciarse pudiera ser tan sencillo. En la televisión y en la vida real, los divorcios suelen ir acompañados de dramas judiciales, discusiones mezquinas y una profunda animadversión.

Lo único que hice fue teclear "servicios de divorcio" en Google y apareció un sitio web que ofrecía múltiples paquetes y servicios complementarios de divorcio. Pasé más tiempo comparando planes de telefonía móvil que tramitando el divorcio. En dos minutos, elegí el paquete básico de 299 dólares. No teníamos hijos ni bienes que repartir, y no nos odiábamos, así que no hacía falta ningún servicio complementario.

Tardé 15 minutos en rellenar el formulario. Luego le envié un mensaje a mi cónyuge: "Hola, ¿qué tal? Voy a solicitar el divorcio. Encontré este servicio en internet en el que solo tenemos que rellenar formularios y firmar documentos. Ellos irán al juzgado en nuestro nombre. Ya lo rellené todo. ¿Podrías revisar tus datos?".

Ya habíamos hablado de divorciarnos, por supuesto. Esa parte no fue nada fácil. Pero en Columbia Británica hay que estar en separación al menos un año antes de poder presentar la demanda, así que esto había tardado mucho en llegar.

Quizá debí haber empezado esta historia con un chiste: Una persona autista no binaria y una chica deprimida entran a un bar. Pero en realidad no hay chiste. Solo un final muy sencillo: No funcionó.

A mi ex le habían puesto la etiqueta de "bicho raro" durante su infancia en Vancouver y le habían dicho que no llegaría a mucho. Yo crecí en la remota provincia china de Xinjiang, en un hogar tan abusivo que de niña una vez intenté acabar con mi vida. Llegué a Canadá para ir a la universidad, pero ser inmigrante aquí sin familia también fue traumatizante. Un amigo común nos unió. Más tarde aprendería la frase "vínculo traumático", pero eso sería hasta después de nuestra ruptura.

En nuestra primera cita, nos unió el tema de la física cuántica. No podía creer que dos personas de extremos opuestos del mundo pudieran tener tanto en común. Como persona gravemente deprimida, me atraía su optimismo. Me hacía reír cuando más destrozada me sentía.

Aún recuerdo el momento en que me enamoré. Estábamos paseando por el malecón de Vancouver cuando empecé a sentir unos calambres que me hicieron tumbarme en un banco con la cabeza en su regazo mientras me acariciaba el pelo. Le declaré mi amor en el tren de vuelta a casa. Por supuesto, también me declaró el suyo.

Cuatro meses después, adoptamos dos gatos y nos mudamos a un departamento deteriorado. Teníamos poco más de 20 años, estábamos en la ruina, en plena ingenuidad, y teníamos la convicción de que habíamos encontrado la felicidad para siempre.

Le dije: "Eres la persona más agradable que haya conocido".

"Necesito serlo", me dijo. "Así podré conservarte conmigo. Quiero ser lo mejor para ti".

Después de cinco meses de estar en pareja, escribí en mi diario: "Creo que nunca encontraré a nadie que me ame tanto. Que me diga que soy su sueño. Que piense que soy lo mejor que ha tenido jamás. Soy muy afortunada. ¿Qué más puedo pedir?".

Fuimos muy felices durante la mayor parte de aquel año, hasta que nuestros estilos de apego empezaron a chocar. El mío era evitativo. El suyo era ansioso. Eso también lo aprendí en terapia después de romper. Entonces empezaron las peleas. Los gritos. Los llantos. La depresión que, una vez más, me hizo plantearme acabar con mi vida. El miedo que le provocaba que yo pudiera suicidarme.

Le dije: "Déjame. Por favor. No te merezco".

"No, no lo haré", me respondió. "No te abandonaré".

"Estoy descompuesta", insistí. "No puedes arreglarme".

"No, no lo estás. Te ayudaré".

Intentó convencerme de que era digna de amor. Hice todo lo que pude para alejar ese amor. Y eso duró ocho años, porque aunque no podía soportar una relación sana y amorosa, me sentía cómoda en una caótica y emocionalmente agotadora. Cuando las cosas tocaron fondo, dimos un paso desesperado: "Casémonos".

Creo que sí sabíamos que la boda era una mala idea. Casi ni movió un dedo para ayudarme a planearla, lo cual me pareció que no iba con su personalidad. En cualquier otro momento, habría hecho cualquier cosa por apoyarme. Tuve el impulso de cancelarlo todo, pero lo descarté como nervios por la boda.

Celebramos una pequeña ceremonia, solo con su familia y algunos de mis amigos, junto al malecón de Vancouver. Queríamos conmemorar el lugar donde nos dijimos por primera vez "te amo".

Estaba tan nerviosa que no dormí la noche anterior y no comí en todo el día. Pero cuando llegué al altar y vi su cara, recordé por qué me enamoré. Siempre me miraba como si fuera la única persona del mundo.

Me parece que solo ese día creímos que podríamos volver al principio, al momento en que nos enamoramos, y empezar de nuevo. Pero eso no ocurrió. ¿Por qué iba a ocurrir? Seguíamos siendo las mismas personas que no habían sanado y que tenían las mismas heridas. Un trozo de papel no podía cambiar eso.

La vida seguía igual, llena de peleas, lágrimas y palabras hirientes.

Menos de un año después, por fin encontré el valor para ponerle fin. Tenía que hacerlo yo. Porque mi cónyuge temía demasiado por mi seguridad como para siquiera sugerir romper. Y yo no podía soportar ver cómo su vida se marchitaba bajo el peso de mi enfermedad mental.

Terminar fue lo más difícil que he hecho nunca, y no lo hice bien. Hubo conversaciones de ruptura caóticas, decisiones cambiantes. Temía que el divorcio significara un fracaso, que invalidara ocho años de recuerdos. Pero sabía que tenía que dejar que se marchara. No creía merecer el amor ni la felicidad, pero estaba completamente segura de que ese no era su caso.

Tras la ruptura, me contó que durante la mayor parte de nuestra relación vivió con miedo a perderme. Incluso cuando le hacía daño, guardaba silencio, porque le aterrorizaba pensar que me fuera si me decía algo. De todos modos me fui.

Muchas personas se pasan la vida buscando a su alma gemela y nunca la encuentran. Yo encontré a la mía y dejé que se marchara. Sé que es un lugar común, pero es cierto: no puedes amar a otra persona hasta que aprendes a amarte a ti. Yo no tenía nada que dar. Apenas sobrevivía.

Cuando les dimos la noticia a nuestra familia y amigos, nadie podía creerlo. Ninguno tenía ni idea de que fuéramos infelices en nuestra relación. Puede que no supiéramos cómo arreglarla, pero hicimos un trabajo fantástico fingiendo que teníamos una relación perfecta.

Seguimos en contacto después de la separación, y hablábamos por teléfono como si siguiéramos teniendo la mejor amistad. Una vez dije: "¿Sabes cuál sería un nombre estupendo para una banda? Jóvenes y Divorciados". Teníamos solo 31 y 28 años. Yo era la mayor.

"Ya habré vivido un divorcio incluso antes de cumplir los 30", me dijo con una risita forzada. "El envoltorio de plástico de nuestra cocina duró más que nuestro matrimonio".

Se comportaba como siempre, y utilizaba el humor para sobrellevar la situación. Quizá yo también estaba haciendo lo mismo.

Entonces cesaron las llamadas. Mis mensajes se quedaban en visto. Empezó una nueva relación y me eliminó de sus redes sociales. Por fin tenía tiempo para explorar la vida sin el peso de preocuparse por mí. Y yo también empecé a mejorar.

Fui a terapia, donde aprendí quién era y por qué actuaba como lo hacía. Empecé a curarme, a amarme a mí misma. Era más fácil hacerlo sin sentirme una carga para alguien que se preocupaba por mí.

En ocho años, habíamos pasado de habernos conocido a tener una amistad, después ser cónyuges, un divorcio, ser amigos, y luego ser parte de nuestro pasado. La vida cerró el círculo.

Ojalá pudiera deshacer el dolor que le causé. Le pedí disculpas y me perdonó. Sigo creyendo que no merezco el perdón, pero eso es algo en lo que también estoy trabajando.

Hubo un tiempo en que no podíamos imaginar la vida sin estar en pareja. Y ahora, somos más felices aparte. Es curioso, ¿no? Tuve que perder a la persona que más me amaba para empezar por fin a amarme a mí misma.

Para su cumpleaños 22, le había comprado un regalo cursi, y le puse su nombre a una estrella. En la tarjeta escribí: "Las estrellas pueden morir, pero mi amor por ti es eterno".

Quizá ahora suene a mentira, pero le sigo amando. Solo que de otra manera. Y siempre será así.

Cuando le envié un mensaje sobre la demanda de divorcio, me contestó de inmediato, y se ofreció a dividir los gastos. Quedamos de vernos en una cafetería días después y firmamos los papeles. Eso fue todo. El final de nuestra historia.

Puede que al final nos fuera bien. Deja que te cuente la historia otra vez: Una persona autista no binaria y una chica deprimida entraron a un bar. Vivieron felices para siempre, pero no entre sí.