
En el fondo de su corazón, Kazuo Yamagishi, un artista de la laca designado Tesoro Nacional Viviente de Japón, no vive en un anodino complejo de departamentos beige en una zona densamente poblada de Kanazawa, capital de la prefectura de Ishikawa, en la isla principal del país.
Su verdadero hogar, aquel que tenía antes de ser desplazado, está plasmado en una bandeja de laca con delicadas líneas rojas talladas e incrustaciones de oro y nácar que se extienden por el horizonte de su superficie de ébano.
La pieza pretende evocar "la cualidad del atardecer en otoño", dijo, los paseos que solía dar por la orilla de Wajima, su pequeña ciudad, antaño deslumbrante, mientras la luz del atardecer brillaba sobre el mar de Japón.
Eso fue antes de que un potente terremoto ocurrido el día de Año Nuevo de 2024 arrasara su casa y taller de madera, como sucedió con los de otros cientos de artesanos de Wajima, en esta Tierra Sagrada de la Laca, en la punta de la península de Noto, a unas dos horas al norte de Kanazawa.
El terremoto tuvo una magnitud de 7,5 y provocó incendios y deslaves generalizados. Alrededor de 60.000 edificios se derrumbaron o resultaron dañados, y más de 240 personas murieron. Infraestructuras vitales --carreteras, escuelas y puertos-- quedaron destruidas, lo que se agravó meses después por las inundaciones provocadas por las lluvias torrenciales. El sismo elevó y fracturó la preciada costa de Yamagishi, alterando el paisaje y dejando en seco a algunos puertos pesqueros cercanos.
Wajima ocupa un lugar singular en el firmamento de la laca, valorada por su excepcional durabilidad y forjada por artesanos cuyos conocimientos familiares se remontan a cinco generaciones o más. La fortaleza del Wajima-nuri --designada por el gobierno como "Artesanía Tradicional de Japón"-- deriva de la savia del árbol urushi, de donde se origina la laca, reforzada con arcilla local en polvo fino que contiene microfósiles. Antes del terremoto, la mayoría de los aproximadamente 700 artesanos de Wajima tenían talleres en sus casas.
"Toda la ciudad funcionaba casi como un estudio interconectado para crear su famosa laca", dijo Masami Yamada, curadora de arte japonés del Museo Victoria & Albert, quien la ha visitado dos veces desde el desastre.
En la actualidad, muchos artesanos que permanecen en Wajima trabajan en 85 talleres de lacado de emergencia prefabricados, financiados por el gobierno japonés, a un costo de 8,5 millones de dólares. Se han construido más de 3000 viviendas para albergar a los residentes, incluidos los artesanos, que se quedaron sin trabajo durante un tiempo. Pocas de las cerca de 100 empresas de lacas de Wajima escaparon de los daños. "Los talleres provisionales son bastante pequeños y no pueden volver a hacer lo que hacían antes del terremoto", dijo en una entrevista Shigeru Sakaguchi, alcalde de la ciudad de Wajima. "Pero necesitan seguir produciendo para sobrevivir".
Antes del terremoto, la población de la ciudad era de unos 23.000 habitantes. Aunque las estimaciones varían, alrededor del 14 por ciento de las familias y el 40 por ciento de los niños se han ido debido a los extensos daños sufridos en escuelas y patios de recreo, dijo el alcalde. Solo el 8 por ciento de esas familias han regresado.
La agricultura, la pesca y el turismo han sido los principales motores de la economía local. "Pero cuando la gente piensa en Wajima, piensa en lacado, incluidos los Tesoros Nacionales Vivientes y muchos otros excelentes artesanos", dijo el alcalde Sakaguchi. "La laca de Wajima es la ciudad misma".
Es un oficio lento en un mundo acelerado, adquirido durante años de práctica paciente y de la guía directa de los maestros (no con tutoriales en YouTube). Cada pieza, incluidos cuencos utilitarios, objetos de arte y más, requiere más de 100 pasos y un cohorte de especialistas, desde los modeladores de las bases de madera hasta los artesanos que aplican capas de laca para producir un revestimiento suficientemente grueso para que artistas como Yamagishi puedan tallar o hacer incisiones.
Él y otros decoradores de superficies son maestros en técnicas desafiantes como el "chinkin", que consiste en incrustar hábilmente polvo de oro, plata o platino en puntos y ranuras tallados a mano; el "maki-e", o "dibujos salpicados", en el que los diseños se dibujan en laca húmeda y se salpican con oro y otros polvos metálicos antes de que se seque; y el "raden", la incrustación precisa de abulón, nácar y otras conchas. Cada capa de laca, conocida como urushi, necesita alta humedad y temperaturas cálidas para endurecerse dentro de una caja o cuarto denominado urushi miro.
Es difícil transmitir el brillo de este material natural sin verlo en persona: los motivos en forma de joya parecen flotar sobre superficies pulidas y brillantes y luego disolverse en las profundidades del material. "Los artistas ven la profundidad de las superficies como algo que solo la laca puede lograr, con capas y capas de luz", dijo Yamada.
En una visita reciente, Fumio Mae, un Tesoro Nacional Viviente de 85 años también desplazado en Kanazawa, abrió un álbum de fotos de su desaparecida casa de Wajima armado por sus nietas. Él, su mujer, Satoko, y otros familiares se habían reunido para un banquete tradicional de Año Nuevo cuando comenzó el temblor. Las tejas que volaban y otros escombros los llevaron a buscar refugio en la casa de un vecino. La réplica emocional vino cuando Mae salió y vio su casa en llamas. Él y Satoko lo perdieron todo, incluida la obra de su padre, Taiho, su mentor y también Tesoro Nacional Viviente.
Mae desenvolvió un paño negro para revelar una caja exquisita: un ibis crestado japonés --que antaño fue presencia habitual en la península de Noto-- surcando un cielo de pan de oro.
Un año y 10 meses después del terremoto, la carretera a Wajima --que se había hundido, complicando las labores de rescate-- sigue siendo una montaña rusa de barreras de construcción y excavadoras. Pero sigue ofreciendo vistas panorámicas del mar de Japón, exuberantes terrazas de arroz y bosques de cedros. Cerca de la ciudad, un grafiti en un paso subterráneo decía: "¡Estamos con Noto!".
El aislamiento geográfico de la península la ha protegido de los esfuerzos de modernización, a diferencia de muchas otras partes de Japón, dijo Masanori Aoyagi, director del Museo de Arte de la prefectura de Ishikawa y excomisario de asuntos culturales del país. "Tiene una calidad preservada, que mantiene su propio ecosistema de naturaleza y kogei", dijo, utilizando un término para la artesanía tradicional japonesa (pronunciado "koguei"). "Es una tierra y una cultura frágiles y vulnerables que realmente merecen cuidados".
La atracción por la laca es profunda. Llevó a Kiyoshi Yatsui, un físico nuclear de 86 años, a volver al negocio familiar de Wajima, fundado en 1845, tras haber trabajado como profesor en Cornell y Stanford y un año en el Laboratorio Nacional de Los Álamos. Durante el terremoto, quedó atrapado bajo el techo de madera colapsado de la tienda centenaria de la familia, mientras su esposa, Fukoko, lo buscaba frenéticamente.
Dos horas después, salió arrastrándose. La tienda quedó destruida, pero la mitad del inventario quedó intacta en un almacén. Los Yatsui trasladaron el negocio a Kanazawa, donde las fotos de los escombros se exhiben, como en un santuario, sobre las vitrinas.
Haruhiko y Hiromi Yomon, una pareja de laqueadores, están entre los que siguen en Wajima, viviendo y trabajando en estrechos alojamientos provisionales. Tenían tantas ganas de seguir trabajando justo después del terremoto que volvieron a su "hogar roto" --como lo llamó Haruhiko-- e improvisaron un espacio cerca del fregadero de la cocina. Cubierto con delantales, se encarga de la pintura general de los cuencos después de que Hiromi aplica las capas base.
El terremoto le recordó a Haruhiko, de 62 años, su amor por la artesanía, a la que se ha dedicado desde hace 44 años como artesano de cuarta generación. Él y Hiromi están atareados de nuevo: el pequeño taller se ve desbordado por cajas y una maraña de pedidos pegados a los armarios.
Existen distintas teorías sobre cómo Wajima se convirtió en un centro del lacado, una práctica que se remonta al período Jomon japonés (aprox. 8000 a. C. a 300 a. C.). Según Yugo Okagaki, cuya empresa familiar Senshudo se remonta a la era Meiji (1868 a 1912), monjes de otras prefecturas viajaban al templo Sojiji de Wajima, entonces sede principal de la secta Soto Zen. Es posible que estos monjes llevaran piezas lacadas de Wajima a sus monasterios, lo que habría incentivado la migración de artesanos hacia Wajima.
La hipótesis es verosímil y "hasta probable", afirmó Monika Bincsik, curadora de artes decorativas japonesas en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Señaló la vajilla Negoro --con su distintiva base negra cubierta de bermellón-- que se originó con monjes budistas del siglo XIII que huyeron de un asedio militar y quizá se asentaron en Wajima, donde se desarrollaron técnicas similares. "Siempre fue un producto de lujo, destinado a templos, santuarios, samuráis de alto rango y a la aristocracia", dijo.
No fue sino hasta el siglo XX cuando este oficio se convirtió en vehículo de expresión artística individual. Uno de los que trascendió fronteras es Keiji Onihira, cuya inspiración proviene del cosmos. En laca negra como el cielo nocturno, emplea oro, plata, cáscara de codorniz triturada, concha de ostra de labio blanco, abalón del mar del Sur y otros materiales para crear cometas, planetas y auroras boreales que surcan cajas maki-e. Imágenes de la NASA y satelitales sirven de guía para su laca negra, con la cual evoca lo que él describe como "un pequeño mundo o atmósfera especial".
Con 52 años, Onihira es prácticamente un joven. Incluso antes del sismo, la industria mostraba signos de tensión: un estudio de la Cooperativa de Comercio e Industria de Lacado de Wajima determinó que dos tercios de los trabajadores del lacado en la ciudad superan los 60 años. La demanda en Japón ha disminuido en general, tanto para el lacado como para otras artesanías, lo que Aoyagi atribuye al auge de departamentos construidos en la posguerra sin el tradicional tokonoma, el sereno nicho reservado para exhibir obras de arte, en especial kogei.
La velocidad de la cultura contemporánea también está a años luz de la paciencia y la precisión necesarias para las piezas lacadas, concebidas originalmente para almacenar papel, tintas y pinceles de caligrafía, así como para escribir poemas y haikus, dijo Hiro Minato, propietario de Design Work Studio en Nara. "En el lacado y en otras artes manuales, uno tiene que sentir cada momento", dijo.
Mientras Wajima se reconstruye, el futuro de su venerado kogei pesa en la mente de educadores, funcionarios públicos, empresarios y artesanos del lacado, cuyas herramientas desgastadas y manos manchadas son testimonio de años de trabajo.
La formación de jóvenes talentos es una de las principales preocupaciones. Kunie Komori, un Tesoro Nacional Viviente que cosecha bambú de las colinas cercanas y lo teje a mano para su arte de laca, dirige el Centro de Formación Técnica Artística Wajima Urushi de la prefectura de Ishikawa, que permaneció cerrado nueve meses por daños del sismo. Recibió apoyo gubernamental para alojar a sus 34 estudiantes, solo dos de los cuales son originarios de Wajima.
Existe un plan para construir un centro de formación de jóvenes para crear una fuente de artesanos dedicados a producir vajillas cotidianas y desarrollar nuevos productos, con el objetivo de reactivar la economía de Wajima y cultivar mercados en el extranjero. "Muchos jóvenes quieren trabajar con urushi, pero los ingresos no son buenos, así que eligen medios de vida más sencillos", afirmó Aoyagi, presidente del comité de planificación del futuro centro.
Sin embargo, abundan los indicios de que la laca contemporánea está viviendo un momento internacional. En abril, el Museo Victoria & Albert inaugurará "Urushi Now: laca Japonesa Contemporánea", una exposición de un año de duración de piezas de laca, en su mayoría contemporáneas. En 2023, la directora de la Galería Onishi de Nueva York, Nana Onishi, fundó la organización sin fines de lucro Kōgei USA para llevar artistas a Estados Unidos y facilitar préstamos a museos, incluida una gran exposición en el Instituto de Arte de Mineápolis que se inaugurará en febrero de 2027.
En Wajima, la pérdida sigue impregnando la vida cotidiana. Yamagishi la hace visible en diseños vivos. Interrumpió la línea del horizonte de la caja de laca posterior al terremoto tallando rayas blancas que recuerdan las vallas de bambú, ahora desaparecidas, que protegían de los vientos salinos. Su esperanza permanente es que el paisaje se parezca al kintsugi, el arte de reparar la cerámica rota con laca mezclada con oro o plata que hace que las piezas sean más fuertes, bellas y resistentes.
Otra obra, titulada "Llegada de la primavera a Noto", del artista de la laca Shota Teranishi, quien estudió con su padre, captura un banco de peces rosas desovando con ojos de nácar nadando por un río iridiscente. En la realidad, las lluvias intensas arrastraron sedimentos al río y los peces se marcharon. Igual que la gente de Wajima, dijo, "necesitan un motivo para regresar".
Hisako Ueno colaboró con investigación desde Tokio.
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