Leonardo Patterson, polémico comerciante de antigüedades, muere a los 82 años

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Nacido en la pobreza rural de Costa Rica, llegó a lo más alto del mercado del arte. Pero cayó tras ser condenado por vender objetos falsos y robados.

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Leonardo Patterson, quien improbablemente se elevó desde la pobreza rural de Costa Rica hasta las alturas del mercado mundial de antigüedades, a pesar de las acusaciones de que traficaba con objetos falsos y robados --y cuya reputación cayó precipitadamente cuando esas acusaciones resultaron ser ciertas--, murió el 11 de febrero en Bautzen, ciudad del noreste de Alemania. Tenía 82 años.

Su muerte, de la que no se había informado previamente, fue confirmada por las autoridades de Bautzen. No facilitaron el lugar exacto ni la causa de la muerte.

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El mercado de antigüedades latinoamericanas despegó en la década de 1960, propiciado por la ausencia casi total de leyes que impidieran el saqueo, a menudo masivo, de yacimientos precolombinos. Objetos tallados, joyas y tocados que habían permanecido durante siglos en tumbas y templos olvidados inundaron de repente las galerías de Nueva York, Londres y París.

Patterson estaba en una posición privilegiada para subirse a la ola. Dijo que nunca aprendió a leer, pero que lo que le faltaba en los libros lo compensaba con su inteligencia callejera. Primero en Miami y luego en Nueva York, se labró una reputación de tener siempre objetos raros y bellos, en una época en que poseer una auténtica cabeza de piedra olmeca era la máxima expresión de lo chic en Manhattan.

"En los años 60, 70 y 80, cuando era muy activo, a nadie le importaba realmente", dijo en una entrevista Arthur Brand, un detective de arte que más tarde testificó contra Patterson ante el tribunal. "Museos, casas de subastas, todo el mundo miraba para otro lado".

La pobreza de Patterson solo aumentaba su atractivo. Afirmaba estar entre dos mundos, como un nómada sofisticado que conservaba un sólido punto de apoyo en las selvas de América Central, lo que le daba un acceso y un conocimiento inigualables del comercio de antigüedades.

Hizo fortuna. Frecuentaba Studio 54 con trajes de tres piezas hechos a medida y se paseaba por Manhattan en un Ferrari.

Pero su atractivo empezó a decaer a medida que los países firmaban acuerdos para limitar el comercio de antigüedades y que la escasez de artefactos reales provocaba una abundancia de falsificaciones. Patterson siempre insistió en que sus objetos eran reales y legales, pero muchos expertos no le creyeron.

"Fue cómplice de un alto grado de saqueo", dijo en una entrevista Karen Olsen Bruhns, asesora de la Fundación Nacional de Arqueología de El Salvador. "Estafó a varios países".

En 1984, un gran jurado de Boston lo acusó por intentar vender un fresco maya falso. Poco después de recibir una condena condicional, fue detenido en el aeropuerto internacional de Dallas-Fort Worth y acusado de intentar introducir de contrabando más piezas arqueológicas, junto con varias decenas de huevos de tortuga marina en peligro de extinción.

Esta vez alegó que no había infringido la ley porque los objetos eran falsos (y que necesitaba comerse los huevos por su salud). Una vez más fue puesto en libertad condicional.

En 1987 se trasladó a Alemania, donde las leyes sobre antigüedades eran mucho más laxas y podía reinventarse una vez más. Encontró un pequeño grupo de clientes privados adinerados, y pronto estaba colocando objetos en galerías y exposiciones de toda Europa. Tenía un Rolls-Royce azul con chofer y patrocinaba a un equipo local de polo profesional.

Su recuperación fue tan absoluta que en 1992 montó un espectáculo en el pabellón del Vaticano de la Exposición Universal de Sevilla, España, durante el cual conoció al Papa Juan Pablo II. En 1995, Costa Rica lo nombró agregado cultural ante las Naciones Unidas.

Con el tiempo, sin embargo, las autoridades lo alcanzaron.

En 2004, tras años de investigaciones, los funcionarios de aduanas alemanes del aeropuerto de Fráncfort incautaron un cargamento de antigüedades destinado a la colección de Patterson.

Dos años después, funcionarios británicos, utilizando información de Brand, recuperaron un tocado peruano de oro de Patterson. Ese mismo año, la policía española incautó 45 objetos de un almacén que había alquilado en Santiago de Compostela. Poco después, trasladó el resto de la colección, unos 1000 objetos, a Alemania.

Patterson fue detenido varias veces en los años siguientes, aunque consiguió evitar el juicio. Finalmente, en 2015, un tribunal de Múnich lo condenó por tráfico de objetos falsos e ilegales. Le impusieron una multa de 40.000 dólares y tres años de reclusión domiciliaria.

Después, se retiró en gran medida de la vida pública, aunque su historia no terminó. Los investigadores creen que escondió cientos de objetos por Francia y Alemania que aún no se han encontrado.

A su muerte, Patterson estaba siendo demandado en Dresde, Alemania, por el gobierno mexicano, que pretendía recuperar 78 piezas arqueológicas mesoamericanas que, según afirmaba, habían sido saqueados de antiguos yacimientos de la selva.

Leonardo Augustus Patterson nació el 15 de abril de 1942 en Limón, ciudad de la costa caribeña de Costa Rica. Se sabe poco sobre su historia familiar. Dijo que su padre se fue de casa cuando él era muy pequeño y que su madre, agricultora, murió cuando él era adolescente.

Dijo que encontró su primera antigüedad, un fragmento de cerámica antigua, en un campo de camote cuando tenía 7 años.

Se trasladó a San José, la capital de Costa Rica, cuando tenía 15 años. Allí encontró trabajo con un joyero, quien le encargó fundir anillos y collares de oro que los saqueadores traían de yacimientos arqueológicos desprotegidos.

Pero Patterson vio más posibilidades.

"Me pregunté por qué debería fundir estas cosas antiguas para hacer con ellas un anillo terrible", declaró a la revista alemana Der Spiegel en 2016.

Tras vender objetos localmente durante varios años, se trasladó a Miami, donde los importaba para galerías locales. Un encuentro fortuito con un coleccionista adinerado le brindó oportunidades en Nueva York, adonde se mudó a finales de la década de 1970.

Patterson mantuvo su vida familiar en gran parte en secreto. Afirmaba tener al menos 13 hijos de cinco mujeres distintas. No se dispuso inmediatamente de una lista de sobrevivientes.

Aunque pocos dudaban de que Patterson había cometido una larga lista de crímenes, incluso algunos de sus antagonistas admitieron que tenía un lado entrañable. Citaron su personalidad serena y su ingenio seco, un carisma tranquilo que parecía sustentar toda su carrera.

"Era un tipo adorable", dijo Brand.

Cuando le dijo a Patterson que pensaba escribir un libro sobre él, recordó Brand, Patterson respondió: "Por favor, espera a que muera".

Tom Mashberg colaboró con reportería.

Clay Risen es reportero del Times en la sección de Obituarios. Más de Clay Risen

Tom Mashberg colaboró con reportería.

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