Llevar la vacuna al campo para ayudar a los agricultores vulnerables

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FILE -- A farmworker receives
FILE -- A farmworker receives the Pfizer-BioNTech COVID-19 vaccine from Karen Evors, a registered nurse at a vaccination clinic held at Anthony Vineyards in Coachella, Calif., on Feb. 9, 2021. (Ariana Drehsler/The New York Times)

(California Today)

Antes de que las autoridades estatales anunciaran que el 40 por ciento de las nuevas dosis de la vacuna de California estaban destinadas a las comunidades de bajos ingresos, los responsables tuvieron problemas para cumplir las promesas de priorizar la implementación de la vacuna entre los californianos vulnerables.

Como lo expresó hace poco mi colega Miriam Jordan, los jornaleros agrícolas fueron un grupo al que la pandemia impactó de una manera desproporcionada, además de que era más difícil llevarles ayuda. Sin embargo, una iniciativa trascendental está llevando las dosis de la vacuna a los campos del valle de Coachella. Jordan explicó más en este mensaje:

Hace un año, al inicio de la pandemia del coronavirus, el gobierno de Trump consideró “esenciales” a los agricultores.

Aunque a buena parte del país se le aconsejó quedarse en casa, a estos trabajadores, una cantidad abrumadora de indocumentados, sus patrones les dijeron que el gobierno consideraba vital que siguieran trabajando en los campos de verduras, las empacadoras y las plantas avícolas que garantizan los alimentos en las mesas de los estadounidenses.

La ironía de este inusual reconocimiento no se perdió entre los agricultores con los que platiqué en California, quienes habían vivido en la sombra durante décadas, a menudo intentando evadir la detección de los agentes migratorios.

“Es como si de pronto se hubieran dado cuenta de que contribuimos”, opinó Nancy Silva, una inmigrante mexicana que trabaja en los naranjales cerca de Bakersfield.

Poco después, el coronavirus comenzó a arrasar por todas las plantas de procesamiento de alimentos, desde Georgia pasando por Dakota del Sur hasta California. En California, la potencia agrícola de la nación, miles de agricultores contrajeron el virus. La mayoría eran inmigrantes pobres de México y Centroamérica que habitaban viviendas llenas de gente o casas multigeneracionales, lo cual imposibilitaba mantener la distancia y detener la propagación de la enfermedad y la muerte. En algunas comunidades agrícolas, el índice de casos positivos entre la gente que se hizo la prueba del virus fue un impactante 40 por ciento.

Por lo tanto, los expertos en salud y los defensores de los migrantes aplaudieron cuando los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades pusieron a los trabajadores del campo en los primeros niveles de prioridad de la lista para obtener la vacuna. Sin embargo, en California, como en otros estados, el suministro limitado y los desafíos para aplicarla indicaban que podrían pasar meses antes de que fuera el turno de los agricultores.

El condado de Riverside decidió que sus agricultores no debían esperar. A finales de enero, los productores, los defensores y el departamento de Salud unieron fuerzas para planear campañas de vacunación, justo al lado de los campos.

Para informar sobre la iniciativa, visité el valle de Coachella, una región de producción agrícola en el desierto del condado.

Mientras descansaban de amontonar cebollines, empacar dátiles y podar los viñedos, cientos de trabajadores se dirigieron a una clínica móvil para obtener su vacuna.

Cuando los empleadores comenzaron a ofrecerles el registro de la vacuna a sus trabajadores, algunos de ellos, como Évila Velásquez de El Salvador, titubearon al principio.

“No sabía si podía confiar”, comentó Velásquez. “Quería esperar hasta que mucha gente se vacunara primero”.

Sin embargo, luego, Velásquez, una madre soltera de 38 años que clasifica dátiles, dijo que lo pensó bien y decidió no dejar pasar la oportunidad.

Junto con una colega, Jerónima Lezama, de 48 años, Velásquez caminó hacia la bodega abierta, donde habían instalado una clínica temporal.

Los cinco miembros de la familia de Lezama habían contraído el coronavirus antes de la Navidad, y ella había sido el peor caso.

“Casi no podía respirar”, comentó, y agregó que se sigue cansando con mucha facilidad.

“No dudé ni un segundo que quería vacunarme”, mencionó Lezama, una inmigrante indocumentada de México.

Tampoco Primo Ruiz, de 36 años, quien llegó con sus botas lodosas directamente de los campos de alcachofas. Ruiz había perdido a un amigo querido, de tan solo 40 años de edad, a causa del virus, mencionó.

Después del éxito en el condado de Riverside, muchos condados de California han comenzado a vacunar a los trabajadores del campo.