(Woody Harrington/The New York Times)
(Woody Harrington/The New York Times)

SAN FRANCISCO — En cualquier conversación con personas de la industria tecnológica acerca del futuro del bitcóin, es inevitable escuchar dos comparaciones muy diferentes: una con los bulbos de tulipán y otra con internet.

Los críticos de Bitcoin afirman que sus fichas digitales son como los bulbos de tulipán del siglo XVII en Holanda, que generaron un frenesí especulativo tremendo pero muy breve que dejó tras de sí una estela de hermosas flores y cuentas bancarias destrozadas.

Quienes le tienen fe a Bitcoin, por otra parte, quieren convencernos de que las criptomonedas se parecen a internet: según ellos, se trata de una amplia categoría tecnológica que tardará algún tiempo en alcanzar su potencial y cuyas expectativas superaron a la realidad en los primeros años. Basados en esa comparación, la caída de los precios de los bitcoines el año pasado podría equipararse al estallido de la burbuja dotcom y considerarse tan solo un retroceso temporal que dará paso más adelante a una época de florecimiento de las grandes ideas.

Mi experiencia como analista de los bitcoines desde hace varios años me hace pensar que ninguna de estas comparaciones es certera en realidad. Bitcoin no es ni un fracaso sin remedio ni un milagro económico.

Entonces, ¿qué es? Habrá que esperar algunos años para ver con claridad qué lugar ocupará esta tecnología en el mundo. Para imaginar hacia dónde se dirige, no podemos conformarnos con observar tan solo su cambiante precio: es necesario comprender quién lo utiliza y cómo en este momento.

Explicado de manera sencilla, lo que ofrece el bitcóin es una nueva forma de conservar valor y trasladarlo en línea. Cualquiera puede abrir un monedero de bitcoines y recibir dinero de amigos y extraños. El sistema funciona sin la intervención de ninguna autoridad central, gracias a una red de computadoras no muy distinta de la que permite el funcionamiento de internet.

A pesar de la caída que experimentó el año pasado, los usuarios del bitcoin en general transfieren a diario entre cuatrocientos y ochocientos millones de dólares en bitcoines por la red, según datos de la cadena de bloques (o blockchain), el libro contable público en el que se registran todas las transacciones con bitcoines.

Ese volumen diario equivale a menos de la mitad del promedio diario del servicio de pagos PayPal. No obstante, involucra una actividad mucho mayor que la que solía manejar la red antes de que los precios se dispararan en 2017.

Quienes respaldan la versión de los tulipanes para explicar la situación del bitcóin afirman que la mayoría de las transacciones realizadas hoy en día son especulativas: compradores y vendedores de bitcoines que esperan que su valor aumente en el futuro. Una interpretación todavía más generosa compara el bitcóin con el oro, una materia prima escasa cuyo valor sube y baja y ofrece una opción distinta de las monedas nacionales.

Cuando apareció en 2009, el bitcóin se describió como un nuevo mecanismo para efectuar pagos en línea sin las comisiones que cobran las empresas emisoras de tarjetas de crédito. Chainalysis calcula que el año pasado las gestoras de pagos con bitcoines realizaron un 0,3 por ciento de las transacciones con bitcoines, por unos 2400 millones de dólares.

Se trata de una dosis sana de comercio aparentemente legal, pero para el bitcóin no fue una buena señal el hecho de que casi todo el año pasado se desplazara a la baja, cuando su precio también bajó, según la información de Chainalysis.

Muchos de los partidarios del bitcóin con quienes he conversado, si no es que la mayoría, admiten que no ofrece muchas más ventajas que los métodos tradicionales de pago electrónico. En muchos aspectos, incluso es peor. Quien paga con bitcoines se convierte en un especulador y depende de su valor volátil todo el tiempo que conserva las fichas hasta que se realiza el pago.

En vista de estos datos, es válido preguntar si esta tecnología llegará a utilizarse más en actividades distintas de la especulación. El uso más convincente que describen los fanáticos del bitcóin es el que le dan las personas que viven en países cuya moneda es más volátil que el bitcóin.

En Venezuela, por ejemplo, el bitcóin permite desplazar ahorros fuera del bolívar, que experimenta una inflación tremenda. Gracias a la naturaleza abierta del bitcóin, los venezolanos pueden comprarlo sin que el gobierno se los impida.

Algunos venezolanos relatan cómo salvaron sus ahorros gracias al bitcóin. El año pasado, los ciudadanos de ese país compraron más de 230 millones de dólares en bitcoines a través de la plataforma más popular de compras, LocalBitcoins, según el analista de datos Matt Ahlborg. Esas compras siguieron creciendo incluso cuando el precio del bitcóin cayó.

El mayor problema que enfrenta el bitcóin es que sus usos prácticos y legales han batallado para superar a las actividades ilícitas o claramente inmorales.

Cada vez es más larga la lista de usos que le han dado los delincuentes al bitcóin, desde pagos de rescates para recuperar el acceso a archivos bloqueados en computadoras —o incluso liberar personas cautivas— hasta ventas ilícitas de drogas.

Aunque es difícil cuantificar muchos de estos usos, Chainalysis hizo un cálculo de las cifras de bitcoines empleados para comprar drogas en la red oscura. Las cantidades proporcionadas por Chainalysis muestran que las compras de drogas aumentaron el año pasado, aunque el precio del bitcóin fue a la baja.

El total de transacciones en la red oscura durante 2018, alrededor de 620 millones de dólares, equivale a más del doble de la cantidad que compraron los venezolanos en LocalBitcoins.

Si bien esta tecnología no tiene usos generalizados entre la gente común y corriente, nada indica que no pueda hacerlo en el futuro. Todavía hay muchas áreas en las que los empresarios más ingeniosos están convencidos de que la naturaleza abierta de las criptomonedas podría ser útil.

Muchos inversionistas en primeras fases le han apostado a Ethereum y EOS, otras redes de criptomonedas que pueden programarse para aplicaciones más sofisticadas que aquellas posibles con el software de Bitcoin, como los contratos financieros.

Algunos programadores han desarrollado miles de aplicaciones descentralizadas, o Dapps, que utilizan fichas de EOS y Ethereum. Muchas pueden utilizarse en la actualidad. Con esas Dapps es posible movilizar dinero y registrar la propiedad de bienes digitales —como artículos para videojuegos— sin necesidad de que una empresa central lleve registros.

Por desgracia, la mayoría de estas Dapps todavía se concentran en zonas legales grises, como las apuestas. El uso más destacado de Ethereum hasta ahora ha sido por parte de empresas que querían recaudar fondos sin necesidad de cumplir las normas aplicables a los valores para ofertas iniciales de moneda, que en muchos casos involucraron estafas y actividades fraudulentas.

He observado pocas señales de que alguno de los usos más legítimos haya funcionado con suficiente facilidad para hacer atractivas a las criptomonedas fuera del círculo de sus partidarios.

Quizá el aspecto más positivo de las criptomonedas sea que quienes tienen interés real en ellas quieren remediar las fallas. El valor de las fichas digitales, por más volátiles que sean, ha creado incentivos para quienes trabajan en ellas.

La empresa grande que incursionó más recientemente en el sector es Facebook, y se dice que trabaja para crear sus propias fichas digitales. Lo mismo hacen muchas otras empresas grandes de mensajería.

No puedo predecir el futuro de las criptomonedas con más precisión que sus eternos soñadores o sus detractores. Sin embargo, en vista de las cantidades de dinero que todavía se canalizan al mercado, es muy pronto para descartarlas por completo.

* Copyright: 2019 The New York Times News Service