
A algunos países se regresa. A otros se vuelve como quien vuelve a casa. Para mí, Argentina siempre será de los segundos.
Nací en este país. Aquí aprendí a caminar, a hablar y a discutir de fútbol en la mesa familiar como si fuera un asunto de Estado. Después vino una vida entre valijas. La diplomacia me llevó a vivir en siete países de tres continentes. Hoy sigo recorriendo el mundo desde la Liga Antidifamación (ADL), con otra misión: combatir el odio y el antisemitismo y acompañar a las comunidades judías. Mi función cambió, el mapa también, pero nunca dejé mi esencia de porteña.
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La semana pasada volví a Buenos Aires en uno de esos momentos profundamente argentinos en los que la alegría y el dolor conviven en la misma vereda. La ciudad vibraba con el Mundial: el fútbol llenaba las calles, los cafés y cada conversación. Al mismo tiempo, se cumplían 32 años del atentado a la AMIA, una de las dos heridas que el terrorismo dejó abiertas en el país hace más de tres décadas, junto con el ataque a la Embajada de Israel.
No hay contradicción en eso. Hay, si acaso, una lección: Argentina puede festejar y llorar en la misma semana porque ha aprendido, a fuerza de historia, a llevar ambas cosas a la vez.
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Hay una pregunta que me hacen constantemente en cada foro internacional donde presento nuestros estudios globales sobre el antisemitismo: ¿por qué Argentina, con su historia y sus heridas, tiene uno de los niveles de incidentes antisemitas más bajos entre los países con importantes comunidades judías de la diáspora? Durante esta misión volví a encontrar algunas respuestas, pero también una advertencia que nunca deberíamos dejar de escuchar.
La primera tiene que ver con la responsabilidad del Estado. Nos reunimos con ministros, jueces, fiscales, legisladores y funcionarios de distintas áreas del gobierno. Y encontré una convicción compartida: el antisemitismo no es un problema del pasado ni afecta únicamente a los judíos. Es una señal de peligro para toda la sociedad y combatirlo es una responsabilidad pública.
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Cuando un funcionario rechaza públicamente el antisemitismo, sin matices ni cálculos, ese mensaje llega a la sociedad entera.
La segunda respuesta es más dolorosa y, de alguna manera, la más argentina de todas: la propia historia. Los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel no son solo fechas en un calendario. Son un recuerdo trágico del precio que se paga cuando se permite que el extremismo avance sin respuesta. También fueron una demostración temprana y sangrienta del peligro que representa el régimen iraní mucho antes de que buena parte del mundo lograra comprenderlo.
Caminé hasta Pasteur 633 junto con nuestra delegación de ADL y volví a encontrarme con nombres que conozco desde hace tiempo: los de las víctimas, los sobrevivientes y las familias que, después de más de tres décadas, siguen pidiendo justicia. También estuvimos en el lugar donde funcionaba la embajada. Junto con dos sobrevivientes, encendimos velas y recitamos el rezo del Kadish. En ese instante, el pasado no fue historia. Fue presente.
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Ese dolor, lejos de paralizar a nuestra comunidad, se transformó en compromiso.
La tercera respuesta es que, en comparación con otros países con importantes comunidades judías, existe una menor presencia de grupos organizados vinculados al islamismo radical, una amenaza central en otras partes del mundo.
La cuarta es el diálogo interreligioso. En Argentina existe una colaboración genuina y sostenida entre referentes de distintas comunidades de fe. No se reúnen solamente para tomarse una fotografía. Hablarse, escucharse y trabajar juntos forman parte de una práctica cotidiana.
La quinta respuesta es más difícil de medir, pero igualmente real: un sentido de pertenencia que trasciende las diferencias. Pese a todo lo que separa a los argentinos, hay algo que también nos une: la certeza de ser, antes que nada, argentinos.
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Los judíos argentinos no viven su identidad como algo separado del país, sino como parte integral de él. Lo sentí al sentarme a una mesa de Shabat con amigos de la comunidad y experimentar esa tranquilidad, tan poco garantizada en otros lugares, de poder vivir el judaísmo abiertamente. Ese sentido de pertenencia ayuda a contener la fragmentación de la que se alimenta el odio.
Pero sería un grave error creer que estas fortalezas hacen invulnerable al país.
El antisemitismo más cotidiano, el de los chistes de mal humor, los comentarios y el acoso, sigue presente. En los encuentros con jóvenes y con facilitadores de nuestros programas educativos escuché historias de adolescentes y adultos jóvenes que sufren hostigamiento en las redes, además de bromas y comentarios que pueden parecer menores, pero que dañan algo que nunca deberíamos dar por sentado.
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Pensando en Argentina, no puedo dejar de pensar en Australia. Hasta hace poco, la comunidad judía australiana vivía una tranquilidad muy parecida a la que hoy describo en Argentina. Los niveles de antisemitismo eran muy bajos, la comunidad se sentía segura e integrada y se hablaba del país como un verdadero refugio.
Sin embargo, desde 2024 se produjo una fuerte escalada de ataques contra instituciones judías que culminó en el atentado terrorista de Bondi, donde fueron asesinadas quince personas, entre ellas Matilda, una niña de diez años, y Alex Kleytman, un sobreviviente del Holocausto de 87 años.
No menciono esta historia para asustar, sino como una advertencia: ninguna comunidad, por integrada y segura que parezca, está a salvo de un cambio repentino. La tranquilidad de hoy no garantiza la de mañana.
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Por eso la prevención no es un lujo ni un exceso burocrático. Requiere educación, seguridad por parte de las autoridades y leyes adecuadas. Las políticas públicas que se adoptan en tiempos de calma pueden determinar si un país logra conservarla o si termina aprendiendo la lección de la peor manera.
Argentina reúne hoy dos condiciones poco habituales en la región: cuenta con una Enviada Especial para la lucha contra el antisemitismo y preside la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA). Esa combinación no es un gesto protocolar, sino una oportunidad para impulsar en América Latina medidas más firmes frente al radicalismo y el extremismo, en un momento en que la amenaza iraní sigue presente.
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Entre la efervescencia de un Mundial y el silencio de las velas encendidas en memoria de las víctimas, volví de esta misión con una doble certeza. Argentina tiene mucho para enseñarle al mundo sobre cómo enfrentar el odio: con memoria, compromiso institucional y una sociedad que elige la integración por encima de la fragmentación.
Pero ninguna lección aprendida es definitiva. La historia de Bondi, tan lejana en el mapa, es en realidad una advertencia muy cercana.
La pregunta no es si Argentina hizo las cosas bien hasta ahora. La pregunta es si vamos a seguir haciéndolas bien, todos los días y en cada nivel, para que la tranquilidad de hoy no se convierta, de un día para otro, en la tragedia de mañana.
Marina Rosenberg es la vicepresidenta sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL).
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