
A las cinco de la mañana de un día de agosto en 2020, la vida de Tausi cambió para siempre. Hombres armados irrumpieron en su casa en el norte de Mozambique, ella fue secuestrada junto a su hija mayor y a otras mujeres y niños y permaneció cautivadurante casi dos años.
“Durante ese tiempo, fui violada repetidamente. Me golpearon. Me obligaron a convertirme en la ‘esposa’ de uno de los insurgentes. Cocinaba para él, le lavaba la ropa, me convertí en su sirvienta doméstica y en su esclava sexual. Fue un sufrimiento constante. A las mujeres que se negaban a tener relaciones con los insurgentes las dejaban días enteros sin comida y las torturaban. O simplemente las mataban. Nosotras, las mujeres, padecimos cosas que ningún ser humano debería soportar”, lamenta Tausi.
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Cuando por fin logró escapar con su hija, caminó durante días hasta reencontrarse con su esposo, que también había sobrevivido. Pero el regreso no fue sencillo. Si bien muchas mujeres supervivientes fueron rechazadas por sus esposos, el marido de Tausi, en cambio, decidió quedarse a su lado, y juntos comenzaron el difícil proceso de reconstruir su vida.

La historia de Tausi no es una excepción, sino parte de una realidad estructural y devastadora. De los 120 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo, la mitad son mujeres y niñas, quienes enfrentan un riesgo mucho mayor de sufrir violencia de género. De acuerdo a cifras recolectadas por ONU Mujeres, en contextos de crisis humanitarias, el 70% de ellas la padece, frente al 35% a nivel global.
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Las crisis no solo exponen, sino que también profundizan desigualdades preexistentes. Cada año, 12 millones de niñas se casan antes de cumplir los 18 años y cada tres segundos una adolescente es obligada a casarse en algún lugar del mundo, según cifras reportadas por UNFPA. Por otro lado, de acuerdo con el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, en los países afectados por conflictos,la prevalencia media del matrimonio infantil es 14,4 puntos porcentuales más alta que en aquellos que no sufren conflictos.
En Mozambique, esta realidad se advierte claramente. Un 54% de las personas desplazadas en este país son mujeres, y más de un tercio de ellas reporta mecanismos de supervivencia nocivos como explotación sexual o matrimonio infantil a cambio de necesidades básicas, como alimentación y vivienda. El reporte de UNFPA también muestra que allí el 14% de las mujeres de entre 20 y 24 años contrajeron matrimonio antes de los 15 años.
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Detrás de cada una de estas cifras hay una historia como la de Tausi. Hay víctimas supervivientes. Hay una niña que deja la escuela, una adolescente obligada a casarse, una mujer secuestrada, abusada, violentada, una madre que huye con lo puesto y camina días enteros para salvar a sus hijos.

Frente a esta realidad, el trabajo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, resulta fundamental. En centros de protección y espacios comunitarios, mujeres como Tausi encuentran apoyo psicosocial, asesoramiento jurídico y formación en medios de vida. Allí, comparten sus historias y también sus planes para el futuro, en entornos seguros donde pueden desafiar el estigma, sanar y amplificar habilidades para acceder a nuevas oportunidades. En medio del dolor y la pérdida, la solidaridad entre ellas se convierte en una forma de resistencia para decir basta.
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Para las sobrevivientes de violencia de género, la seguridad y la justicia siguen siendo difíciles de alcanzar. Sin embargo, mujeres y niñas están encontrando fortaleza en la solidaridad con otras mujeres. Con el apoyo de ACNUR, personas voluntarias de la comunidad y organizaciones socias, están combatiendo el estigma y la discriminación, ampliando sus habilidades y su acceso a oportunidades, y reconstruyendo sus vidas.
Ante la violencia de género en contextos de desplazamiento forzado, proteger, escuchar, brindar herramientas y acompañar, transforma destinos. Pero nada de esto es posible sin compromiso colectivo. Colaborar es decidir no mirar hacia otro lado: es convertir la indignación en acción. Desde Argentina es posible apoyar el trabajo de ACNUR en el mundo ingresando en FUNDACIONACNUR.ORG/DONA. Para millones de mujeres y niñas, huir es la única forma de seguir con vida. Acompañarlas es una responsabilidad de todas las personas.
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*Isabel Márquez es Representante Regional de ACNUR para Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay.
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