
El 7 de octubre, células integristas de una dictadura teocrática fascista atacaron las comunas izquierdistas del sur de Israel. En su orgía de sangre, el segundo movimiento terrorista más rico del mundo acribilló, violó y torturó a cientos de jóvenes reunidos en un festival por la paz, ensañándose especialmente con las mujeres.
En un desafío al entendimiento, políticos españoles que se reivindican de la izquierda progresista, alzaron sus voces condenando a las víctimas del ataque y no a Hamas, que es precisamente lo opuesto a cualquier ideal humanista de izquierda. Hamas, fanático fundamentalista y fascista, era de algún modo exonerado, y el peso de la acusación (re)caía sobre Israel, mientras aún sufría un pogromo en su territorio soberano que terminaría cobrándose la vida de más de 1000 civiles.
De hecho, no había terminado el ataque de Hamas sobre suelo israelí y la vicepresidenta del gobierno español pedía desde sus redes sociales “poner fin a la ocupación y que el pueblo palestino pueda vivir con dignidad”; en tanto que otra ministra reprochaba a los que “cada día guardan un silencio cómplice ante los ataques de Israel contra el pueblo palestino”.
Qué vínculo de valores puede haber entre feministas y defensores de la causa LGTBI con Hamas, satélite del movimiento fascista del islam político, Hermanos Musulmanes – y financiado por la teocracia misógina y homófoba iraní -, es probablemente uno de los grandes misterios de la “nueva política”. A menos que los valores sean lo de menos…
Un par de días después, en una entrevista digna de estudio para cualquier interesado en comunicación no verbal, el enfant terrible de la izquierda “intelectual” española, Iñigo Errejón, era preguntado acerca de si Hamas podía ser tildado de grupo terrorista. Tras un sorbito de agua, el representante de Más Madrid ganaba tiempo con argumentos entrecortados y vacuos acerca de definiciones de terrorismo, para afirmar que lo cometido por Hamas eran crímenes de guerra, y a continuación introducir el consabido contemporizador que funciona como negación de lo precedente e introducción a la ideología y al “relato”: el famoso “ahora bien…”. Y ahí arrancaba Íñigo sin titubeos, sin necesidad de beber agua, sin problemas para condenar a Israel por su trato a los palestinos y para condenar un supuesto “régimen de apartheid”. Por su parte, el secretario general del Partido Comunista, apenas dos días después de la matanza, y tras negarse a llamar terrorista a Hamas, se manifestaba “para reclamar el fin de la violencia y de la ocupación israelí”.
Es fascinante cómo, en medio de un pogromo histórico, los autoproclamados defensores de los débiles decidían alinearse en contra de las víctimas y encontraban todo tipo de justificaciones para el regodeo en el mal absoluto de machistas integristas y fanáticos genocidas. Pero lo más disparatado (difícil escala cuando se rompe el récord minuto a minuto), y esto represente tal vez el triunfo del discurso neopopulista, es cómo negaban estar diciendo lo que estaban diciendo. Por ejemplo, el mismo líder mediático de la extrema izquierda, que culpaba a los jóvenes masacrados por estar bailando junto a un “campo de concentración”, negaba estar justificando el atentado: ¿esquizofrenia ideológica?, ¿alzheimer moral?, quién sabe, pero debería tal vez situarse en el terreno de las patologías informativas. En resumen, en una perfectamente orquestada campaña salieron todos a gritar que los israelíes se lo merecían, y, en otra perfecta sincronización negaban estar justificando lo que estaban justificando. El debate se convertía así en un erial kafkiano.
No obstante, tras ese aparente absurdo existe un método bien sólido y arraigado. No se trata tan sólo de propaganda antiisraelí, sino de una forma de cohesionar a los fieles recuperando el uniforme por encima de los hechos. Se trata de explotar la humillación de los que ellos perciben como élites poderosas, para despertar esa fe que reposa en la rabia y la ira, y que tantos réditos electorales puede dar.
En palabras de Rudy Reichstadt, Director de Conspiracy Watch, analista de las teorías conspirativas, “dado que Israel se percibe como dominante, el villano de la historia, la idea de que pueda ser vulnerable constituye una incómoda disonancia cognitiva para algunos. La única manera de superarla, de volver a situar al objeto de detestación en la posición de agresor y no de víctima, es por tanto negar los hechos. Para ello, basta con considerar que el propio Israel es responsable de lo que le sucede”.
Obviamente, se pueden cuestionar políticas, comportamientos puntuales de Israel – como sucede con cualquier otro país. El problema surge cuando el todo es motivo de reproche, cuando su derecho a la defensa es censurado. Precisamente cuando esta guerra abre muchas cuestiones éticos acerca de cómo se se lucha contra la barbarie. Cómo ser duro sin perder el alma. Y justamente se puede debatir acerca de tratados universales, de estrategias, de fronteras y de respuestas a todas las complejidades que presenta un conflicto duradero, mas no era esa la finalidad de esa izquierda. Tras décadas consumiendo e interiorizando un odio visceral a Israel, era inconcebible que pudieran sentir la más mínima empatía ante la macabra prueba a la que sus ciudadanos estaban siendo sometidos. Y por si la sistemática deshumanización del israelí no había calado de manera suficientemente profunda ya, y aprovechando las torpezas comunicativas de un estado despertando ante la barbarie, se afanaron en negar evidencias de masacres con el único fin de desacreditar el todo a través del detalle: de que Israel no fuera visto como víctima.
“Ahora bien…”, que diría el señor Errejón, a los pocos minutos de la explosión en un hospital de Gaza, los mismos que ponían en duda el detalle israelí, se lanzaban a dar por válidos los argumentos de Hamás, acusando al estado judío de estar detrás de una masacre de 500 muertos – según Hamas-, y echando más gasolina a un fuego demasiado virulento ya. “¿Lo ven – parecían decir – son victimarios, no víctimas?”
No importa si había dudas más que razonables acerca de la autoría y del balance, porque estas campañas que se visten de solidaridad no necesitan verdades, y no son sino una traición a los mismos valores que dicen defender, y que logran conformar una opinión pública – o, al menos, o, incluso, mejor, un estado de ánimo -, de la que después dependen los gobiernos. Éstos necesitan complacerlas para mantenerse y así alimentan el círculo, incluso a sabiendas de que en el proceso degradan los valores básicos democráticos.
Así, a pesar de la contundente respuesta de los países europeos y occidentales en general, es previsible que a través de estas campañas extremas y del goteo deshumanizador incesante del israelí; Hamas y otros grupos terroristas queden eximidos de su responsabilidad. Pero no hay que perder de vista que es una guerra ideológica, como lo fue la guerra contra el nazismo. Requiere de una derrota militar y del desmantelamiento de la infraestructura y la organización de Hamas, pero también debe haber una victoria política y total frente a los justificadores del horror.
*Masha Gabriel es Directora del departamento en español de CAMERA (Committee for Accuracy of Middle East Reporting and Analysis).
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