
La semana pasada me despedí de mis amores de Buenos Aires y volví a abrazar a los amores de Israel: cuando emigras es así, quedas escindido para siempre.
Encontré al pequeño país de vacaciones por los ocho días de la festividad de Sucot, la gente paseando, de picnic o en las playas del Mediterráneo aún cálido. Los turistas -este año llegaron más de un millón- disfrutando en Tel Aviv los últimos días del prolongado verano que acá dura casi ocho meses.
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El miércoles me reencontré con mi hija mayor y paseamos por los bosques del monte Carmiel en Haiffa, el jueves escuché desde el balcón a las 100.000 personas que cantaban y bailaban con Bruno Mars en el parque Hayarkón bajo las estrellas, y el viernes, cena familiar con un invitado de lujo para argentinos que viven en Israel: alfajores Havanna.

Nos despedimos con el saludo habitual: “Shabat Shalom” (que el sábado sea de paz) y buen comienzo. En Israel, el primer domingo después de las Altas Fiestas, es cuando realmente comienza el año laboral y lectivo.
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A las 6.30 am del “sábado de paz” nos despertó la sirena de alarma en la periferia de Tel Aviv.
Entramos a los refugios y a partir de entonces, ya casi nadie volvió a dormir en este país… la serie “Fauda” parece un dibujito animado comparada con la crueldad de unos 400 terroristas de Hamas que entraron como una horda salvaje por el paso fronterizo de Erez -por el que cada mañana ingresan miles de trabajadores palestinos a Israel- después de bombardear a guardias y a decenas de soldadas “observadoras” que controlaban en pantallas cualquier movimiento sospechoso en el cerco de seguridad.
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Desaforados, con veneno en los ojos, irrumpieron en motos, tractores y camionetas, armados con granadas y ametralladoras, al grito de “Ala Hakbar”. Se dirigieron a los kibbutzim -barrios agrícolas- del sur de Israel, más cercanos a Gaza y perpetraron en cada uno masacres: mataron familias enteras, secuestraron, tomaron rehenes, dispararon a mansalva. La gente enviaba mensajes desesperados “hay terroristas en el kibbutz”… los que alcanzaron se encerraron en el cuarto blindado anti-bombas que hay en cada vivienda mientras los terroristas graznaban “Alá es grande” y trataban de abrirlos. Película de terror.

El kibbutz Beeri es precioso, verde, un oasis. Cada año, en enero y febrero se desarrolla allí un fenómeno natural llamado “daróm adóm” (el “sur rojo”): miles de anémonas rojas crecen pegadas una a otra, creando como alfombras extensas de pasto de ese color. Llegan visitantes de Israel y del exterior, hay paseos en bici, caminatas, kermeses, kioscos, todo un evento festivo durante 3 o 4 semanas. Numerosos inmigrantes argentinos lo eligieron hace décadas para vivir, a pesar de la cercanía con Gaza. Fue uno de los focos más dañados por el salvajismo de Hamas.
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La unidad comando Shaldag de la aviación israelí fue una de las primeras en llegar, cuando el sábado temprano recibió el alerta “hay terroristas en Beeri”. Doce combatientes cambiaron el pijama por el uniforme, aterrizaron en helicóptero y pelearon como leones junto a granjeros armados que improvisaron la defensa. Nunca imaginaron que se toparían con más de cien terroristas, ni que habría muchos más en otras granjas colectivas. La muerte llegó disfrazada de sorpresa.

La pesadilla se multiplicaría cuando Hamas arrasó con una fiesta en el desierto, uno de los tantos eventos al aire libre que facilita el verano israelí. En un terreno liso y sin árboles donde poder protegerse, crearon el pánico asesinando, hiriendo y secuestrando a jóvenes que solo atinaron a correr, sin tener donde ocultarse y fueron matados por la espalda.
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Los ciudadanos no salimos del shock.
Hace tres días que solo atinamos a mirar las noticias, escuchamos los testimonios de los que lograron sobrevivir a tanta maldad y que lucharán por mantener el equilibrio psíquico... tal vez puedan. Las listas con los nombres de los 900 asesinados van apareciendo hora tras hora. El pedido desgarrador de los parientes de los cientos de secuestrados o aún desaparecidos resuena de día en la televisión, de noche en nuestras almohadas. Algunos de los 2.200 heridos se van recuperando, otros continúan en estado gravísimo.
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Este país es más chiquito que Tucumán y la magnitud de esta masacre le llega de uno u otro modo a cada ciudadano. Algunos de nuestros hijos fueron convocados como reservistas, para pelear. Y los que no, están paralizados, angustiados por no ser convocados y saber que sus amigos están luchando contra el terror, el peor de los males de este mundo.
“Pero Andrea, ustedes… ¿están bien?”
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La pregunta llega una y cien veces, por WhatsApp y por Facebook, por mail y por teléfono.
Se vienen días tristes y violentos.
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La autora es dramaturga y guionista, docente de escritura creativa en el Instituto Cervantes de Tel Aviv. Nació en Argentina y reside en Israel desde hace 14 años.
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