
Concluye la quinta visita oficial de Nicolás Maduro a China. Un viaje de casi una semana que ha llevado al mandatario bolivariano por varias ciudades del país asiático y cuyo broche de oro fue la cita con su homólogo Xi Jinping, quien le dio audiencia en el Gran Salón del Pueblo de Beijing. Un recinto solemne y simbólico, en tanto que muestra paradigmática de arquitectura totalitaria, elegido para que ambos líderes anunciaran el nuevo estatus de su relación bilateral: una “asociación estratégica a toda prueba y todo tiempo”.
Como manda la tradición diplomática de Beijing, el encuentro con uno de sus más fieles aliados latinoamericanos se envolvió en una bien calculada retórica de amistad, a la que correspondió Maduro aludiendo, en cada aparición pública, a su fascinación por la “superpotencia económica” asiática y a su hermanamiento con Beijing por cercanía ideológica y vocación antiestadounidense. Tanta reverencia deja al descubierto la prioridad del viaje: la súplica de Caracas para que China amplíe sus inversiones y diversifique su presencia económica en su país.
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El exilio forzado en busca de una vida mejor de más de siete millones de personas expone bien a las claras la magnitud de la crisis política, económica y humanitaria que vive Venezuela. Desde 2007, China le ha concedido al menos 67.000 millones de dólares; suministró material sanitario y vacunas para luchar contra la pandemia; y es hoy el principal comprador del petróleo venezolano, unos 430.000 barriles diarios, o más del 60% de las exportaciones venezolanas. Pese a su cada vez mayor dependencia, Maduro quiere más. Beijing es su tabla de salvación.
El marco en el que supuestamente deben estrecharse los lazos bilaterales es la “asociación estratégica a toda prueba y todo tiempo”, cuyo significado y alcance es confuso incluso en su expresión original en inglés (all-weather strategic partnership), si bien es imposible no adivinar para Venezuela un futuro cada vez más subordinado tanto política como económicamente a Beijing. El gobierno chino recoge así el guante y extiende la alfombra roja de la alianza estratégica para que Caracas ingrese en el club de los grandes amigos de China. Ahí están Rusia, Pakistán, Corea del Norte y otros muchos.
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Que Venezuela entre en la órbita de Beijing concede a éste, además de un acceso preferencial al mercado y a los recursos venezolanos, un beneficio adicional: un aliado geopolítico incondicional en medio de la creciente rivalidad (y hostilidad) con Estados Unidos y resto del mundo occidental. Un beneficio que es además recíproco: en su cruzada contra Washington, el presidente venezolano celebra el “nacimiento de un nuevo mundo” de la mano de China que pone “los cimientos que dejan atrás el viejo mundo del colonialismo y del imperialismo”.
En su pretensión por posicionarse como el líder y benefactor del llamado Sur Global frente a EEUU, el gobierno chino apoya de este modo el deseo y los esfuerzos de Caracas de unirse al grupo de los BRICS, pues sirve a su objetivo de ampliar su esfera de influencia en todo el mundo. Beijing aspira a cambiar el actual orden mundial, que considera hegemónico para EEUU y excluyente para China. Pero no para hacerlo necesariamente más multilateral o más justo, como difunde la propaganda oficial, sino para influir en él al objeto de hacerlo más seguro para sus intereses. Por tanto, su amistad fraternal con China tiene para Venezuela un precio: hacer de muleta en la estrategia geopolítica china y ahondar en su dependencia económica.
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Juan Pablo Cardenal es periodista y escritor especializado en la internacionalización de China y editor de Análisis Sínico en www.cadal.org
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