
El Estado es el monopolista de la violencia legítima. Su legitimidad tiene origen en la provisión de un servicio, protección. Por ello recibe un tributo, los impuestos. Se conciba esta relación en términos de fuerza—como en el marxismo—o a manera de una relación contractual—como en las teorías neoclásicas—la conclusión es la misma: todo Estado, qua Estado, debe proteger a sus súbditos (ciudadanos) de amenazas internas y adversarios externos.
No obstante, debe subrayarse que el monopolio en cuestión es un fenómeno relativamente reciente. En la Europa del siglo XVI que narra Fernand Braudel, los privados podían hacer uso de la violencia en nombre propio o tercerizados por nobles, monarcas y aspirantes. La función de la piratería y el bandolerismo era recaudar tributo por cuenta de Estados-ciudad y señores feudales, brindado protección a clientes y devotos, y enfrentando rivales.
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De hecho, es el capitalismo que creó el Estado como lo conocemos, nacionalizando y profesionalizando el uso de la violencia y otorgándole el poder de monopolio sobre dichos instrumentos. Frente al crecimiento del comercio, bajo un modo de producción organizado en base a la asignación eficiente de recursos y el aumento de la productividad, se hizo necesario desarrollar economías de escala en protección.
Es decir, la protección micro y descentralizada se había convertido en una empresa ineficiente para las necesidades de la producción descentralizada, el capitalismo. En el negocio de la provisión de violencia, la competencia sube los costos, no los reduce. Más aún, la pacificación, cooptación o eliminación de rivales del soberano era necesario para generar orden político y social, requisito siempre indispensable para el funcionamiento de la economía.
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Venecia y otros Estados-ciudad en la península itálica ilustran el punto casi a la perfección. Comenzaron a declinar al demorarse en el diseño y creación de economías de escala en tributo y protección. De hecho, Italia como tal es una realidad posterior a 1870. En el mapa donde hoy se ve un Estado existían diez o más, dependiendo de cómo se cuenten las diversas entidades y ciudades semiautónomas.
Tomando prestado de demasiados autores para citar aquí, esta breve “teoría del Estado” en realidad retrata esa institución según la imaginamos y conceptualizamos, más que como la conocemos. Ello porque monopolizar la coerción, definir y hacer cumplir derechos (de propiedad entre ellos), recaudar impuestos y ejercer un efectivo control territorial se cumple en pocos Estados del planeta.
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En América Latina, por ejemplo, y no únicamente allí, el mapa de un Estado casi nunca coincide con la presencia de dicho Estado en la geografía. Además, su perenne ineficiencia burocrática contribuye a hacerlo frágil, ausente y fácil de ser capturado por intereses privados. Ello explica la penetración del crimen organizado en la región, precisamente.
Esta discusión es relevante para Rusia, allí vamos. Es que el totalitarismo soviético ejercía un rígido orden estatal, sin libertad ni democracia, pero con el monopolio de la fuerza, la centralización de la autoridad y el control del territorio. Lo curioso es que buena parte de la literatura sobre el post-comunismo en Europa Central y Oriental no habla de una transición del socialismo al capitalismo sino “del socialismo al feudalismo”. La metáfora para dar cuenta de la fragmentación del Estado y la autoridad política, una suerte de “parcelación de la soberanía”.
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Ello incluye la Rusia post-soviética. Esa misma literatura ha mostrado la proliferación de grupos de “violencia privada”, fraternidades creadas en prisiones soviéticas, fanáticos de fútbol convertidos en organizaciones delictivas, veteranos de la guerra de Afganistán, asociaciones de Cosacos y miembros de agencias oficiales ejerciendo el control social y la represión de manera autónoma.
Todos lucrando con la intimidación, la distribución de información estatal, el soborno y la extorsión, la imposición de tributos privados y el control de mercados de ilícitos, entre otras actividades. Y ello mientras el sistema político terminaba en manos de una burguesía corrupta y depredadora, los oligarcas, beneficiada por un modelo de desarrollo basado en recursos naturales, gas y petróleo.
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¿Suena conocido? Es que los oligarcas rusos, los carteles mexicanos, los warlords africanos, la minería ilegal y la guerrilla en América Latina, los pranes y colectivos venezolanos son parientes, pertenecen todos a una misma especie: son empresas cuyas utilidades se incrementan en ausencia de economías de escala en la provisión de protección, por ello la privatizan. Regresando al siglo XVI de Braudel, son fuerzas desestatizantes.
Con lo cual el estupor por esta suerte de “Marcha sobre Moscú” de los mercenarios de Wagner solo pueda ser parcial. Lo de Wagner no es sorpresa, ha sido ejército paralelo, y ergo Estado paralelo, en Georgia, en el Donbas y Crimea, en Siria y en las bases militares rusas en Venezuela. Lo verdaderamente sorprendente es que la elite dominante rusa pretendiera invadir, ocupar y hasta anexar a su vecino.
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Rusia no ha viajado del socialismo al feudalismo, pero sí lo ha hecho del segundo mundo al tercero.
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