
Si pudiésemos conectarnos a una máquina que garantice que todas nuestras experiencias serán placenteras, ¿lo haríamos? Con este experimento mental Nozick mostró que casi todas las personas no lo harían porque creen que una vida “real” se experimentan un amplio espectro de emociones, buenas y malas. Esta es la tesis que replica “The matrix” y sugiere que el hedonismo racional que ya esbozó Epicuro hace tanto tiempo sobre qué constituye una buena vida se expresa a lo largo y ancho de la condición humana. ¿Cuál será la forma más efectiva para alcanzar esta felicidad más real y colorida que la de la mera sucesión de experiencias placenteras?
El camino lleva a ideas comunes: temperar el juicio, ser amable con uno mismo, tomar perspectiva, resignificar el “éxito”, no alimentar la vanidad. Conectarse con elementos reales de la experiencia afectiva, con la gente que verdaderamente está cuando la necesitamos. Recordar cada tanto que formamos parte de un universo vasto de materia, de galaxias con estrellas de cuyo polvo se forma la vida sintiente: ese es el ejercicio consecuente de quienes preferimos no conectarnos a la máquina de Nozick, de la tropa de Epicuro.
El foco excesivo que ponemos en la gente a la que más queremos dispara miedos descomunales. Podemos alivianarlos tomando perspectiva, y también reconociendo el miedo como uno más de los muchos matices del tinglado de experiencias de una vida que es mucho más rica y real que la de la máquina de Nozick. Quizás el desafío máximo para este concepto sea aquello en lo que más se exacerba en la perspectiva cercana: el miedo a la muerte.
Como el miedo a la altura, a las arañas y a las serpientes, el miedo a la muerte parece estar grabado universalmente en nuestras entrañas. Pero ¿y si no es así? ¿Y si fuese consecuencia de la perspectiva con que regulamos nuestra experiencia emocional?
El antropólogo Renato Rosaldo descubrió entre los ilongotes, una tribu en Filipinas, la muerte se experimenta, de una manera muy distinta a como lo hacemos nosotros: con un dejo de euforia, del que brota un altísimo voltaje que circula por el cuerpo. Para amigarnos con esta idea tan poco intuitiva, Rosaldo nos recuerda que solo la muerte de una persona cercana adquiere esa carga trágica que arrasa con todo; si es una muerte lejana se vive con indiferencia, incluso con humor. Por eso resulta tan curativo realizar el ejercicio inverso: tomar perspectiva y entender que, como dice la canción de mi amigo Jorge Drexler, “No somos más que un puñado de mar”. “Calma / Todo está en calma/ Deja que el beso dure / Deja que el tiempo cure / Deja que el alma / Tenga la misma edad / Que la edad del cielo”.
Existe la posibilidad, al menos como ejercicio mental, de pensar la muerte como un chispazo más en la inmensidad del cosmos. Lo hacemos con otros finales. Pensemos en una ópera maravillosa, un concierto o cualquiera que sea la expresión humana que más nos conmueva. Supongamos que nunca más se va a representar y que hemos disfrutado ese momento como uno de los más fabulosos de nuestra vida. Cuando la función acabe, sentiremos nostalgia. Pero es casi seguro que surja también algo mucho más parecido al liget de los ilongotes: un chispazo de altísimo voltaje, una ovación a pie, un arrebato de euforia. Quizás un llanto desconsolado, pero vigoroso y virado hacia una sonrisa. Es el momento álgido del espectáculo, la celebración de todo lo que significó en el momento mismo en que culmina, como ocurre con las obras de arte que se deshacen para que resulte aun más tangible su existencia. Sé que parece imposible, pero tal vez puede acercarse la experiencia de la muerte a ese sentimiento; un festejo de pie, un aplauso a la vida.
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