
Los hechos ocurridos en Brasilia este domingo 8 de enero, tan sólo una semana después de que el nuevo gobierno del presidente Lula da Silva tomara posesión de su cargo, implican un grave incidente para la democracia brasileña y la región.
Los desmanes tuvieron lugar en el marco de una manifestación organizada por seguidores del ex presidente Jair Bolsonaro. Cientos de personas enardecidas tomaron por asalto diversos edificios públicos e incluyeron nada menos que las sedes de los tres poderes políticos del país.
Cuestionando el resultado electoral del pasado 30 de octubre, el que otorgó un ajustadísimo triunfo al líder del Partido de los Trabalhistas (PT) sobre el mandatario conservador, una multitud marchó por las principales avenidas de la capital brasileña portando consignas que combinaban reclamos legítimos con proclamas, lisa y llanamente, golpistas.
Fue entonces cuando, en medio de tumultos, un grupo violento logró superar las barreras policiales y subir las rampas que dan acceso a la Cámara de Diputados y al Senado, convirtiendo la manifestación en un gravísimo intento por derribar a las autoridades constitucionales. Situaciones similares se produjeron contra los edificios de la Presidencia (Palacio de Planalto) y contra el Supremo Tribunal Federal, en un hecho inadmisible en un sistema democrático.
Naturalmente, los sucesos adquieren especial gravedad por la gran relevancia del Brasil en Sudamérica. Con 215 millones de habitantes, es el país más importante de la región. Al tiempo que su producto bruto interno representa el 50 por ciento del total de la región.
Es necesario rechazar en los más firmes términos toda acción golpista que implique un ataque a las instituciones democráticas de un país hermano. A la vez que resulta imperativo recordar la vigencia de instrumentos de protección de la democracia y los Derechos Humanos, como la Carta de la Organización de Estados Americanos y la Carta Democrática, que los garantizan.
Conforme a las mejores tradiciones democráticas argentinas, tanto el Gobierno Nacional como la dirigencia de Juntos por el Cambio (oposición) coincidieron de inmediato en respaldar a las autoridades brasileñas y su sistema democrático.
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