El poder de las palabras: tratarse como a un amigo

En esta primera entrega, el autor explica que para aprender a ser autocompasivos hay que lograr que la conversación con uno mismo sea cariñosa y no una batalla campal en el seno de nuestra mente

Ilustración: Javirroyo
Ilustración: Javirroyo

Conversamos todo el tiempo con nosotros mismos. Basta con quedarse tres segundos solo para que empiecen a resonar en nuestra cabeza voces improvisadas que nos hablan sobre lo que tenemos que hacer al día siguiente, sobre la persona que amamos, la que nos ha dejado o a la que hemos dejado, el examen que se avecina o la conversación que acabamos de tener antes de subir al ascensor y en la que nos habría gustado decir algo que no dijimos.

Nadie nos ha enseñado nunca a ser viajeros en nuestra propia mente y, por eso, cuando está librada a su propio albedrío, tiende a converger repetidamente en lugares obsesivos. El que ha sufrido los celos tiende a quedarse atrapado en ese modo cuando luego establece una nueva relación. El que ha sentido mucho enojo ve el mundo siempre a través del filtro de la ira. La mente tiene mucha inercia.

"El poder de las palabras", de Mariano Sigman
"El poder de las palabras", de Mariano Sigman

Así es que, para aprender a tratarse amablemente, o a ser autocompasivos, primero hay que desaprender el modo espontáneo que tenemos de hablarnos. Cambiar el hábito, el tono y el estilo de nuestras rumiaciones para que la conversación con uno mismo sea cariñosa y no una batalla campal en el seno de nuestra mente.

Cada persona viene “de fábrica” con un bagaje propio, algunas con predisposición a ser más críticas y otras a ser más compasivas.

Podemos cambiar esa tendencia, pero requiere cierta práctica, motivación y expectativas adecuadas. Hay que aprender a tratarse como tratamos a un amigo: de manera ecuánime, abrazar, aceptar y cuidar. Ser compasivo con los demás es un buen ejercicio para poder trasladar esa misma perspectiva hacia uno mismo.

Nada de esto sucede mágicamente o de inmediato, como el cambio de cualquier hábito. Pero todos podemos mejorar un poco, y esas pequeñas mejoras pueden terminar provocando a veces cambios sustanciales. Vale la pena intentarlo, porque, en última instancia, vivimos todo a través de nuestra experiencia mental. No tenemos más que eso.

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