
Ninguna relación política o sentimental es perfecta, aun en el paraíso hay algunas tormentas y borrascas. Reagan y Thatcher en el caso Malvinas, Rusia y Cuba con la crisis de los misiles, Mussolini y Hitler en la Segunda Guerra Mundial, Kanye West y Kim Kardashian y ahora la dictadura de los Castro con Ortega-Murillo.
Desde que estallaron las protestas en abril de 2018, Nicaragua se ha convertido en una incómoda piedra en el zapato. Los llamados países de la nueva izquierda latinoamericana han enviado mensajes discretos y discrepantes, privados y públicos al régimen de Ortega pidiéndole que libere a los 180 presos políticos o que al menos haga algunos gestos de respeto a los derechos humanos. México, Argentina y Bolivia han hecho comentarios públicos, mientras los más radicales, Venezuela y Cuba, han sugerido de forma tímida y timorata que al menos guarden las apariencias. La repuesta de Managua algunas veces ha sido furibunda y otras veces ha sido indiferente.
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Matar al mensajero
Los embajadores nicas ante estos países de izquierdas del siglo XXI han comunicado a Managua estos mensajes cifrados de sus compinches, pagando un precio muy alto por hacer su trabajo. No me creen. En 6 meses, Nicaragua ha tenido 4 embajadores en Cuba: Wilfredo Jarquín, Reynaldo Lacayo, Sidhartha Marín (12 dias en el cargo), Luis Cabrera (12 años). No olvidemos que la relación con Cuba ha sido una relación histórica y hoy se ha convertido en una relación histérica. Similar suerte han sufrido los embajadores de Managua ante Argentina y Venezuela.
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Pero volvamos a Cuba. Esta es una de las 5 embajadas celosamente custodiadas con mano de hierro por la dictadura, ojo no por la Cancillería. Aquí ningún diplomático, ningún funcionario de gobierno es lo suficientemente bueno. Todos son descartables y muchas veces se toman decisiones que los mismos embajadores no conocen o ni siquiera sospechan. Estos diplomáticos viven un ciclo de uso, abuso, descarte y reemplazo.
Amistades peligrosas
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Cuba por años ha hilado fino una estrategia diplomática internacional, con brigadas médicas globales y las redes de solidaridad más grandes del mundo. Europeos y estadounidenses se derriten de pasión y romanticismo al hablar de sus visitas a la Habana y algunos atesoran como joyas preciosas una que otra foto con los hermanos Castro. Si no me creen, pregúntenle a Andrés Manuel López Obrador. Dicho esto, la grotesca y cruel diplomacia de Ortega-Murillo avergüenza a sus socios cubanos, los que muchas veces no pueden defender lo indefendible. Nicaragua es aquel amigo que llega a la fiesta, se come toda la comida, se emborracha y se pelea con todos los invitados. Los camaradas de izquierda no hayan qué hacer con Nicaragua y los de derecha tampoco.
Los diplomáticos no pueden hacer diplomacia
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El trabajo de un embajador es en esencia representar y velar por los intereses de un Estado o país. Según el manual, un diplomático remite las comunicaciones a sus autoridades y presenta un breve análisis o valoración sobre las mismas. En Nicaragua, los embajadores reciben gritos e insultos cuando comunican la verdad y los reclamos de la comunidad internacional. Unos son despedidos y otros simplemente dejan de enviar estas comunicaciones.
Sigo con Cuba. La Habana tiene una propaganda exitosa y maquiavélica, que le permite conquistar un respaldo arrollador y casi unánime en Naciones Unidas cuando se aborda el bloqueo y un respaldo silencioso masivo en la Organización de Estados Americanos, aun sin estar allí de cuerpo presente. Contrario a esto, la dictadura de Nicaragua ha recibido palizas diplomáticas en el Parlamento Europeo, el Congreso de Estados Unidos, Naciones Unidas, la OEA, el SICA e incluso entre sus amigos del ALMA perdón del ALBA.
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Aunque Cuba siempre ha procurado una relación paradisiaca con Nicaragua, algunos mensajes cifrados no han gustado al Carmen y como resultado no castigan a la dictadura cubana, sino que se desquitan con sus embajadores. Pese a estas acciones de control de daños, los malestares y las gastritis son cada vez más frecuentes y se ha comenzado a evidenciar que ya hay algunos problemas en el paraíso.
*El autor fue embajdor de Nicaragua en la OEA
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