
Transcurría el año 1968 y el mundo se conmovía por eventos tan variados cómo el asesinato de Robert Kennedy, el triunfo de un duro anticomunista como R. Nixon en las presidenciales de los EEUU, la rebelión estudiantil o el Mayo francés y la ofensiva de Vietcong sobre la ciudad de Saigón durante la festividad del Tet. El hecho que los reporteros de la prensa estadounidense transmitiesen esa dura batalla callejera, generó una fuerte conmoción en la opinión publica americana.
A ese clima alterado, poco le sirvió saber que las fuerzas del Pentágono habían aniquilado a las fuerzas del Vietcong y que por cada efectivo militar americano fallecido, había 15 a 20 de las fueras fuerzas vietnamitas. Mientras sucedía todo ello, salía a la luz un notable y, como veremos, muy vigente libro de un grande de la ciencia política como lo fue Samuel P. Huntington.
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La obra se llamaba El Orden Político en las Sociedades en Cambio. Su polémica tesis era que EEUU debía evitar todo tipo de voluntarismo y taras ideológicas en su política exterior y que había que avanzar hacia relaciones constructivas con diversos países autoritarios incluyendo aquellos con agendas y retóricas comunistas o de izquierda. La clave era que no fueran aliados o funcionales a la URSS, el único gran desafió estrategico que enfrentaba la hegemonía americana pos segunda guerra mundial.
El autor también desaconsejaba la idea que las democracias y las libertades podrían ser impuestas desde afuera a los países del tercer mundo y que había que asumir que la modernización de esos Estados no siempre derivarían en regímenes liberales y republicanos.
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Pese a que la superpotencia soviética comunista nunca llegó a ser más de 1/3 del PBI de los EEUU y que su atracción ideológica estaba en franca decadencia, para fines de los años 60 Moscú comenzaba a alcanzar la paridad en cantidad de cabezas nucleares y asistía con masiva cantidad de armamentos a Vietnam del Norte en su guerra con Vietnam del Sur respaldada por los EEUU.
Asimismo, el Kremlin tenía una férrea alianza con enemigos de Israel y de los EEUU como Egipto y Siria. Pocos años después, en 1973 durante la Guerra árabe israelí, se llegó a una muy peligrosa crisis en donde los EEUU y la URSS se amenazaron con la mutua destrucción nuclear para proteger a sus respectivos aliados. Pocos meses después de publicado éste libro de S. Huntington, la dupla Nixon Kissinger encaraba un largo y secreto proceso de acercamiento a la China del ya anciano Mao.
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El comunismo de Moscú en ese momento, comparado a la ortodoxia del maoísmo tendía a parecer mas una socialdemocracia que un régimen totalitario. Pocos años atrás, trascendió la desgravación de 1969 entre R. Nixon y el mandatario atlético L. Brézhnev, donde éste último le ofrecía a su par de la Casa Blanca el avanzar en un ataque nuclear combinado sobre la China de Mao.
El archi anticomunista Nixon desde ya descartó la idea. El y Kissinger, sabiéndolo o no seguían el consejo de Huntington. No importara que el comunismo chino fuese más ortodoxo y brutal, la clave era debilitar y complicar lo máximo posible al rival militar mas poderoso o sea la URSS.
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Viniendo al presente, en el gobierno de Biden y en ciertas agencias claves de Washington, parece comenzar a ganar fuerza una versión 2.0 de la tesis de 1968 de este monumental politólogo.
La guerra en Ucrania tiende a acelerar y potenciar un proceso que tendrá un fuerte impacto a escala global pero especialmente en América Latina, Europa y algunas zonas de Asia. En espacios como el Medio Oriente, otras zonas de Asia y África, el énfasis de Washington en lo políticamente correcto ha tendido a ser menor.
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Nos referimos a reciente decisión de abrir canales de diálogo con Venezuela, ergo con Cuba que ejerce un fuerte control sobre ese país. El objetivo principal parece ser buscar espacios que tiendan a limitar el uso de suelo venezolano y también cubano por parte de las fuerzas militares rusas. Dada la condición de EEUU como un creciente mega productor de petróleo y de gas, el rol de Venezuela como país donde abunda los hidrocarburos no seria la razón principal, pero seguramente estará presente.
El tema de los DDHH y la calidad democrática que con una breve pausa en parte del primer mandato de Reagan entre 81 y 82, ha sido la permanente prédica y agenda para América Latina, parece llamada a estar más subordinada a la estabilidad y la seguridad nacional de los EEUU. Este es un factor clave para ser analizado y cabalmente entendido por los sectores políticos que tienden a tener como banderas el ideario republicano, la libertad económica y un estrecho vínculo con los EEUU y Occidente.
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