La primera cumbre Biden-Putin: China espera que todo siga igual o aún peor entre ambos

FOTO DE ARCHIVO: El presidente ruso, Vladimir Putin, y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, se dan la mano durante su encuentro en Moscú, Rusia, el 10 de marzo de 2011. REUTERS/Alexander Natruskin
FOTO DE ARCHIVO: El presidente ruso, Vladimir Putin, y el entonces vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, se dan la mano durante su encuentro en Moscú, Rusia, el 10 de marzo de 2011. REUTERS/Alexander Natruskin

Transcurría el último tramo del 2016 y el siempre vigente H. Kissinger exponía antes un público especializado lo que podría ser considerado su primer y principal consejo al recientemente electo Donald Trump. En la visión del que fuese el arquitecto de la política exterior de la Casa Blanca entre 1969 y 1977, incluyendo la incorporación en 1972 de la China de Mao al entramado de instituciones creadas por la hegemonía de Washington pos segunda guerra mundial, era fundamental que los próximos mandatarios estadounidenses dedicaran su tiempo, paciencia e inteligencia a construir una relación prudente y con espacios de mayor cooperación con Rusia. Ello, en su visión, era el resultado natural del ascenso de China, y la compleja y larga puja por la primacía que la misma tendrá con los EEUU.

En ese mundo más y más bipolar, Rusia ya no sería el principal rival. Por ello, Trump y sus sucesores debían, según Kissinger, evitar caer en la inercia de seguir viendo a Moscú con los ojos de la guerra fría ya terminada y ganada. Durante las poco más de dos décadas posteriores, caracterizadas por la unipolaridad americana, los sucesivos gobiernos de Clinton, Bush jr y Obama no le otorgaron la suficiente importancia a las sensibilidades estratégicas e históricas de Rusia. Estas mismas administraciones tendieron a no poner el foco de la atención de la seguridad nacional en el ascenso de China. Desde el mundo académico, con epicentro en los mismos EEUU, diversas eminencias del pensamiento Realista intentaron en vano revertir esta errada combinación. La cual no hizo más que acercar a Moscú y Beijing. Ello fue y es así, pese a las históricas divergencias, conflictos y aún choques armados que tuvieron estos dos países. El último ellos en 1969, durante el último tramo del régimen de Mao. El cual, pocos años después, se acercaría fuertemente a los EEUU de la mano de Nixon y Kissinger.

Entre los materiales de la guerra fría que se han desclasificado en las últimas décadas, figura una llamada telefónica del líder soviético L. Brézhnev proponiendo al mismo Nixon un ataque nuclear conjunto contra la China maoísta. No casualmente, al día de hoy Rusia sigue siendo un firme aliado y gran proveedor de armas sofisticadas de la India, la potencia regional más enfrentada históricamente con el régimen chino. Durante el choque entre fuerzas militares que se dio el año pasado y donde murieron decenas de soldados de ambos países, el gobierno de Putin ordenó acelerar la entrega de sistemas de armas que Nueva Delhi había adquirido. Asimismo, las fuerzas militares rusas han venido modernizando sus capacidades convencionales y nucleares tácticas en las zonas fronterizas a China. También, Rusia mantiene fluidas relaciones diplomáticas y militares con un enemigo histórico de China tal como es Vietnam. Por esas vueltas del destino, tanto la India como Vietnam tienen en Moscú y Washington dos de sus principales aliados estratégicos. En otras palabras, habrá que esperar a ver hasta qué punto el altamente experimentado y profesional equipo que tiene Biden en las áreas de política exterior y Defensa lograr ir encarrilado de manera seria y pragmática la relación con Rusia. Al mismo tiempo que la Casa Blanca busca mantener parte del capital simbólico para los sectores más ideologizados y dogmáticos de la base electoral demócrata, que desde la derrota de H. Clinton en las manos de Trump en el 2016, ven en Putin y en su país como la clave para explicar todos los problemas americanos. Desde ya este relato nunca pudo ser comprobado por el FBI ni por la Justicia. Al tiempo de tener serias debilidades conceptuales.

Sería llamativo que la inteligencia rusa lograra controlar a favor de Trump los resultados hace 5 años cuando el poder estaba aún en manos de Obama y los Demócratas, y esa misma injerencia rusa fracasara en noviembre 2021 cuando el teclado del poder estaba en las manos de Trump. Biden y sus asesores deberán tomar la decisión de comenzar a jugar en serio y dar paso a paso un acercamiento con Moscú que le vaya complicando a China sus márgenes de maniobra estratégicos o seguir con una rusofobia que solo alegra al régimen chino y a las minorías militantes y más movilizadas del partido gobernante en los EEUU. Una versión americana del relato actual en la Argentina, en donde el gobierno hace masivas cabriolas discursivas y retóricas para dejar contenta a pequeñas burguesías urbanas de izquierda. Las cuales tienden a emocionarse más con una foto de Fidel y el Che que con una de Perón. Desde ya si el decisivo conurbano bonaerense y su tercera sección electoral son inmunes e indiferente a estos malabarismos discursivos. Por todo ello, Beijing seguramente estará ansiosa y deseosa que la Casa Blanca siga entrampada en una pésima relación con el Kremlin. En esta reunión y en los meses por venir, veremos o no los quilates de estadista del presidente Biden.

Por último, pero no por ello menos importante para nosotros, sería relevante que nuestros gobernante comprendieran cabalmente que Rusia y China distan de ser una alianza férrea e inconmovible. Un dato importante para relativizar algunos clichés que circulan por estas tierras acerca de que la receta para el éxito argentino es subirse al carro guiado por Beijing y Moscú. No sea cosa que en un momento determinado esos caballos tiren para sentidos opuestos. Por esas vueltas y travesuras de la historia, muchos de los furiosos críticos de las mal llamadas relaciones carnales del periodo de Menem, hoy parecen inclinados a llevar a cabo un vínculo carnal con los rivales de los EEUU. El tan citado y al parecer poco entendido A. Jauretche les diría que lo importante no es cambiar de collar sino dejar de ser perro.