COVID-19: el Chernobyl chino

El dique finalmente se rompió y la evidencia de que el virus pudo haber escapado del Instituto de Virología de Wuhan (WIV) se ha derramado

Personal de seguridad en la entrada del Instituto de Virología de Wuhan. REUTERS/Thomas Peter/File Photo
Personal de seguridad en la entrada del Instituto de Virología de Wuhan. REUTERS/Thomas Peter/File Photo

Hace unos días el presidente Joe Biden ordenó a la inteligencia de Estados Unidos que profundice sobre los orígenes del COVID-19. Está tratando de encubrir el vergonzoso cierre que ordenara de la investigación anterior, porque el dique finalmente se rompió y la evidencia de que el virus pudo haber escapado del Instituto de Virología de Wuhan (WIV) se ha derramado. Siempre fue razonable preguntarse si el virus podría provenir de un laboratorio cercano al lugar de su aparición y que, además, maneja virus peligrosos. Después de todo, ¿qué probabilidad hay que, de todas las ciudades del planeta, aparezca este coronavirus precisamente en donde hay un laboratorio con problemas de seguridad que lleva años jugando con ese mismo tipo de coronavirus, sin que haya provenido de ese laboratorio? Y si esta probabilidad es remota, aún más baja es la siguiente: ¿Qué probabilidad hay de que un régimen comunista diga la verdad?

La publicación de la correspondencia electrónica de Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, obtenida por The Washington Post y Buzzfeed revela que desde el inicio de la pandemia se plantearon dudas sobre su origen, y que fueron sistemáticamente negadas. En un correo del 1 de febrero de 2020 Kristian Andersen, virólogo del Instituto de Investigación Scripps en California – principal organismo de biomédica de los Estados Unidos- expresó a Fauci que “al ver de cerca todas las secuencias del virus, algunas de sus características parecen diseñadas” y que, junto a otros tres colegas, habían descubierto en un genoma “características inusuales” del virus que dan indicios de creación artificial en laboratorio. La controvertida afirmación fue desestimada por Fauci y otros expertos, quienes declararon que la filtración del virus desde el laboratorio de Wuhan era “extremadamente improbable”.

El 6 de febrero de 2020, Botao Xiao de la Universidad de Tecnología del Sur de China publicó un artículo en el que concluía que el virus “probablemente se originó en un laboratorio en Wuhan”. Pero el gobierno chino, que controla estrictamente la investigación sobre los orígenes de COVID-19, lo amenazó y el investigador de biomecánica molecular debió retirar su publicación.

Ante la insistencia de la administración de Donald Trump sobre esta teoría, el Partido Comunista se ofendió y su embajador en Washington declaró que las teorías de filtraciones de laboratorio eran “absolutamente locas” y podrían “avivar la discriminación racial y la xenofobia”. Esta reacción es deprimentemente familiar: se desprestigia, destruye y censura a quien cuestiona el discurso ideológico de los intelectuales del espectro corrido a la izquierda.

Los medios optaron por su negación y el clero de salud pública también estableció límites para la discusión permisible: el 19 de febrero de 2020, The Lancet publicó una declaración condenando las “teorías de conspiración que sugieren que Covid-19 no tiene un origen natural”. Aunque algunos académicos discreparon, el documento se promovió como prueba de que la posibilidad del laboratorio estaba desacreditada, a pesar que el testimonio de The Lancet fue preparado por Peter Daszak, cuya organización EcoHealth Alliance ha financiado investigaciones en el WIV por 3,4 millones de dólares.

Por otra parte, el National Institute of Health (NIH) que dirige Fauci viene financiando desde 2015 al mismo laboratorio para realizar estudios sobre murciélagos encontrados en cuevas rurales que son manipulados genéticamente mediante la técnica de investigación llamada “ganancia de función”, que incrementa las habilidades de un patógeno -transmisibilidad, letalidad o habilidad para superar una respuesta inmune- creando un nuevo virus que no existe en la naturaleza. De hecho, en el año 2015 un grupo de quince científicos que trabajaban con el Instituto de Wuhan creó un virus quimera a partir de dos coronavirus diferentes cuyo resultado fue una versión más peligrosa y con el potencial de convertirse en pandemia. La semana pasada, en una audiencia ante el Senado en la que se abordó la implicación de los NIH en los trabajos de campo en Wuhan, Fauci negó que los fondos hubiesen sido destinados para la llamada ganancia de función pero admitió que nunca se sabe si los científicos pueden estar mintiendo sobre sus experimentos.

Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades infecciosas. Stefani Reynolds/Pool via REUTERS
Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades infecciosas. Stefani Reynolds/Pool via REUTERS

Pero quizás lo más importante es que la propia ciencia es la que sugiere una fuga en el laboratorio de Wuhan. El SARS CoV-2 está potenciado respecto de otros coronavirus porque presenta un genoma llamado “doble CGG”, que indica la producción de dos aminoácidos de arginina seguidos. Si la inserción hubiera tenido lugar de forma natural, mediante recombinación, hubiera aparecido una secuencia sin repetición porque CGG rara vez se usa en la clase de coronavirus que pueden recombinarse con SARS CoV-2. De hecho, en toda la clase de coronavirus, la doble CGG nunca se ha encontrado de forma natural. Y es muy poco probable que un virus detecte una secuencia de otro si ésta no está presente en sí mismo. Pero aunque la doble CGG se suprime de forma natural, ocurre lo contrario en el trabajo de laboratorio. La secuencia de inserción de elección para potenciar un virus es siempre la doble CGG porque está disponible, es conveniente y los científicos tienen mucha experiencia en insertarla. Cuando Shi Zhengli y sus colegas del laboratorio publicaron un artículo en febrero de 2020 con el genoma parcial del virus, omitieron cualquier mención de la rara sección doble CGG. Pero en cuestión de semanas, los virólogos Bruno Coutard y otros publicaron su descubrimiento de la secuencia en CoV-2: el doble CGG estaba ahí, solo había que mirar. Existe evidencia científica adicional que apunta al origen de la ganancia de función del SARS CoV-2. Mientras SARS y MERS, de origen natural, evolucionaron a medida que se propagaban por la población humana hasta dominar las formas más contagiosas, el Covid-19 apareció en humanos ya adaptado a una versión extremadamente contagiosa. Todo esto podría haber sucedido al azar, a través de mutaciones. Pero, como mínimo, estas evidencias implican que no puede descartarse la teoría sobre el origen del coronavirus como escape de laboratorio y no de origen animal.

El actual escrutinio hacia China debió haber comenzado hace un año, pero el partidismo de los medios y de “expertos” que hicieron cálculos políticos descarriló la discusión. El doctor Fauci ha dicho que sus correos fueron sacados de contexto, lo que puede ser cierto. Pero es una razón más para investigar los vínculos de Estados Unidos con el WIV y la financiación de la investigación de la ganancia de función. El problema se relaciona con los orígenes de Covid, pero también con los riesgos y beneficios futuros de dicha investigación y de futuras pandemias.

No soy científica en la materia y no pretendo emitir un dictamen sobre el origen del virus. Solo traigo a luz los hechos para que sean sometidos al sentido común. Pero sobre lo que sí me parece importante emitir opinión es sobre que si una pandemia de la magnitud de la actual, con la cantidad de muertos y pérdidas que ha provocado, se hubiera iniciado en cualquier país occidental y democrático que tuviera un laboratorio que manipula virus peligrosos, hubiera sido un escándalo de magnitudes impensadas, y se hubiera sometido hasta el más mínimo asunto a un escrutinio minucioso y permanente, ejerciendo anticipadamente el peso de la responsabilidad, y el de la condena legal y moral.

Pero como es China, la cuestión no solo permanece abierta; con toda probabilidad desafiará una resolución final a menos que, y hasta que, el gobierno chino presente sus propios registros, lo que parece bastante improbable dada la actitud de sumisión y respeto de Occidente hacia el gigante asiático, el que goza de una consideración del mainstream internacional que se le niega arbitrariamente a cualquier otro líder que saque las patas del plato socialista. Ya no se trata solo de la falta de transparencia y del error del régimen comunista; se trata, sobre todo, de la obscena recuperación en Occidente del prestigio académico e intelectual del comunismo, encarnado hoy en día en China. Decir esto no es, ni remotamente, producto de una conspiración. Es una degradación lenta e inorgánica de nuestros valores como la verdad y la libertad, una repetición desarticulada de dogmas y una resemantización vacía que ha logrado que en el mundo académico y cultural se llame antifacista al movimiento más fascista de los últimos años.

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