
El último 28 de febrero, el filósofo italiano Giorgio Agamben escribió su artículo “La invención de una epidemia”, en el que minimizaba la enfermedad diciendo que era apenas diferente de una simple gripe, y añadía que, habiéndose agotado el tema del terrorismo para infundir miedo en la sociedad, el virus era el nuevo pretexto para coartar libertades porque los seres humanos están dispuestos a entregar todo con tal de conservar la salud. Sostenía que los gobiernos, con la complicidad de los medios, inventaban estados de excepción para aplicar políticas fascistas y militarizadas. Jean-Luc Nancy descartó esa teoría conspirativa y, no sin malicia, recordó que hace treinta años él debía ser sometido a un trasplante de corazón y que fue justamente su amigo Agamben el único que le recomendó no escuchar a los médicos y no hacerse la operación, con lo cual da a entender que Agamben es un espíritu refinado y bondadoso al que conviene no tener mucho en cuenta cuando se habla de medicina.
Por su parte, Slavoj Zizek también refutó a Agamben y, desde otra perspectiva, sostuvo que en las crisis todos somos socialistas, incluyendo a Trump que anuncia el reparto de cheques de mil dólares para todos los ciudadanos adultos, con lo cual cree que la salida de esta epidemia probablemente sea en dirección de alguna forma modesta de comunismo.
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Frente a las salidas simplistas del fascismo light de Agamben o del comunismo light de Zizek, aparecieron las opiniones mucho más sofisticadas del filósofo coreano, radicado en Berlín, Byung-Chul Han (en El País de Madrid) y del historiador israelí Yuval Harari (en el Financial Times). Ambos se preguntan por qué los países asiáticos, a pesar de haber sido los primeros afectados, han sido más exitosos que los países occidentales en el combate del virus y ambos coinciden en un punto inquietante: han sido exitosos no por una virtud sino por un defecto, su cultura autoritaria.
Es esa cultura autoritaria la que los llevó a tener un gigantesco sistema de control digital sobre los ciudadanos, una suerte de STASI informática. Cuando un pasajero sale de la estación de Pekín, recuerda Han, es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Y si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación inmediata en sus teléfonos móviles, no en vano el sistema sabe dónde va sentado cada uno. Compárese la diferencia abismal entre ese dispositivo y una mínima anécdota doméstica de esta semana: un profesor de historia de Puan dio positivo en su examen de coronavirus, razón por la cual todos los alumnos que van a esa universidad, incluso los de otras carreras, recibieron un mail preguntando quién había rendido últimamente examen con ese profesor: delicias del desorden. En China la cuarentena es controlada con drones y si alguien la rompe un drone se dirige volando hasta el transgresor ordenándole regresar a su vivienda. Harari recuerda que sensores ubicuos y poderosos algoritmos son infinitamente más eficientes que la KGB de Stalin. Basta tocar el teléfono celular con el dedo para que el Estado pueda saber la temperatura de los individuos. Sin embargo, en Europa y en Latinoamérica la protección de datos hace completamente inviable el combate digital del virus. Y Han añade otro punto: las mascarillas, que según él son útiles y se han usado en los países asiáticos, en occidente no se emplean no por inservibles sino por una cuestión cultural: la cara tapada está asociada al oscurantismo.
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La gran pregunta que nos hacemos, teniendo en cuenta que en las emergencias los procesos históricos se aceleran, es si la epidemia abre el camino para que China “exporte” a Occidente su Estado policial digital, como un modelo de éxito, y entonces –como cree Agamben– esta es una revolución viral en dirección de un estado de excepción perpetuo, un terrorífico sistema de control tipo “Gran Hermano”, que monitoree y manipule la angustia y los gustos de cada ciudadano, o si, por el contrario, abrirá paso –como sospecha Harari– a un reforzamiento de los derechos individuales, a partir de un buen sistema de información que lleve a cada uno a actuar racionalmente, combinado con una solidaridad global que permita, en casos muy precisos y excepcionales, usar esa tecnología para salvar no ya a los asiáticos sino a todos. Esta última es una sintaxis dificultosa, pero las utopías son el cemento de nuestra esperanza.
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