El presidente Hasan Rohani, el líder supremo Ali Khamenei y el presidente del parlamento, Ali Larijani (Reuters)
El presidente Hasan Rohani, el líder supremo Ali Khamenei y el presidente del parlamento, Ali Larijani (Reuters)

Como se suele decir, cada crisis, por más profunda y grave que resulte, también brinda una oportunidad positiva. La crisis actual entre la República Islámica en Irán y los Estados Unidos puede no ser una excepción. El intenso ruido de sables en ambos lados, combinado con lo que podríamos llamar "diplomacia de gestión dura", ha reavivado el interés en lo que es un conflicto existente desde varios años. Ese interés renovado podría utilizarse para persuadir a ambas partes, y a otras personas e intereses involucrados en el "problema de Irán" para que visiten y conozcan los orígenes y las causas fundamentales del conflicto. Una vez hecho esto, la comunidad internacional, Estados Unidos, sus aliados, y el propio régimen khomeinista deberían encontrar formas realistas para desactivar la situación. Pero para que eso se pueda hacer se deben dar una serie de pasos.

Para empezar, los interesados y la opinión publica deben darse cuenta de que la crisis en cuestión no es causada por ninguna de los disparadores tradicionales de conflicto entre las naciones-estado. La República de Irán y los Estados Unidos no tienen un problema fronterizo o territorial, no están luchando por el acceso a los recursos naturales y no tratan de arrebatarse participación en los mercados. Tampoco ninguno de los dos está peleando por recursos hídricos, por un acceso a mar abierto o por asuntos relacionados a su seguridad nacional. En otras palabras, la crisis actual no es un conflicto internacional de los clásicos. Una de las principales razones es que Irán ya no se comporta como un estado-nación sino como un régimen que pavimenta el camino a una ideología expansionista y anexionista.

También es cierto que se podría inferir que el aspecto ideológico también está presente del lado estadounidense, como lo demuestran ciertas posiciones discursivas sobre democracia y derechos humanos de Washington. Sin embargo, décadas de guerra fría con la ex Unión Soviética como adversario ideológico mostraron que Estados Unidos tuvo un gran éxito en colocar el aspecto ideológico del conflicto en el marco de comportamiento de un estado-nación.

En el caso del conflicto actual con la República Islámica, EEUU ha indicado en varias ocasiones que podría hacer lo mismo siempre que los gobernantes khomeinistas continuaran su lucha ideológica contra los "valores estadounidenses" como un estado-nación mediante estándares generalmente aceptados de comportamiento internacional. Pero no en la forma en que lo hace actualmente, es decir como un régimen financiador del terrorismo regional e internacional generador de crisis en el mundo árabe islámico y en todo Oriente Medio.

Estados Unidos nunca compartió, y mucho menos aprobó la ideología comunista de la ex Unión Soviética, pero los estadounidenses fueron capaces de tenerla en cuenta como un elemento, entre muchos, en una relación de confrontación compleja. A partir de Nikita Khrushchev, los líderes soviéticos estaban dispuestos a corresponder ese enfoque, aunque decían que querían "enterrar el capitalismo" e hicieron un amplio uso de manejos oscuros, trampas y maniobras poco claras para promover su causa. Sin embargo, todo lo que se hizo fue dentro de los parámetros del comportamiento de "la guerra fría". En otras palabras, la URSS perseguía sus objetivos ideológicos, que con el tiempo se hicieron menos definidos por métodos no ideológicos, donde la ideología fue abandonada sin reparos.

En 1970, cuando Irán decidió establecer relaciones diplomáticas con la China "roja", no exigió que China dejara de ser comunista o que dejara de albergar a docenas de iraníes anti-Shah que habían viajado a los dominios de Mao para entrenarse como guerrilleros. Lo que Teherán exigió fue que Pekín dejara de armar a los insurgentes omaníes que operaban desde el sur de Yemen, luego bajo el control comunista, y que concluyera un acuerdo comercial con Irán. Dos años más tarde, el éxito del experimento chino de Irán alentó a la administración de Nixon en Washington a lanzar también un proceso de normalización con Beijing, lo que finalmente llevó a relaciones diplomáticas plenas. Sin embargo, los precedentes históricos pueden no ser siempre aplicables a todas las situaciones de conflicto. Y, en general, resulta difícil imaginar a la República Islámica, bajo el extraño liderazgo del ayatollah Ali Khamenei, sacrificando sus pretensiones ideológicas para promover el interés de Irán como estado. No obstante, aunque es difícil de imaginar, siempre que el nivel de presión actual se mantenga, tanto por la oposición interna como por parte de sus numerosos enemigos y adversarios del exterior, puede verse obligado a considerar otras opciones además del desafío auto-destructivo en el que esta embarcado.

El debate interno esta instalado en Irán y el régimen avanza sobre la opinión pública como no se vio antes. El Segundo Imam ha hecho una reaparición espectacular dentro del establecimiento khomeinista. En abril fue reeditada una biografía de él, escrita por un autor árabe y traducida por Khamenei, con un prefacio que para la ocasión fue utilizada como excusa para extensos debates en los medios oficiales y círculos intelectuales. El martes pasado, el Ministro de Seguridad Islámico, Ayatollah Mahmud Alawi, elogió la estrategia de Imam Hassan como "inspirada divinamente". "El Imam de la Ummah no siempre tiene que levantarse", dijo el ministro. "Hay momentos en que las rodillas del Imam son una fuente de inspiración para sus seguidores".

Hay otras señales de que Khamenei puede estar contemplando lo que él ha llamado "flexibilidad heroica". La máquina oficial de propaganda ya está preparada para reclamar la victoria de la República Islámica. La agencia de noticias oficial informó el 21 de mayo que "el mundo ya está escuchando el sonido de la ruptura de los huesos de Estados Unidos". Otra señal es que la fecha fijada por el "Guía Supremo" para que Israel desaparezca de la faz de la tierra será en el año 2050. Más importante aún, ahora el régimen dice que la "desaparición" de Israel se producirá al mismo tiempo que "el fin de Estados Unidos". "El Irán islámico será testigo de la caída de la América satánica y devoradora de la tierra y del usurpador Israel en 2050", aseguró a la audiencia el general Hamid Abazari, uno de los estrategas de la Guardia Revolucionaria Islámica.

¿Uno debería considerar todo eso como una buena noticia? No necesariamente. La locura que es el khomeinismo siempre ha tenido su método que incluye la rendición abyecta cuando se lo presiona demasiado fuerte y la agresividad descarada cuando se alivia la presión sobre el régimen. En consecuencia, el desafío al que se enfrenta Irán es deshacerse de esa locura por completo, ya que cada episodio de trampa y retirada hace que la cura final sea mucho más difícil. Sin embargo, contrariamente a las afirmaciones del lobby favorable al gobierno teocrático de Khamenei, la elección no es entre rendirse a la locura khomeinista o la invasión a gran escala de Irán. En consecuencia, es claro que solo cuando el umbral de dolor del "Guía Supremo", agote la tolerancia aceptable ante las cada vez más asfixiantes sanciones económicas sobre su régimen, recién será el momento en que éste reconsidere sus opciones. Y en este momento, aunque se esté cerca, todavía no se ha alcanzado ese punto.

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