Miguel Báez se infiltra por un estrecho túnel entre las ruinas de los terremotos en Venezuela. Lo mueve la desesperación por encontrar los restos de los suyos, y, en el trayecto, arrastra el trauma de ver cadáveres, cuerpos desmembrados... y hasta temer su propia muerte.
“Yo quiero estar acá hasta lo último” por “la incertidumbre de que no sé si vivieron o no están, o por lo menos conseguir(los) para darles una sepultura como se merecen”, dice este hombre delgado, de piel morena y mirada apagada.
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Usa casco azul y camiseta negra sucia del polvo que levanta una retroexcavadora a pocos metros. Camina ágil sobre ladeadas placas de hormigón hasta un agujero de donde voluntarios como él sacan baldes llenos de escombros.
Este comerciante de 32 años asumió un imprevisto papel de rescatista sin formación alguna desde que el doble sismo del 24 de junio golpeó el costero estado La Guaira. Es uno de los miles de voluntarios que se activaron en la tragedia ante una respuesta oficial lenta e insuficiente.
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Báez cree que su madre Solangel, su hermano Héctor y su sobrina Susej quedaron atrapados en un complejo de viviendas públicas de 12 plantas, en el sector de Caraballeda. El voluntario también difundió sin éxito mensajes con las imágenes de sus rostros, la palabra “desaparecidos” y números de contacto.
Perros buscadores olfatearon el área, socorristas de Brasil, Estados Unidos, México, Honduras y otros países entraron con sensores... Sin señales vitales, Báez perdió al décimo día la esperanza de encontrar a sus familiares vivos.
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Ha visto “personas con vida, gente ayudando”, así como “varios cuerpos en descomposición”. “Estás tratando de luchar, exponerte, rescatar, y en eso te encuentras con personas fallecidas”, cuenta.
Cuando se separa del desastre, la muerte lo persigue en su imaginación: “El cansancio, el estrés te lleva a eso”.
“Viene siendo como un trauma, es psicológico”, reconoce.
“Derrumbado”
Una imagen de Jesucristo recibe a los socorristas en la entrada hecha añicos de dos torres conocidas como OPP 33. Los edificios son ahora un milhojas de techos y suelos con hedor a putrefacción.
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Báez rescató de su apartamento 101 un retazo de cuadro. Recuperó la guitarra de Héctor, de 28 años, y la viola de Susej, de 10. Ambos eran músicos.
Todavía no dan con sus cuerpos casi tres semanas después de la tragedia que deja unos 4.500 muertos.
Hace tres noches, rescatistas hallaron los restos de una menor. “Obviamente nos paramos (levantamos) desesperados corriendo” porque podía ser su sobrina, hija de su hermana Jesurimar. “La infante estaba de las rodillas hacia arriba, estaba aplastada, se le veía lo que era el tronco. Se vio cómo estaba vestida... No era”, dice.
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El mayor de cinco hermanos evita que lo vean “derrumbado”. Se aleja un poco del perímetro para “tratar de desahogarse” y no usa redes sociales.
Desde el primer día del desastre, su rutina consiste en dormir algunas horas y despertar “pensando en qué sucedió, quién trabajó anoche, qué cuerpo encontraron”.
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Báez avanza por la parte trasera de las ruinas, sube al sexto piso y llega hasta un boquete de menos de un metro de diámetro, abierto a fuerza de mandarrias y esmeriles prestados.
Él mismo grabó un video con su celular en las entrañas del edificio, adonde ha bajado varias veces: hombres serpentean entre placas sostenidas con delgados pedazos de escombros. El espacio es tan estrecho que solo pueden avanzar boca abajo.
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Allí lo agarró una de los más de mil movimientos telúricos posteriores que sacuden Venezuela. “Se dio una réplica y estábamos en el piso 2, dirigiéndonos hacia el piso 1” cuando “cedió” la estructura, rememora. “Tuvimos que salir porque si no, bueno...”, comenta sin terminar la frase.
“Dios nos guardó”, asegura.
“Sin nada”
Báez viajaba en autobús por la cercana Maiquetía, donde está el aeropuerto internacional parcialmente cerrado, cuando sintió los terremotos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5.
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Llegó de noche hasta los restos de lo que fue su hogar durante 13 años. Recuerda “gente corriendo, gritando en desespero” entre una nube de polvo.
Desde entonces, “quedamos sin nada, no tenemos rumbo”, lamenta. Pernocta en carpas donadas junto a otros familiares.
Maquinaria pesada remueve escombros, así como olores y moscas. Sabe que está expuesto a enfermedades: “Cuando comes hay infecciones, moscas que se paran en la comida, se paran en el cadáver”.
Un cielo gris acecha La Guaira y Báez se resguarda en su campamento. La lluvia frena las labores de búsqueda.
En su celular revisa fotos de momentos con su madre Solangel, de 48 años: día de las madres, salidas familiares. Se le aguan los ojos.
“Ya no nos quedan prácticamente lágrimas para poder expresar y sentir lo que sentimos”, explica.
AFP
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