
La angustia de Anne Ndarua es palpable. Esta madre keniana no ha logrado comunicarse con su único hijo, Francis Ndung’u Ndarua, desde octubre, cuando desapareció tras haber viajado a Rusia en busca de un empleo como ingeniero eléctrico. Anne contó a la cadena CNN que seis meses antes, Francis había abandonado su pequeño hogar a las afueras de Nairobi, convencido por la promesa de un futuro mejor. Para costear la oportunidad, pagó cerca de 620 dólares a un intermediario. Desde su partida, Anne solo ha recibido señales inquietantes: primero, un video donde Francis, visiblemente asustado, advertía a otros africanos sobre los riesgos de aceptar trabajos en Rusia. “Acabarás en el ejército, aunque nunca hayas servido, y te llevarán al frente de batalla. Y hay verdaderas matanzas”, declara Francis en la grabación enviada desde un número desconocido de Kenia.
Una semana después, las redes sociales difundieron imágenes aún más estremecedoras: Francis, uniformado y con una mina terrestre atada al pecho, escuchaba mientras un hombre rusoparlante profería insultos racistas y anunciaba que lo usarían como “abrelatas” en el asalto a posiciones ucranianas. “Es tan traumatizante”, relató Anne Ndarua a CNN, explicando que no pudo ver el video completo tras lo que le contó su hija. Desesperada, accedió a ser entrevistada para intentar presionar a los gobiernos de Kenia y Rusia a que intervengan. “Hago un llamamiento a los gobiernos de Kenia y Rusia para que colaboren y traigan a esos niños a casa”, pidió. “Les mintieron sobre trabajos reales y ahora están en guerra y sus vidas corren peligro”.

El caso de Francis ilustra una problemática creciente. Una investigación de CNN ha documentado cómo un número cada vez mayor de africanos termina combatiendo para Rusia en Ucrania, tras ser atraídos por anuncios de empleos civiles y promesas de sueldos altos, primas por contratación e incluso la ciudadanía rusa. Los datos exactos de cuántos africanos han sido reclutados no están disponibles, pero testimonios y documentos verificados por la cadena estadounidense revelan una red de captación que abarca países como Kenia, Ghana, Nigeria y Uganda.
La investigación de la cadena estadounidense se basó en cientos de conversaciones en aplicaciones de mensajería, contratos militares, visas, reservas de vuelos y hoteles, así como testimonios directos de combatientes africanos en Ucrania. En todos los casos, el patrón se repite: agentes prometen trabajos de conductor, guardia de seguridad o similares, con primas de hasta 13.000 dólares, salarios mensuales de 3.500 dólares y la posibilidad de obtener la ciudadanía rusa tras cumplir el contrato. Una vez en territorio ruso, los reclutas son obligados a alistarse en el ejército, a menudo bajo coacción y sin comprender los términos del contrato, ya que se firma solo en ruso y sin acceso a abogados o traductores. A muchos se les retira el pasaporte, impidiéndoles regresar a sus países de origen.
Uno de los combatientes, entrevistado bajo anonimato, relató: “Mientras estábamos en el frente, un soldado ruso me obligó a darle mi tarjeta bancaria y mi PIN a punta de pistola”. Posteriormente, descubrió que le habían retirado casi 15.000 dólares de su bonificación, dejándolo sin fondos. “Llevo siete meses aquí y no me han pagado ni un céntimo. Prometen comprobarlo, pero no hacen nada”. Otros combatientes afirmaron que, de los que viajaron juntos, cuatro han muerto en combate. Los entrevistados también denunciaron racismo, abusos psicológicos y condiciones de vida extremas.
Las cláusulas de los contratos militares obtenidos por CNN muestran obligaciones mucho más duras que las ofertas iniciales: participación en operaciones de combate, despliegues en el extranjero, estrictos requisitos de lealtad, obligación de reembolsar al Estado el coste del entrenamiento militar y restricciones a la privacidad. El acceso a secretos de Estado puede implicar la prohibición de viajar al extranjero y la entrega obligatoria del pasaporte, así como limitaciones de por vida para divulgar información sensible. Aunque la ley rusa establece que solo los extranjeros que dominen el idioma pueden ser soldados, ninguno de los africanos entrevistados hablaba ruso.
Las autoridades de países africanos como Botsuana, Uganda, Sudáfrica y Kenia han reconocido el problema. Medios locales han informado sobre ciudadanos engañados y convertidos en mercenarios para Rusia en Ucrania, mientras que autoridades han advertido a la población sobre los peligros de aceptar tales ofertas.

En contraste con la dura realidad, la imagen que circula en redes sociales es muy diferente. Algunos reclutas africanos, uniformados, publican videos en los que aseguran que la experiencia es positiva y los beneficios importantes. Un nigeriano anónimo, acompañado de un venezolano, afirma en un video viral: “Para quienes estén en áfrica, en Nigeria, y quieran unirse al ejército ruso, es muy fácil y muy bueno, sin estrés”. El soldado ghanés Kwabena Ballo responde en TikTok a quienes preguntan por su salario: “Mi sueldo podría alimentar a tu padre, a tu madre y a toda tu familia durante dos o tres años”. Estas publicaciones, en ocasiones en idiomas locales como igbo, suajili o twi, buscan llegar directamente al público de países africanos.
Sin embargo, de la docena de reclutas africanos en Ucrania entrevistados por CNN, todos menos uno manifestaron su deseo de abandonar el ejército ruso, incluso aquellos con experiencia militar previa en sus países. Relataron haber visto los cuerpos de compatriotas pudrirse en el campo de batalla durante meses, la pérdida de extremidades sin compensación y el trato denigrante de los oficiales rusos.
Patrick Kwoba, carpintero keniano de 39 años, fue convencido por un amigo que ya estaba en el ejército ruso. Tras pagar $620 dólares a un agente, creyó que trabajaría como guardia de seguridad. Solo recibió tres semanas de entrenamiento antes de ser enviado a Ucrania. Resultó herido en una emboscada y sufrió el rechazo de su compañero ruso cuando solicitó ayuda. “Mientras te hayas unido al ejército ruso, escapas o mueres”, declaró tras su regreso a Kenia, después de huir con ayuda de la embajada en Moscú.

El fotógrafo Charles Njoki también fue víctima de estas redes. Vendió su auto y viajó a Rusia tras postularse como operador de drones. Al poco tiempo de su llegada, su esposa sufrió un aborto espontáneo, pero él no se enteró hasta días después, ya que les habían confiscado los teléfonos. Njoki resultó herido en un ataque con drones y requiere cirugía en la mano y la columna. “Le mienten a la gente. El dinero que dicen que están pagando no es cierto”, explicó tras regresar a Nairobi.

Ucrania ha solicitado a los gobiernos africanos que detengan el flujo de hombres hacia el ejército ruso. “Si están en primera línea, son nuestros enemigos y Ucrania se defiende”, declaró el embajador ucraniano en Kenia, Yurii Tokar, a CNN. “Esto debe detenerse”.
Mientras las autoridades rusas no responden a las acusaciones de reclutamiento engañoso y las familias africanas buscan respuestas, el drama de decenas de jóvenes como Francis Ndung’u Ndarua sigue sin resolverse.
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