
Puertas cerradas, cámaras de seguridad y la constante amenaza de redadas policiales fueron durante años parte del día a día para los tatuadores en Corea del Sur. A pesar de la creciente popularidad de los tatuajes entre la juventud surcoreana y la presencia visible de esta forma de arte en las calles de Seúl, la práctica profesional del tatuaje permaneció en la ilegalidad durante más de tres décadas.
Esta situación cambió el jueves 25 de septiembre de 2025, cuando el Parlamento surcoreano aprobó por unanimidad una ley que legaliza la actividad, marcando un giro histórico en una industria del tatuaje que floreció en la clandestinidad. La decisión representa el fin de una era de secretismo, multas y estigmatización para miles de artistas y clientes.
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Durante años, la vida de los tatuadores surcoreanos estuvo marcada por la vigilancia y el temor a la persecución. Kim Chan-hoe, conocido profesionalmente como Sulhong y propietario del estudio Red Waikiki en Seúl, relató a CNN que cada jornada laboral implicaba asegurar la puerta y revisar las cámaras para evitar la presencia policial. “Cuando entro en una comisaría o una oficina gubernamental, no me ven como un artista, sino como un criminal con equipo de tatuaje”, explicó Kim, quien lleva 17 años en la profesión.
Las redadas eran frecuentes y las multas, elevadas: la ley contemplaba hasta cinco años de prisión y sanciones de hasta 50 millones de wones (unos USD35.860), aunque en la práctica las penalizaciones solían oscilar entre uno y cinco millones de wones (USD 717 a USD 3.590). Kim afirmó que fue denunciado en promedio dos veces al año, lo que desencadenaba meses de investigaciones y, en ocasiones, multas colectivas para varios miembros del estudio.
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La clandestinidad obligó a los artistas a operar en estudios discretos, ubicados en pisos altos y sin señalización visible. El uso de seudónimos era habitual, y muchos evitaban aceptar pagos con tarjeta para no dejar rastros. Sisi, tatuadora con más de ocho años de experiencia en el estudio de Kim, recordó a CNN cómo una vez la policía irrumpió en plena sesión tras hacerse pasar por clientes. Además, la profesión debía ocultarse en trámites oficiales: “La mayoría de la gente escribiría ‘freelancer’ en los papeles oficiales, porque si admiten ser tatuadores, los rechazan”, relató Sisi.
La raíz de la ilegalidad se remonta a 1992, cuando el Tribunal Supremo de Corea del Sur dictaminó que el tatuaje era un procedimiento médico, restringido a profesionales sanitarios bajo la Ley de Servicios Médicos. Esta visión reflejaba la opinión pública de la época, que asociaba los tatuajes con la marginalidad y el castigo, una percepción heredada de la dinastía Goryeo, donde se utilizaban como método punitivo. Aunque portar tatuajes nunca fue ilegal, la práctica profesional sí lo era, lo que generó una contradicción visible en la sociedad surcoreana: mientras los artistas trabajaban en la sombra, los tatuajes se exhibían cada vez más abiertamente, sobre todo entre los jóvenes.
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A partir de la década de 2010, la percepción social comenzó a transformarse. La globalización y la influencia de celebridades como G-Dragon, Lee Hyori y el rapero Jay Park impulsaron la popularidad de los tatuajes, que pasaron de ser un tabú a un símbolo de identidad y modernidad. Kim relató que realizaron “cerca de mil” tatuajes inspirados en los diseños de G-Dragon, reflejo de la demanda creciente entre los jóvenes. El mercado se diversificó: desde estilos tradicionales hasta técnicas modernas como el fine line, característico por sus líneas finas y delicadas, especialmente apreciado por la generación más joven, según explicó Sisi.
El auge de la industria fue notable. En 2019, la Asociación de Tatuadores de Corea estimó que existían unos 20.000 artistas dedicados al tatuaje permanente, en un sector valorado en 200.000 millones de wones (aproximadamente USD 144 millones) anuales. Además, los tatuajes cosméticos, como el maquillaje semipermanente, alcanzaron una popularidad masiva, con 10 millones de surcoreanos que optaron por este tipo de procedimientos, según datos de 2018 citados por la agencia Yonhap.
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El camino hacia la legalización del tatuaje fue largo y estuvo marcado por fracasos legislativos previos. Sin embargo, la llegada del presidente Lee Jae Myung, quien había prometido regular la industria, renovó las esperanzas del sector. El proyecto de ley aprobado por el Parlamento prevé la concesión de licencias formales a los tatuadores y la obligatoriedad de formación en higiene y seguridad. La Asociación Médica de Corea, que representa a 130.000 médicos, se opuso con firmeza, calificando la medida como “un intento legislativo extremadamente peligroso que sacude la base de la ley médica y amenaza la salud pública”. El gremio médico argumentó que el tatuaje implica riesgos de efectos secundarios graves y solicitó la retirada del proyecto.
A pesar de la oposición, la aprobación parlamentaria fue unánime. Kim Chan-hoe expresó a CNN que, tras casi dos décadas en la profesión, la legalización representa el reconocimiento de su labor en la preservación y desarrollo de la cultura del tatuaje. El proceso de regulación aún no concluyó: el gobierno dispone de dos años para definir las normas de higiene, certificación y protección tanto para clientes como para artistas, lo que deja a la industria en un periodo transitorio de legalidad sin regulación específica.
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El futuro inmediato de la industria del tatuaje en Corea del Sur dependerá de la elaboración de un marco regulatorio que equilibre la seguridad sanitaria con la libertad creativa. Artistas como Kim y Sisi consideran que la legalización abre la puerta a una nueva etapa de profesionalización y orgullo. La expectativa es que, una vez implementadas las normas, los tatuadores podrán ejercer abiertamente su oficio y contribuir al reconocimiento del tatuaje como una forma de arte legítima, al igual que ocurre en otros países.
Kim Chan-hoe expresó que la aspiración de los artistas es que la sociedad surcoreana llegue a valorar el tatuaje como una manifestación artística, superando la visión médica y el estigma del pasado.
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