La reunión de hoy en Washington capta la atención internacional: Donald Trump y Benjamín Netanyahu se verán en el salón Oval de la Casa Blanca en busca de una salida negociada al conflicto en Gaza. Sobre la mesa, una propuesta de 21 puntos—redactada por Tony Blair, respaldada por Estados Unidos y avalada por la Liga Árabe—que pretende conseguir un alto el fuego, la liberación de los 48 rehenes de Hamas -se cree que hay 20 de ellos aún con vida- y sentar las bases de una transición institucional en la Franja.
En Israel, la propuesta llegó como un nuevo catalizador de tensiones internas. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, no tardó en marcar sus límites. Según manifestó al primer ministro—de acuerdo con declaraciones recogidas por Times of Israel—el respaldo de su formación, Sionismo Religioso, pasa por condiciones inflexibles: solo apoyarán el acuerdo si asegura el desmantelamiento real de Hamas y otorga a las fuerzas israelíes control absoluto del perímetro de Gaza, incluido el Corredor Filadelfia junto a Egipto. Smotrich fue taxativo: rechaza cualquier papel para la Autoridad Nacional Palestina (AP) en la transición y exige que se elimine toda referencia a un futuro Estado palestino. También pide excluir a Qatar de las labores de gestión y que Egipto facilite la salida libre de gazatíes.

Frente a esas posturas, se evidencian fisuras en la hoja de ruta de Netanyahu y Trump. El borrador del llamado GITA deja abierta la posibilidad de un camino hacia un Estado palestino tras la reconstrucción de Gaza, línea roja para Netanyahu. La negativa del primer ministro israelí fue tajante ante la ONU, donde calificó la idea como una “pura locura”, y desde Washington, Trump se comprometió a frenar cualquier intento israelí de anexar Cisjordania: “No lo permitiré”.
Mientras se entrecruzan las objeciones israelíes, desde el mundo árabe y palestino llegan nuevos condicionamientos. Fuentes citadas por Times of Israel detallan la preocupación de la Autoridad Palestina y varios países árabes: consideran que la propuesta es demasiado dura con el grupo terrorista Hamas y piden sustituir la exigencia de desarme absoluto por una solicitud de entrega de armas. También quieren una transición política claramente alineada con la AP. El despliegue de una fuerza internacional de paz, de acuerdo con los reclamos árabes, debería limitarse a la frontera y no operar dentro de la Franja, inquietud planteada en consultas con Hamas.
Las diferencias alcanzan incluso a la figura de Blair: ni la Autoridad Palestina ni Qatar desean que el ex primer ministro británico ejerza la supervisión del eventual acuerdo. Para la diplomacia estadounidense, que había conseguido el apoyo inicial de parte de los socios árabes, estas modificaciones representan un nuevo obstáculo. La participación de la AP y una posible vía hacia un Estado palestino son para estos actores puntos inamovibles, que Netanyahu busca excluir en la negociación.

El papel de Qatar, mediador clave durante la guerra, según Washington, también se ha vuelto un asunto de disputa. Israel aspira a limitar la influencia qatarí en la posguerra, mientras Estados Unidos insiste en mantener a Doha como parte central del proceso. Surge así el dilema de cómo equilibrar las garantías de seguridad para Israel—que exige libertad de acción frente a cualquier rearme de Hamás—sin alejar a los actores que podrían hacer viable el acuerdo.
Por ahora, las respuestas de las distintas partes mantienen la propuesta en una especie de limbo diplomático. Según informes de Times of Israel, Hamas asegura no haber recibido aún el texto formalmente. Mientras no se logre el visto bueno de todos los implicados, el anunciado acuerdo entre Washington y Jerusalén sigue siendo apenas un boceto, reflejo de un tablero regional marcado por profundas desconfianzas y condiciones opuestas.
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