
La homilía de León XIV se convirtió en un llamado a la renovación y a la apertura dentro de la Iglesia católica, la cual resonó entre los muros de la basílica, donde se congregaron fieles, obispos y arzobispos de distintas partes del mundo.
Durante su homilía, hizo un llamado explícito a la unidad dentro de la Iglesia. “Comprometámonos a hacer de nuestras diversidades un taller de unidad y comunión, de fraternidad y reconciliación para que cada uno en la Iglesia, con la propia historia personal, aprenda a caminar junto con los demás”, afirmó el pontífice.
La ocasión no era menor: la festividad de los santos Pedro y Pablo, figuras centrales para la cristiandad y patronos de la ciudad de Roma, es uno de los momentos más significativos del calendario litúrgico. En este contexto, el papa aprovechó para insistir en la necesidad de que la Iglesia no se estanque en la rutina ni en el ritualismo, sino que se abra a los desafíos contemporáneos.
“Es importante salir del peligro de una fe cansada y estática”, advirtió.

Como parte de la liturgia, el pontífice presidió la tradicional bendición e imposición de los palios a los arzobispos y obispos nombrados durante el último año. Los palios, estolas de lana blanca adornadas con seis cruces de seda negra, se colocan sobre el pecho y los hombros de los prelados, simbolizando la comunión con el papa y la responsabilidad pastoral que asumen en sus respectivas diócesis. Este gesto, cargado de significado, sirvió de marco para el mensaje central de la jornada: la urgencia de buscar nuevos caminos para la evangelización.
El papa no eludió las dificultades que enfrenta la Iglesia en la actualidad. “Siempre existe el riesgo de caer en la rutina, en el ritualismo, en esquemas pastorales que se repiten sin renovarse y sin captar los desafíos del presente”.
En este sentido, el papa instó a los miembros de la Iglesia a dejarse interpelar por la realidad concreta de las comunidades. “La Iglesia debe dejarse interrogar por los acontecimientos, los encuentros y las situaciones concretas de las comunidades, de buscar caminos nuevos para la evangelización partiendo de los problemas y las preguntas planteadas por los hermanos y hermanas en la fe”, sostuvo.
El pontífice recordó también las advertencias de su predecesor, el papa Francisco, sobre el riesgo de que el cristianismo se convierta en una simple herencia del pasado. “Si los cristianos no quieren reducirse a una herencia del pasado, como tantas veces nos ha advertido el papa Francisco, es importante salir del peligro de una fe cansada y estática”, reiteró.

Esta referencia a la figura de Francisco no solo refuerza la continuidad en la preocupación por la vitalidad de la fe, sino que también subraya la necesidad de una renovación constante para evitar el desgaste espiritual.
La ceremonia de este domingo contó con la presencia de miembros de la Iglesia greco-católica ucraniana, quienes participaron en la misa junto a los demás fieles. En un gesto de cercanía y solidaridad, el papa dirigió unas palabras especiales a esta comunidad, marcada por la situación de conflicto en su país de origen. “Que el Señor le conceda la paz a su pueblo”, pidió.
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