
El Budapest Pride registró este sábado una participación histórica, estimada hasta en 200.000 personas, según los organizadores, en una multitudinaria manifestación que desafió la prohibición dictada por el gobierno del primer ministro Viktor Orban. La marcha, que celebró su 30ª edición en la capital húngara, se desenvolvió en un ambiente festivo y pacífico, con banderas arcoíris y consignas en favor de los derechos del colectivo LGBTIQ+, recorriendo las principales calles y plazas de la ciudad.
La movilización, que superó ampliamente el récord anterior de 35.000 asistentes, ocurrió a pesar de la reciente legislación que prohibió expresamente este tipo de eventos en el país, promovida por el partido gobernante Fidesz en marzo. Orban, al frente de un gobierno ultranacionalista, justificó la medida alegando motivos de “protección infantil”, introduciendo en la Constitución una enmienda que prioriza el desarrollo “adecuado” de los menores como argumento para restringir reuniones públicas como la marcha del Orgullo.
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Durante los días previos, Orban advirtió que quienes participaran asumirían “claras consecuencias legales”, incluidas posibles multas de hasta 200.000 forintos (unos 500 euros) y penas de prisión de hasta un año para los organizadores. El gobierno instaló cámaras de vigilancia y anunció el uso de tecnologías de reconocimiento facial para identificar a los participantes, incrementando la tensión en la antesala del evento.
A pesar de las amenazas, el alcalde ecologista de Budapest, Gergely Karácsony, permitió la realización del desfile al declararlo como un acto municipal, evitando así la exigencia de permisos nacionales. La decisión del ayuntamiento fue clave para que la marcha pudiera llevarse a cabo, contando con el apoyo de decenas de políticos europeos y unos 70 europarlamentarios que viajaron a la capital húngara para sumarse a la manifestación.
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Uno de los participantes, Zoltan, de 66 años, declaró a la AFP: “Estoy orgulloso de ser gay... y estoy muy asustado de que el gobierno quiera destruirnos”, transmitiendo el sentir de parte del colectivo. Por su parte, la ex alcaldesa de Barcelona y activista Ada Colau subrayó: “No vamos a dar un paso atrás ni un milímetro en nuestros derechos y libertades, por eso hemos venido activistas y cargos públicos de toda Europa”.



La movilización no estuvo exenta de incidentes menores. La presencia de protestas ultraderechistas, con apenas unas decenas de personas, forzó a las fuerzas policiales a modificar el trayecto original, en especial por la ocupación del simbólico Puente de la Libertad. No obstante, la intervención policial se centró en contener a estos grupos para evitar enfrentamientos, más que en intentar disuadir la marcha LGBTIQ+.
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El evento congregó a familias, jóvenes, ciudadanos de diversas edades, así como a activistas que portaban mensajes como “Freedom Or ban”, un juego de palabras que compara el apellido de Orban con la prohibición, y carteles que proclamaban “La libertad y el amor no pueden prohibirse”.

Encuestas recientes del instituto Publicus reflejan que el 78% de los ciudadanos de Budapest se oponen a la prohibición gubernamental, lo que se tradujo en una participación masiva. Muchas voces entre los asistentes calificaron la protesta como un acto de resistencia colectiva ante lo que consideran como un retroceso democrático, agravado por otras restricciones recientes como la prohibición del matrimonio igualitario, la adopción y el reconocimiento legal de la identidad de género de las personas trans.
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En el plano internacional, el apoyo fue significativo. Un total de 33 países, incluyendo la mayoría de los miembros de la Unión Europea (UE), manifestaron su respaldo al desfile y reclamaron al gobierno húngaro que revierta la prohibición. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pidió públicamente a las autoridades húngaras permitir la celebración del Orgullo, mientras varios europarlamentarios solicitaron mayor firmeza de la UE frente a las restricciones a los derechos civiles y el Estado de derecho en Hungría.

Aunque algunos grupos de extrema derecha organizaron protestas a lo largo de la ruta, con simbolismos como una cruz de madera con mensajes en contra, su presencia quedó eclipsada por la magnitud de la marcha. La repercusión política de la jornada fue considerable: el líder opositor Peter Magyar consideró que el gobierno “marcó un gran gol en propia puerta” con el intento de prohibición, mientras el alcalde Karácsony agradeció la publicidad “para una sociedad más tolerante”.
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El desfile de este año se inscribe en una escalada de tensiones ligadas al endurecimiento de las políticas anti-LGBTIQ+ de Orban, quien ha admitido sentirse respaldado por el impulso anti-diversidad del presidente estadounidense Donald Trump. En las próximas elecciones generales, el clima político afronta una polarización creciente con los derechos civiles como uno de los ejes de confrontación.

Budapest emergió así como epicentro de la visibilidad, la solidaridad internacional y la reivindicación de los derechos fundamentales, pese a las amenazas de sanciones y la hostilidad institucional. Mientras tanto, organizaciones y ciudadanos continúan reclamando la defensa de la pluralidad y las libertades democráticas en Hungría.
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(Con información de AFP, AP, EFE y Reuters)
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