
En Damasco, la capital de un país que durante décadas fue un bastión de control político implacable, el aire parece más ligero. En el antiguo cuartel general del Partido Baaz Árabe Socialista, ahora reconvertido en un centro de rendición para soldados y oficiales del régimen, los ecos de un pasado omnipresente se desvanecen. Allí, armas y credenciales se acumulan como vestigios de un sistema que dominó a Siria durante más de sesenta años y que, finalmente, ha caído junto al régimen de Bashar al-Assad.
—El partido debería ir al infierno —dice a la agencia de noticias AP con severidad Mohammed Hussein Ali, un ex funcionario petrolero de 64 años que renunció a su membresía en 2011, cuando la primavera árabe se transformó en un conflicto sangriento en su tierra natal. Su voz resuena entre las paredes del cuartel, que alguna vez fueron símbolo del poder absoluto. Hoy, son testigos de un desfile constante de antiguos leales que buscan reconciliarse con las nuevas autoridades.
De los ideales panárabes al control absoluto
Fundado en 1947 por los nacionalistas Michel Aflaq y Salaheddine Bitar, el Baaz soñaba con una unión panárabe bajo el estandarte del socialismo árabe. Sin embargo, en Siria, ese sueño se transformó en un instrumento de control en manos de la familia Assad, desde el golpe de estado de Hafez al-Assad en 1970. Los altos mandos militares, mayoritariamente de la secta alauita, consolidaron un régimen que vendía nacionalismo, pero que en la práctica operaba como una dictadura sectaria.

—Creí toda mi vida que el fundador del partido había sido Hafez al-Assad —admite Abdul-Rahman Ali, un ex soldado de 43 años que, como muchos, fue obligado a unirse a las filas del partido desde su juventud. Su rostro delata alivio mientras agrega:
—Vivíamos con miedo. Las paredes escuchaban.
Durante décadas, el Baaz se infiltró en cada rincón de la sociedad siria. Desde las escuelas primarias, donde se adoctrinaba a los niños a través de las Vanguardias Baaz, hasta los empleos públicos, donde la membresía partidaria era un requisito ineludible. En 2012, tras un año de levantamientos populares, se eliminó de la Constitución la cláusula que proclamaba al partido como “líder de la nación y la sociedad”. Pero los cambios fueron cosméticos: el Baaz conservó su dominio parlamentario y gubernamental.
Las sombras del pasado y las incertidumbres del futuro
La caída del partido Baaz no solo marca el fin de una era; también abre interrogantes sobre el futuro. Las similitudes con el proceso de “desbaazificación” en Irak tras la caída de Saddam Hussein son inevitables. Allí, las purgas contra leales al régimen desataron resentimientos sectarios que alimentaron la insurgencia y el ascenso de grupos extremistas.

En Siria, el temor a una repetición de esa historia es palpable. Ghadir, un ex soldado alauita que prefirió no revelar su apellido, expresa sus dudas:
—Temo que ahora los suníes busquen venganza. Yo solo quería un trabajo estable.
Mientras tanto, los nuevos gobernantes, encabezados por Hayat Tahrir al-Sham (HTS), aún no han decidido oficialmente qué hacer con el Baaz. Un representante del grupo insurgente, hablando bajo condición de anonimato, señaló que Ahmad al-Sharaa, líder de HTS, ha prometido justicia para quienes cometieron crímenes, incluyendo a miembros del partido.
El lento desmantelamiento del Baaz
Entre los cientos que han entregado sus armas está Mohammed Merhi, un ex coronel que, como otros, busca empezar de nuevo. A sus 57 años, se aferra a la esperanza de un futuro democrático.
—Los principios del partido eran buenos, pero fueron corrompidos —reflexiona, mientras deposita un viejo revólver Makarov en el mostrador del cuartel. Su acto simboliza no solo el fin de su afiliación política, sino también su deseo de reconciliarse con una Siria que busca reconstruirse desde las cenizas.
Merhi, al igual que otros, recibió un documento que le garantiza libertad de movimiento en el país. En sus palabras resuena una mezcla de resignación y optimismo:
—Quiero ser un ciudadano normal y trabajar por una nueva Siria.
Las ruinas del Baaz, cuyos líderes alguna vez soñaron con unir a las naciones árabes bajo un ideal común, ahora se suman a las páginas más sombrías de la historia de Siria. Mientras los nuevos líderes enfrentan el desafío de evitar una purga sectaria y de construir un sistema verdaderamente pluralista, los sirios caminan hacia un futuro incierto.
Pero, como bien decía el poeta sirio Adonis, “en la destrucción también hay creación”. En cada rincón del antiguo cuartel general del Baaz, entre armas entregadas y pasados negados, resuena la esperanza de que, esta vez, la creación sea más fuerte que la destrucción.
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