
En el pasado, los Gulags eran uno de los principales símbolos de terror y, aunque la historia y la comunidad internacional se hayan encargado de repudiarlos y eliminarlos, hoy en día han vuelto a ser un peligro latente. Al menos, en Rusia.
“Se suponía que el Gulag pertenecía al pasado. Ahora pertenece al presente”, sentenció Anne Applebaum en el medio The Atlantic en un artículo en el que advirtió sobre los planes a gran escala de Vladimir Putin para reflotar estos sitios y las degradantes prácticas que los caracterizan, que ya está en marcha.
Perm-36, una de las últimas cárceles políticas de la Unión Soviética, quedó fuera de operaciones hace tres décadas y, en su lugar, se convirtió en un museo y un lugar visitado a menudo por locales y turistas de todo el mundo.
Inclusive, ex prisioneros e historiadores rusos han publicado obras y presentado documentales sobre su papel en los sucesos políticos de aquella época, aunque en 2014 cerró sus puertas -justo dos años después del regreso al Kremlin de Putin-.

Bohdan Klymchack es un ucraniano nacido cerca de Lviv que, tras ser acusado de “agitación soviética” y ser devuelto por el régimen iraní -a quien pidió asilo en la década de los setenta-, acabó en esta prisión. Permaneció allí hasta 1990 y fue uno de los últimos presos políticos soviéticos. Creyó, también, que sería uno de los últimos en tener que vivir tales atrocidades.
Sin embargo, las ambiciones y los planes de Putin parecen ser más fuertes que el peso de la historia y el mandatario está decidido a acabar lo que ya inició hace muchos años, que se vio impulsado con la reciente guerra que libró sobre su vecina Ucrania, a quien siempre ha mirado con desprecio.
Appelbaum señaló en The Atlantic que “hoy se está reconstruyendo una nueva versión de ese mismo sistema del Gulag, especialmente para los ucranianos” y sumó que “periodistas, investigadores de crímenes de guerra y grupos especializados -como el Reckoning Project- ya han documentado detenciones, asesinatos, prisiones y cámaras de tortura en los territorios ucranianos bajo ocupación rusa”.
Pero sería ingenuo decir que estos campos nacieron como consecuencia del conflicto bélico y operan sólo en ese marco; por el contrario, se trata de un plan a largo plazo, que implica la construcción de una red extensa de estas colonias de castigo, en los territorios autoproclamados y al interior de la misma Rusia y en su aliada Bielorrusia.
Hasta el momento se ha confirmado la existencia de 40 campos de prisioneros en éstos dos últimos países y otras 63 prisiones formales e informales en las zonas usurpadas al presidente Volodimir Zelensky, con unos 10.000 prisioneros.

Las víctimas son diversas, al igual que en el pasado. Gulag.net, un grupo ruso que vigila las prisiones, dio cuenta de soldados ucranianos indocumentados, oficiales ya señalados como prisioneros de guerra y hasta civiles detenidos o secuestrados por las Fuerzas Armadas de Moscú, que persiguen a las personas por las razones más insólitas.
Para ellos, una cinta con los colores ucranianos atados al manubrio de la bicicleta es motivo suficiente para privarlos de su libertad. “Nacionalismo ucraniano”, le decían entonces, y lo mantienen ahora.
Allí no valen ni el orden ni la ley. No hay un registro preciso de quiénes llegan, ni quiénes nunca abandonarán el lugar. Sus familias no saben de su paradero y hasta desconocen que, muchas veces, son enviados al frente de batalla.
Tampoco se detallan los motivos de su detención, las razones por las condenas que se les ordenan ni se les permite hacer valer ningún tipo de derecho.
Por el contrario, como era de esperarse, el trabajo esclavo y la tortura son cosa diaria. Los detenidos son obligados a cavar trincheras, construir fortificaciones para los soldados enemigos y hasta están a cargo de hacer lugar para las fosas comunes en las que sus propios pares serán depositados.

Tal es el nivel de violencia infundido por los altos mandos rusos que los mismos oficiales se vuelven paranoicos e intensifican la persecución contra los ucranianos.
Las investigaciones del Reckoning Project dieron cuenta de decenas de civiles y voluntarios de organizaciones de derechos humanos que fueron interrogados, acusados de tener vínculos con servicios de seguridad y estar operando en contra de la Federación Rusa.
Inclusive, una mujer ucraniana fue sacada de su celda en el campo de Zaporizhzhia y paseada por toda la ciudad mientras se le pedía que identificara a “personas con simpatías pro ucranianas”.
De nuevo, un reflejo de lo que ocurría durante la época de las Grandes Purgas y que advierte, a su vez, de que las luchas internas al interior de las fuerzas de seguridad rusas también podrían volverse realidad.
Documentos rusos que datan de enero expusieron que Putin ya tiene en carpeta, con miras a 2026, la construcción de 25 nuevas colonias penitenciarias y seis campos en las regiones ucranianas anexadas ilegalmente.

El desprecio por el pueblo vecino y la desesperación del líder del Kremlin por conseguir más soldados a los que poder enviar al frente -el destino cada vez más recurrente de los presos- permiten entender la gran escala del proyecto de Moscú.
Pero ello, a su vez, explica la respuesta que Ucrania está presentando a la ofensiva sobre su país, en una muestra diaria de heroísmo y valentía.
“Los ecos históricos no pueden ser un accidente. El KGB enseñó, en su día, a los nuevos reclutas a estudiar la historia de la institución y los servicios de seguridad rusos claramente están haciendo lo mismo: están aplicando políticas represivas que ‘funcionaron’ en la época soviética”, concluyó Applebaum The Atlantic.
Es por ello que, para Ucrania, hay más que sólo tierras en juego. Se trata de algo mucho más allá, mucho más profundo y algo ante lo que no están dispuestos a ceder. En definitiva, son conscientes de que si quieren evitar que los Gulags se vuelvan parte de su futuro, deberán expulsar físicamente estos sitios y a los perpetradores que allí operan.
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