
En los pasillos abovedados del Kapalıçarşı (el Gran Bazar) de Estambul aseguran que “la gran sorpresa” del presidente Recep Tayyip Erdoğan, que quedó a apenas 0,50% de votos de volver a ganar una elección en la primera vuelta, es producto de dos fenómenos: “un fraude pequeño pero sistemático”, particularmente en las regiones kurdas del país, y “un mal candidato” de la oposición, en referencia a Kemal Kilicdaroglu, que obtuvo el 45% de los votos. En eso coinciden varios analistas que en los últimos días trataron de explicar cómo un presidente acosado por una profunda crisis económica con el 130% de inflación, una ineficiente respuesta a los damnificados por el terremoto de febrero que dejó 55.000 muertos y el desgaste de 20 años en el poder haya logrado imponerse sobre una alianza de los seis partidos más poderosos de la oposición. También apuntan al fenómeno del ultranacionalista Sinan Ogan que logró en forma inesperada un tercer puesto con el 5,17% de los votos.
Los politólogos turcos diseminados por las mejores universidades estadounidenses y europeas señalan que en la noche electoral la alianza opositora salió a denunciar un fraude masivo, pero que inmediatamente “se replegó”. “Prefirieron callarse cuando vieron que Erdogan no llegaba al 50% y juntar fuerzas para la segunda vuelta en vez de desgastarse con los reclamos”, escribió en Twitter un analista de la Universidad de California. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), el principal partido de la alianza opositora, denunció esa noche que hubo “manipulación” en la difusión de los resultados. “Hay 7,5 millones de votos que no han entrado en el sistema. Vienen de sitios donde somos más fuertes. Manipulan los resultados y dejan a la gente toda la noche delante de la televisión”, acusó el alcalde de Estambul y aspirante a la vicepresidencia del país, Ekrem Imamoglu.
Aparentemente, la raíz del problema estuvo en la imposibilidad por parte de la oposición de penetrar el entramado de poder generado por el partido de Erdogan en sus 20 años de creciente autocracia y a sus propias falencias para fiscalizar el proceso. “Un grupo de desarrolladores de software turcos de todo el mundo se unieron para crear una aplicación que pudiera comprobar y verificar eficazmente los formularios de votación. Desgraciadamente, la oposición no lo hizo y ahora es incapaz de validar las masivas irregularidades electorales”, explicó Isa Yeter, profesor de la Universidad de Bogazici. La polémica había comenzado con el mismo inicio del conteo el domingo, cuando el CHP, denunció la “manipulación” de la agencia estatal de noticias Anadolu en la difusión de la información. “Están continuamente impugnando las actas de la votación, y así bloquean el sistema. No se debe manipular el sistema con impugnaciones”, advirtió el propio Kilicdaroglu ante las cámaras.

Los observadores internacionales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) también denunciaron al comienzo del conteo de los votos la “ventaja injustificada” de Erdogan y las “continuadas restricciones a las libertades individuales” pero se abstuvieron de hablar de fraude. “Han sido elecciones competitivas, pero limitadas, ya que la criminalización de algunas fuerzas políticas, incluida la detención de varios políticos opositores, evitaron un pluralismo político total y afectaron al derecho individual a presentarse a las elecciones”, denunció el jefe de la misión de la OSCE, Michael Georg Link, sin poner en duda los resultados.
El jefe de la delegación de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (PACE), Frank Schwage, lo ponía así: aunque “el sistema electoral turco está demostrando ser increíblemente resiliente” a pesar de que el país “no cumple los principios básicos para celebrar elecciones democráticas. Figuras políticas y sociales clave están en prisión incluso tras fallos del Tribunal Europeo para los Derechos Humanos, la liberad de los medios está gravemente limitada y hay un clima de autocensura”.
Lo cierto es que aparecieron numerosas muestras de irregularidades entre los resultados salidos de los centros de votación y los que subió al sistema el consejo electoral. Así es que fueron objetadas 2.269 mesas donde se votó por presidente y 4.825 de las parlamentarias. La oposición denunció que fue “imposible” escrutar los resultados en las zonas dominadas por la minoría kurda y ocupada por las fuerzas armadas. Catorce distritos de la región del Sirnak, en el sudeste turco, fueron declaradas como “zonas especiales de seguridad” tomadas por el ejército turco y desde donde no se puede entrar o salir por 15 días.

“La oposición turca se recupera de su conmoción. Los equipos de relaciones públicas y de supervisión central responsables del fiasco de la noche electoral han sido despedidos. Los votos que los colegios electorales locales comunicaron al Alto Consejo Electoral se están comparando con los de la base de datos de ese organismo. Al parecer, mientras la coalición de Erdoğan exigía repetidos recuentos en zonas en las que la oposición iba muy por delante, el Alto Consejo Electoral de Turquía se dedicaba a manipular estratégicamente su base de datos, para maximizar los escaños transferidos de la oposición a la coalición de Erdoğan. Ya se han devuelto algunos escaños a la oposición. Parece que seguirán muchos más. Así que cuando se corrijan los “errores”, la composición del Parlamento turco parecerá menos favorable al régimen en el poder de lo que parecía el domingo por la noche”, escribió Timur Kuran, de la Universidad Duke en Carolina del Norte.
El periodista catalán Ricard González, conocedor de los túneles profundos del poder turco, lo puso más claro en su cuenta de Twitter: “Lo oposición ha impugnado los resultados de unas 4.000 mesas por posible fraude. El problema es que no estaban presentes en otras 20.000. No estamos hablando de fraude de millones de votos, quizás un 2%. La ONG rusa Golos de observación electoral, basada en identificar patrones extraños, señaló varias posibles irregularidades: centenares de mesas con más votos que electores, más votantes registrados en el censo de las presidenciales que legislativas, una correlación fuerte entre un mayor % de votos inválidos en los feudos del AKP, y discrepancia entre datos de la Comisión Electoral y de los observadores sobre el terreno. Como máximo, si todo se verificara, el fraude podría llegar a 3%.”
En este contexto aparece como decisivo el caudal del 5,2% del tercero en discordia, Sinan Ogan. Se trata de un nacionalista más cercano a Erdogan que a la Alianza Nacional de Kilicdaroglu, pero resulta una incógnita saber en qué medida los partidarios del tercer candidato en las presidenciales apoyarán –o castigarán– al actual presidente. Ogan, antiguo aliado de Erdogan, evitó respaldar a ninguno de los dos candidatos, pero la oposición se adaptó enseguida a las circunstancias y en su primer discurso tras la primera vuelta, Kilicdaroglu lanzó varias frases contra los refugiados sirios y los separatistas kurdos, música para el oído de los seguidores de Ogan.
Los turcos tienen que volver a las urnas el domingo 28. En cualquier otro país y contexto, un candidato que queda a medio punto de ganar la elección es prácticamente imbatible en una segunda vuelta. Por lo tanto, todo está en manos de lo que logre hacer la oposición para evitar el fraude -esa es la única manera de que pueda quitarle ese dudoso 2% o 3% que se habría llevado el oficialismo- y atraer a los que priorizaron la seguridad y la identidad nacional por encima de las libertades individuales. Aunque todo indica que “las elecciones más importantes del año en todo el mundo” parecerían tener ya la suerte echada.
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